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La cornada murciana de Manolete

Instante en el que un toro de la ganadería de Concha y Sierra sella para siempre en Murcia el rostro de Manolete./Juan López
Instante en el que un toro de la ganadería de Concha y Sierra sella para siempre en Murcia el rostro de Manolete. / Juan López

El diestro cordobés, que hizo doce paseíllos en La Condomina, recibió un puntazo en el rostro en septiembre de 1941; los médicos le prohibieron continuar con la lidia. Aquel año toreó dos tardes en el coso murciano; la espada privó al diestro de cortar una oreja en el primer festejo, en el que no obtuvo el éxito esperado

Juan Ruiz Palacios
JUAN RUIZ PALACIOS

Tenía semblante serio y se distinguía de los demás toreros por no mover un pie cuando pasaba el toro. El malogrado Manuel Rodríguez Sánchez 'Manolete', mítico torero cordobés que revolucionó para siempre la fiesta de los toros, hizo doce veces el paseíllo en La Condomina a lo largo de su corta vida. Algunos éxitos y otras tardes menos airosas marcaron las andaduras del 'monstruo' por tierras murcianas.

Una de las tardes que más recuerdan los viejos aficionados es la de la corrida en la que un toro de Concha y Sierra le propinó una cornada en el rostro que le marcó para siempre. Ocurrió en septiembre de 1941. De hecho, aquel puntazo fue el causante de la mítica cicatriz que el diestro lució en el rostro hasta sus últimos días.

Cuentan las malas lenguas que el torero llegó a Murcia en un coche-cama un par de días antes del primer festejo. Como era costumbre en aquella época, dos galeras esperaron a Manolete y a los miembros de su cuadrilla para mostrarles la ciudad y llevarlos al hotel Victoria, donde se iban a hospedar.

Los caballos eran propiedad de un tipo llamado Juan Gracia, alias 'el Tranquilo'. «Le pusieron ese apodo cuando un día se escapó uno de sus caballos y una mujer le gritó a Juan para advertirle de lo que había pasado. Él ni se inmuto. Solo se limitó a contestarle: 'Ya volverá'. De ahí que le llamaran así», relatan los viejos aficionados. Pues bien, el Tranquilo' fue el encargado de pasear por toda la ciudad a Manolete, quien no pronunció ni una sola palabra durante el trayecto. Al llegar a la puerta del hotel Victoria, el torero preguntó:

-¿Qué se debe por el viaje?

-«Arreglado a la categoría del viajero», contestó el Tranquilo.

Fue en aquel momento cuando el torero cordobés sacó de su bolsillo un duro de plata, que entonces era un capital, y se dispuso a dárselo para pagarle el trayecto.

La primera tarde

Manolete lidió el 7 de septiembre los astados de doña Carmen de Federico, junto a Juanito Belmonte y Pepe Luis Vázquez. El estoque le privó del éxito, tal y como narraba la crónica de la época, firmada por Gazul: «Comenzó la faena a su primer toro con la mano derecha. Hubo variación en el repertorio y entusiasmo en el público. Al perfilarse -para entrar a matar-, le pidieron que siguiera, pero hizo bien en no agotar al enemigo. Cobró media en lo alto, para descabellar al segundo golpe. Fue ovacionado». En el segundo de su lote, «no sabemos qué le vería 'Manolete' al toro, que se limitó a una faena de aliño, sin preocuparse de otra cosa. Dejó casi entera y, con el toro vivo, se empeñó en descabellar. Acertó en el octavo golpe. Pitos».

El torero de Córdoba se volvió a vestir de luces al día siguiente para volver a hacer el paseíllo en La Condomina. Esta vez, con Belmonte, Vázquez y el valenciano Pedro Barrera. «Manolete se llevó a su primero al centro del ruedo. Allí toreó haciendo la estatua, y entusiasmó a la concurrencia», rezaba la crónica.

La faena estaba siendo un rotundo éxito, hasta que, al salir de un pase de pecho, el toro derribó al matador y los banderilleros no llegaron a tiempo para hacerle el quite. El astado había propinado un puntazo en el rostro a Manolete en el lado derecho de la cara, a la altura de la barbilla. «Resultó con una herida contusa en la mejilla derecha, que llega hasta la región cigomática, otra en el auricular, y fuerte contusión torácica. Pronóstico reservado», exponía el parte médico de la enfermería.

El doctor Ramón Sánchez Parra, que atendió al diestro, le impidió que volviera a salir a torear su segundo toro. Ya por la noche, el médico se acercó, junto a su hijo, al hotel Victoria para ver cómo se encontraba Manolete después de la fuerte paliza. El hijo del doctor se sorprendió al verle, pues decía que no había visto a Manolete, sino a un hombre con la cara muy hinchada.

De copas por Murcia

Los viejos aficionados a los toros, cuya memoria es sorprendente, cuentan que el torero aprovechó aquella velada para tomar unas copas por el centro de Murcia junto a sus banderilleros. En medio de una céntrica calle, un aficionado vio al grupo de toreros entre risas y cachondeo, y se indignó. Sin pensarlo dos veces, se dirigió al diestro y le espetó: «Usted no tiene que reírse. No puede ir por la calle sonriendo». Y Manolete continuó la farra sin hacer el más mínimo caso.

«El tema es que Manolete era tan serio que aquel murciano no podía creer que un hombre con tanto carisma y tan reservado pudiera estar riéndose y pasándoselo bien con sus compañeros de profesión. Eso era algo que estaba muy mal visto en aquella época», cuentan los viejos aficionados murcianos.

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