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Y el funambulista no se cayó al río

Momento en que el volatinero avanza sobre un cable de 90 metros de longitud con miles de personas expectantes alrededor del Puente Viejo. / Nacho García / AGM
Momento en que el volatinero avanza sobre un cable de 90 metros de longitud con miles de personas expectantes alrededor del Puente Viejo. / Nacho García / AGM

El corvereño Vicente Quirós hizo en el Segura un número de riesgo similar a sus ejercicios en el Circo del Sol que emocionó a cientos de espectadores. Su padre, un conocido trapecista afincado en la Región, estaba en el andamio del que salió para cumplir el reto de atravesar el alambre

MARÍA AGUILARMurcia

«¡Madre mía!». Esta fue la expresión más escuchada ayer durante los casi quince minutos que duró la primera exhibición de Vicente Quirós. Su peripecia, que consistía en atravesar un cable de 90 metros de longitud y menos de dos centímetros de grosor extendido sobre el río Segura, no pasó desapercibida. Cientos de espectadores venidos de todas partes de la Región se agolparon a ambos lados del cauce. Algunos, incluso, gozaron de una visión privilegiada abarrotando la mota del río o paseando en las barcas mientras el cable colgaba sobre sus cabezas a 11 metros de altura.

Este funambulista vinculado a Corvera, donde están afincados sus padres, no quiso hacer esperar a su público y se alzó sobre el andamio despertando aplausos ansiosos. Tras él, su padre, del mismo nombre, conocido trapecista en el mundo del circo. Después de unos ejercicios de calentamiento y de la 'bendición' de la familia, Quirós se lanzó hacia el cable sin ningún tipo de vacile.

Sorprendidos por la naturalidad con que este maestro del equilibrio se desplazaba sobre la cuerda, no faltaron expresiones de asombro entre los espectadores. «¡Parece que estuviera andando por la acera tan tranquilo!», exclamó Enrique Abadía, un murciano que llevaba a su hijo de seis años a hombros. El pequeño, casi sin pestañear, no perdía un detalle del artista volador.

Casi a la mitad del río, Quirós se detuvo apoyando su peso en una sola pierna mientras sostenía entre las manos la barra que le servía de contrapeso. Cuando apenas quedaban unos metros para acariciar el muro de Teniente Flomesta, el volatinero volvió a detenerse y se puso de rodillas haciendo explotar una ovación de aliento contenido.

La entereza del padre

Para su segundo recorrido, el equilibrista volvió a saltar sin miedo sobre el cable incorporando esta vez una pequeña bicicleta de dos ruedas. Decenas de teléfonos móviles armados con sus cámaras estaban encendidos para captar lo que todos imaginaban que sería el momento de máxima tensión del espectáculo. Algún «¡ay Dios!» y gritos de tensión se escaparon de las bocas de los asistentes cuando el acróbata se paró a mitad del camino. Observando a los árboles se adivinaba una ligera brisa que recorría todo el lugar. Sin embargo, Quirós, siempre bajo la atenta mirada de su padre, consiguió llegar hasta el final sin complicaciones aparentes.

«Me impresiona muchísimo la entereza del padre», confesaba Begoña Mendoza desde la terraza de los Molinos. Esta corvereña no dejó escapar la oportunidad de acercarse a la capital con su familia para admirar las peripecias de su convecino. «Hay que tener mucha valía para que tu hijo esté ahí y poder mirar».

Pero antes de que los espectadores tuvieran tiempo de reponerse, el artista del Circo del Sol, donde trabaja con sus hermanos desde hace 11 años, volvió a alzarse sobre la cuerda, esta vez con una silla de madera al hombro. Con la pericia con que solo un maestro de las alturas podría contar, Quirós se las arregló para posar la silla sobre el cable y ponerse de pie sobre ella mientras aguantaba la barra de madera sobre sus hombros. Con el espectáculo concluido, el equilibrista retrocedió hacia el andamio donde su padre le abrazó nervioso. La emoción contenida de los cientos de espectadores no podía resistirse más y rompió en un más que merecido aplauso.

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