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Meryl Streep es una actriz sobrevalorada por Hollywood. Lo dice el presidente electo de Estados Unidos más escandalosamente sobrevalorado de la historia... A punto de internarnos en la era Trump (sensación semejante a la de penetrar en noche de tormenta en una mansión tétrica, oscura y llena de telarañas), Meryl Streep ha demostrado una vez más que no necesita sobreactuar, ni siquiera actuar, para conmover al público menos indulgente: otros consumados actores que como ella se conocen los resabios del oficio. En la gala de los Globos de Oro sus caras lo decían todo. Incluida la boca abierta de Mel Gibson...

Gibson es un actor y cineasta con un talento increíble, pero en las distancias cortas (todavía me acuerdo de aquel festival de San Sebastián) acostumbra a comportarse como un machito dominante de esos que antes de sentarse le dan la vuelta a la silla para montarla como se monta un caballo. Puede que lo que dijo Meryl incomodara al correoso conservador Mel, pero la realidad es que el discurso de la actriz fue bastante inapelable. Esgrimió verdades universales (y trilladas) como que quien se mofa de un discapacitado desde una posición de superioridad es un impresentable, que el rechazo al extranjero en un mundo globalizado es absurdo, que la falta de respeto genera falta de respeto y que la violencia incita a la violencia. Y no creo que Mel Gibson, autor de una película sobre un objetor de conciencia, se atreva a rebatirlo.

Leo que una traductora británica, Ella Frances Sanders, ha sacado un libro sobre palabras intraducibles, y que entre ellas figura la japonesa 'komorebi', que sirve para expresar la luz que se filtra por entre las hoja de los árboles. Esa luz bailarina e inestable... Va a haber que inventar un término específico que defina la mezcla de insensibilidad, arrogancia e insolencia con que llega Trump al poder. Meryl Streep clama a sus colegas para que denuncien los abusos a través del cine. Pero me temo que pincha en hueso. El cine típico de las épocas de zozobra no suele ser de denuncia sino de pura evasión. Y lo peor de todo: una producción masiva de cine comprometido acabaría resultando incompatible con el consumo compulsivo de palomitas, el auténtico tirano que hoy domina Hollywood.