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Una primera aproximación a la gala de los premios Grammy suscita una pregunta acuciante: ¿Este tipo de celebraciones también las gestiona el marido de Ana Mato? Porque aquí, como en aquellos cumpleaños con sobredosis de confeti, la consigna claramente es: '¡Tiremos la casa por la ventana!'. Una segunda ojeada deja patente que hoy día se pasa mucha más hambre como actriz que como cantante. Basta con recordar las estilizadas figuras que se vieron en la última alfombra roja de los premios Goya o en la recientísima 'red carpet' de los Bafta para concluir que los Grammy se llaman así no por Gramophone, sino por los 'gramis' y 'kilogramis' de más que lucen con alegría y sin ningún tipo de complejo sus principales estrellas. Y ya un tercer análisis demuestra que, quizá con la excepción de los AVN Awards de Las Vegas (los Oscar del cine X), la pasarela de los Grammy es la reina indiscutible del destape... Entre escotes y aberturas hay tanta piel a la intemperie que tal vez no sea casualidad que la entrega de estos galardones coincida con el preámbulo de las 'carnes-tolendas'.

En realidad, la ceremonia de los Grammy es esa entrega de premios en la que cada año Lady Gaga se desvive por epatar y al final la que acaba dando la nota es la recatada Adele. Su vestido verde sería de Givenchy, pero parecía de Montserrat Caballé... En su defensa hay que decir que Adele fue la única que se enteró de que los Grammy se reparten en febrero y no en pleno agosto. Pero es que esta gala es así, un laboratorio donde se ensayan nuevas fórmulas sobre cómo ir prácticamente en pelotas sin que se te vea nada. En ese inestable equilibrio Lady Gaga se atrevió a desafiar la ley de la gravedad con un escote invertido y Jennifer López probó que se puede ir tapada hasta el cuello y a la vez semidesnuda de garganta para abajo. Pero la auténtica emperatriz de la noche fue Beyoncé. Su atuendo dorado ciñendo dos pechos como sandías y un prominente embarazo gemelar la coronó como la nueva diosa de la fecundidad... Tal vez 'in vitro'.