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Hace cosa de dos meses, intenté cenar una noche en Los Nardos, frente al Capitolio de La Habana. Había allí tremenda cola. De esas que desmienten la crisis (según los castristas) o demuestran (según los anticastristas) que el país padece una esquizofrenia: la de los 'cuentapropistas' que cobran en dólares y la de quienes viven de un sueldo en pesos cubanos y que son como 25 veces más pobres. Los que hacían fila eran probablemente de los primeros, y unos pocos que revoloteaban alrededor imagino que serían de los que malviven de una pensión en moneda nacional. Como aquella viejecita que se nos acercó y nos rogó en voz baja: «Por favor, cuando bajen, acuérdense de traerme las sobras». Al final, desistimos de esperar más de una hora, pero antes de que comenzáramos a vagabundear de nuevo por la Habana Vieja en busca de otro restaurante ya se nos había adosado un imponente y simpatiquísimo mulato decidido a arreglarnos la noche...

Con esa gracia tan habanera y sandunguera, aquel mocetón nos fue enredando por las callejuelas oscuras hasta que nos condujo a un viejo palacio que había conocido tiempos mejores y en cuya escalinata podía leerse un rimbombante letrero: Sociedad Cultural Rosalía de Castro. Allí podríamos cenar, ahuyentar la morriña (los latinoamericanos tienden a pensar que todos los españoles somos gallegos) y asistir a un espectáculo «que ni el del Tropicana, caballero»... Pero lo mejor vino cuando nuestro espontáneo cicerone nos informó con gran solemnidad y secreto de que aquel caserón se lo había regalado Fidel «a su mamá... ¡Rosalía de Castro!».

Hoy la anécdota serviría a más de uno para desmontar el mito del gran nivel educativo alcanzado por la revolución cubana. A mí simplemente me parece que ese error y otros peores podría cometerlos cualquier estudiante de la Lomce. Pero la muerte de Castro está actuando como el líquido revelador de las fotografías. Revelador de prejuicios. Les propongo un sencillo ejercicio: escuchen a un opinador de izquierdas y donde dice Castro pongan Franco. Hagan lo propio con un tertuliano de derechas... Verán que en el fondo están diciendo lo mismo, que nada es verdad ni mentira, que todo es según el color de la ideología con que se mira.