Pedro, tan loco y tan cuerdo

Pedro Vera, en la playa de la Colonia de Águilas, el pasado miércoles./Paco Alonso / AGM
Pedro Vera, en la playa de la Colonia de Águilas, el pasado miércoles. / Paco Alonso / AGM

Le vaticinaron que no llegaría a los 18 años por un problema cardiaco; hoy, a los 39, ha corrido por todo el mundo y ha vivido mil vicisitudes

César García Granero
CÉSAR GARCÍA GRANEROMurcia

Nada más nacer dijeron a sus padres que no viviría mucho, hasta los 18 si se era generoso, pero hoy tiene 39 y sigue respirando. Respirando y corriendo. Ha corrido por montes, selvas y desiertos, entre la nieve y sobre la sal, ha sido perseguido por una piara de elefantes, se ha sacado una rama que le arponeó la pierna de parte a parte, ha sentido el alfilerazo de abejas del tamaño de castañas, se ha endeudado por correr, hasta ha vendido su anillo de casado, está en la lista negra en Venezuela por espolear las críticas al régimen, ha hecho y le ha pasado de todo, pero no se ha muerto. Sigue vivito y coleando, respirando y corriendo cada vez más y cada vez más lejos. Esta es la increíble historia de un loco de Águilas un poco cuerdo, o de un cuerdo un poco loco, según se mire. Esta es la historia de Pedro Vera, que iba a morir o eso le dijeron, en una predicción que salió rana o del revés: no solo no ha muerto, es que un solo año de su vida frenética bastaría para matarnos a cualquiera.

Nada más nacer en Águilas se supo que sufría el síndrome de Wolff-Parkinson-White, un problema de corazón que le impediría llegar a viejo y le iba a ocasionar un riesgo alto de muerte súbita. Siendo niño sufría arritmias que le ponían el corazón a mil por hora y le obligaban a echarse al suelo y levantar los pies, su yoga particular para amansar el cuerpo cuando se le disparaba. Y si se desvanecía tenía el socorro de su madre, que le susurraba al oído palabras almibaradas con las que recuperar el buen tono. Así pasó su infancia Pedro Vera, años en los que la adversidad le hizo sufrir, pero le fue hormigonando el carácter irreductible que necesitaría años después para sus retos por todo el mundo.

Asegura que no le dejan volver a Venezuela por participar en las protestas contra Maduro

Sus padres se fueron a Venezuela nada más nacer en busca de trabajo y él se quedó en Águilas con su abuela hasta los dos años, cuando tomó el mismo camino que sus padres, que montaron una tienda de ultramarinos, vendieron verduras al por mayor y pusieron en marcha un centro de salud. Se hace extraño oír a Pedro, porque de Venezuela le ha quedado un acento musicado, muy de la zona pero raro en un murciano, con el que desgrana todas sus andanzas, aventuras solo posibles tras ser operado varias veces, la última cuando acababa de ingresar en la Guardia Real e intentaba aposentarse en ella.

Ponerse a prueba

No fue posible por la trabazón cardiaca, pero tras la última operación Pedro quiso ponerse a prueba. ¿Con qué? Nada, un paseíto. Hizo el camino de Santiago, más de 800 km que completó en 17 días y que le confirmaron que estaba para lo que le echaran y con ganas de comerse el mundo. «Ahí empezó todo», dice. Como los viejos rockeros, se echó a la carretera para no parar hasta hoy.

Volvió a Venezuela, conoció a Carmen, tuvo dos hijas y empezó a competir más consigo que con los demás: no era cuestión de ganar a nadie, sino de mostrar que tenía cuerda para rato. «Tengo hechas ya 14 carreras por cinco continentes de entre las más duras del mundo y he sido campeón por segundo año seguido del circuito mundial Roadsign Continental Challenge», explica Pedro, que vive en Águilas junto a su mujer y sus dos hijas, de 7 y 2 años, tras salir de Venezuela hace meses con billete de ida, pero no de vuelta. «La compañía aérea estatal me lo negó. Me tienen fichado por participar en actos contra Maduro. Allí la situación está muy mal, el régimen es muy duro. Yo estuve en una manifestación en la que le pegaron un tiro en la cabeza al que estaba a mi lado».

Ha pedido dos créditos y ha vendido su anillo de casado para acudir a carreras extremas

Pedro llegó en mayo, ha trabajado seis meses en el Decathlon de Águilas y ahora está en el paro. Como nunca le sobró dinero, se las ha ingeniado como ha podido para zancadear por medio mundo. Ha hecho campañas de 'crowdfunding' para recabar dinero, ha vendido pegatinas, ha vendido hasta su anillo de casado y ha pedido dos préstamos, de 2.200 y 600 euros, a pagar en 30 meses uno y un año el otro. «Aún los debo», aclara.

Su currículo como corredor no es un currículo: es un atlas. Un mapamundi con chinchetas en Bolivia, Noruega, Australia, Vietnam, Mozambique y otros sitios, a cual más lejos, siempre azuzado por su afán de motivar a quien sea, «sobre todo en Venezuela, donde tan mal lo están pasando. Me apasiona correr y quiero que la gente sepa del poder de la mente humana. Si crees, puedes. Esa es mi meta. A mí me dijeron que iba a morir joven y aquí estoy».

Fue su mujer quien lo animó en 2012 a que corriera El Cruce Colombia por la Patagonia, sin saber dónde se metía. La que iba a ser una carrera sin continuidad se convirtió en un aldabonazo. No fue un punto cualquiera, sino el punto de partida. Luego llegaron otras, como la Jungle Marathon de 2013 en la Amazonia. «Fue allí donde me clavé una rama en la pierna que me saqué con las manos e hice seis kilómetros con la herida abierta. Me pusieron ocho grapas sin anestesia y seguí». En esta prueba se le mojó la comida en la mochila y subsistió con dos bolsas de puré de paratas durante seis días.

En Vietnam aterrizó tan justo de tiempo que «me cambié casi a la carrera para llegar a la hora a la salida. Lo primero que nos dijeron es que no nos desviásemos mucho para no pisar alguna mina y yo, que no había dormido, tenía un sueño de muerte. Se me cerraban los ojos y me daba cachetazos en la cara». En Noruega se perdió por senderos de nieve por sus problemas para distinguir el rojo con el que balizaban la ruta a seguir. «Me encontré a una corredora exhausta, que no quería seguir, agarré sus cosas y le canté canciones. De haberla dejado allí, hubiera sufrido congelaciones».

Está acuadrillando estas y otras anécdotas, como la de la piara de elefantes que lo persiguió en Burkina Faso, en un libro para el que busca una ayuda que le permita seguir adelante con su sueño. Además, pide «un patrocinador sin el cual no podré seguir adelante. Para 2019, por ejemplo, estoy aceptado para la Yukón ártico, con un trineo a la espalda y temperaturas de -40 grados, pero sin ayuda no podré seguir», se lamenta.

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