Garranzo busca el desquite en Pakistán

Carlos Garranzo, en 2013, en su asalto a la cumbre del Gasherbrum II, uno de los catorce ochomiles del planeta./L.V
Carlos Garranzo, en 2013, en su asalto a la cumbre del Gasherbrum II, uno de los catorce ochomiles del planeta. / L.V

El alpinista cartagenero, de 57 años, inicia el próximo 12 de junio una expedición en la que intentará escalar dos ochomiles, el K2 y el Broad Peak, cuya cima se le resistió por 22 metros en 2013

Francisco J. Moya
FRANCISCO J. MOYACartagena

Carlos Garranzo es madrileño, pero lleva 31 años viviendo en Cartagena y se siente «cien por cien cartagenero». Así, todos coinciden en que él fue el primer alpinista de la Región de Murcia que llegó a la cima más alta del planeta, la del Everest. Diez años después lo emuló el sanjaviereño Miguel Madrid. Son los dos únicos murcianos que lo han logrado. Garranzo levantó la 'Champions' con la que sueña cualquier alpinista un 18 de mayo de 2006, a primera hora de la mañana. Y en su regreso a casa se llevó honores, reconocimientos, 'flashes' y homenajes varios. Pero lo que pocos saben es que aquel mismo día, en unas agónicas horas posteriores a tocar el cielo de la Tierra, esquivó la peor de las suertes. Estuvo a punto de morir en un dramático descenso que él no olvidará en la vida. En esa vida extra que se trajo, de puro milagro, desde el pico más famoso del mundo. Porque aquel día, a más de 8.500 metros de altura, Carlos Garranzo (Madrid, 1960) volvió a nacer.

«Hice cima con oxígeno, con las fuerzas muy justas. Aproveché que las condiciones eran buenas y pude cumplir mi sueño de hacer cima en el Everest. Aquello fue inolvidable, pero tengo muy presente lo que viví después. El oxígeno está muy bien, porque te ayuda a ascender hasta el final. Pero el oxígeno se te acaba y a más de 8.000 metros el cuerpo, una vez acostumbrado a ese aire extra, te lo pide. Y si no se lo das, la cosa se complica. Y mucho. En mi caso, me venció la fatiga en el descenso y pensé que no iba a salir vivo de allí. Sinceramente, pude haberme quedado en la montaña. Salí vivo de milagro», confiesa Garranzo, cabo del Servicio de Bomberos de Cartagena y uno de los alpinistas más experimentados que hay en la Región.

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Luis Carlos Garranzo Ibáñez
Fecha de nacimiento
Nació en Madrid el 31 de julio de 1960.
En Cartagena
Desde 1987. Es bombero en la ciudad portuaria.
Ochomiles coronados
Everest (2006). Otras cumbres en las que hizo cima: Aconcagua, Chimborazo, Kilimanjaro, Elbrús, McKinley, Korzhenevskaya y Satopanth.

«Me dejé caer y fui rodando, como si fuera bajando por un tobogán. Me quedé durmiendo en varias ocasiones, sin aire y sin fuerzas. Y aún no sé por qué, pero despertaba y volvía a ponerme en marcha. Aquel día, bajando el Everest, el clima se complicó mucho. Murió gente y vi bastantes cadáveres. Cuando me fallaban las fuerzas y me iba al suelo, abría los ojos y me decía a mí mismo que yo no podía ser uno más. Que no iba a morir y que no iba a ser un cadáver más de los que se estaban quedando en aquella bajada. Y no lo fui. Con mucho sufrimiento, llegué al campo cuatro [a 7.990 metros de altura], me pude alimentar, descansé y cogí fuerzas para hacer una buena bajada al día siguiente hasta el campo tres», explica el deportista de la Federación Murciana de Montaña.

«El oxígeno se te acaba y a más de 8.000 metros el cuerpo te lo pide; y si no se lo das, la cosa se complica»

Y aquella experiencia le ha servido en posteriores expediciones, en las que en determinados momentos críticos ha puesto la cabeza por encima del corazón y ha optado por la opción más conservadora. Le pasó, por ejemplo, hace cuatro años en el Broad Peak, en Pakistán. Rozó su segundo ochomil y se quedó a 22 metros de alcanzar la cumbre. Escaló hasta los 8.025 metros y solo le faltó una arista muy arriesgada para completar su reto. Garranzo admite que llegó muy fatigado al final y no quiso poner en peligro su vida. Posiblemente, sin lo que le sucedió ocho años antes bajando del Everest, se la hubiera jugado. Mejor así.

«Un reto difícil»

Pero los alpinistas no son ese tipo de deportistas que se dan por vencidos. Al contrario. Aquella herida sigue abierta y, por eso, este mes regresa al Broad Peak, en una aventura que arranca el 12 de junio y que Garranzo va a compartir con tres alpinistas catalanes. En esta ocasión quiere escalar la montaña entera, incluyendo los 22 metros que quedaron pendientes en 2014. Y además, busca el más difícil todavía; una doble ascensión al Broad Peak y al mítico K2 que ningún alpinista murciano ha completado jamás.

«Estaba cansado de ir a Pakistán. Pero cuando me hablaron de volver al Broad Peak, me calenté enseguida», confiesa

Garranzo admite que «se trata de un reto difícil», ya que «es una expedición de 62 días y solo ascender el Broad Peak es algo complicado, que no todo el mundo puede conseguir. El reto es hacer cima en el Broad Peak y bajar al campo base, que es compartido con el K2. Coger fuerzas y tirar para arriba, sabiendo que el tramo final del K2 es una montaña encima de otra montaña y que allí cualquier error te cuesta la vida. A más de 8.000 metros y tras un mes y medio escalando no te puedes permitir una falta de concentración. Un resbalón te hacer caer por un cortado de 3.000 metros. Y a todo eso hay que sumar las condiciones del clima, que en el K2 [la segunda montaña más alta del mundo] son especialmente duras y cambiantes, y la proliferación de aludes», explica Garranzo.

Una espina clavada

Garranzo lleva tres décadas haciendo expediciones en alta montaña y en los últimos años acumula varios intentos fallidos a ochomiles. No pudo hacer cima ni en 2000 ni en 2013 en el Gasherbrum II, uno de los catorce ochomiles del planeta y la montaña más alta de Pakistán. «En la expedición de hace cinco años, se me rompieron las botas y a 700 metros de la cumbre me tuve que dar la vuelta. Los crampones estaban destrozados y me llevé varios sustos. El tiempo empeoró muchísimo y tuve la cabeza fría como para no hacer ninguna locura», admite Garranzo, quien reconoce que un año después, tras acariciar la cima del Broad Peak, se sintió «cansado de Pakistán y de los ochomiles». Por eso, se enroló en un grupo formado por alpinistas andaluces y madrileños que se marcaron el objetivo de escalar varios picos de más de 7.000 metros que no son muy conocidos ni están muy masificados. «En el Everest cada vez es más complicado moverse, de la gente que hay, sobre todo en verano», asegura.

Así, Garranzo coronó en 2015 el Satopanth (7.075 metros), en la zona india del Himalaya. Y en 2016 subió el Korzhenevskaya (7.105 metros), uno de los cinco sietemiles de la antigua Unión Soviética. Está situado en la cordillera del Pamir, en la República de Tajikistán, y forma parte del proyecto 'El leopardo de las nieves'. El verano pasado estuvo en el Khan Tengri, la montaña más alta de Kazajistán (7.010 metros). Pero tuvo un «problema de salud importante» y a los 6.000 metros se dio la vuelta.

«La idea era seguir haciendo sietemiles, pero cuando me llamaron estos amigos catalanes y me hablaron de volver al Broad Peak, me calenté enseguida. Es una espinita que tengo clavada. Y luego está el K2, que es caso aparte», señala Garranzo, quien a lo largo de su vida ha escalado el Chimborazo, el Everest, el Aconcagua, el McKinley, el Kilimanjaro y el Elbrús, entre otras cumbres míticas. Pero no tiene suficiente. Quiere más. «Esto nunca te casa. Cada verano vuelves a ilusionarte», admite.

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