Las edades del golf

Las golfistas Josefa Espinosa y María Alcaraz comparten la complicidad de saber todo lo bueno que el golf les ofrece./Mª Jesús Peñas
Las golfistas Josefa Espinosa y María Alcaraz comparten la complicidad de saber todo lo bueno que el golf les ofrece. / Mª Jesús Peñas

Frente a la bola sienten la misma ilusión e idénticas ganas de superación, a pesar de que les separan varias décadas

MARIA JESÚS PEÑASMURCIA

Su primer 'swing' de golf fue con una escoba de plástico. Esa que María Alcaraz (Cartagena, 2005) tenía entre sus juguetes y con la que creyó poder emular el movimiento que hacía su padre mientras practicaba en el jardín de casa algunos golpes. Ese es también el primer recuerdo de esta jovencita de 11 años de edad, que por aquel entonces tendría unos cuatro. Con cinco, y a la vista de su insistencia con la escoba, tuvo sus primeros palos de golf (también de plástico) y a continuación «unos de Hello Kitty», recuerda María perfectamente. También recuerda nítidamente haber comenzado dando clases en La Manga Club (Los Belones, Cartagena), donde la Federación de Golf de la Región de Murcia (FGRM) dio un curso de iniciación para mayores y pequeños. Su tenacidad, una de las cualidades de María al afrontar cualquier reto, favoreció su mejora en este deporte y convenció a su padre de que debía continuar tomando clases, «porque se implica al máximo buscando siempre no hacerlo bien, sino mejor», asegura su progenitor; algo que sigue haciendo todos los viernes de la mano del profesional Rubén Ruiz, en La Serena (Los Alcázares).

Este es su campo y su profesor de referencia, porque con Ruiz «me lo paso muy bien». La hace reír. Se divierte mientras aprende. Y además, el profesor cuenta con un irresistible atractivo: «Las galletas Princesa y las lenguas de gato que nos da ¡cuando terminamos la clase!», confiesa aún más divertida María. Una niña con un alto nivel de expresión que desde siempre se ha volcado con el deporte -ha practicado baloncesto, natación, tenis, atletismo y taekwondo- y que en cambio carece de móvil y solo usa una 'tablet' los fines de semana, tras haber concluido los deberes del cole (acaba de terminar 6º de Primaria).

Pepa Espinosa. Jugadora sénior: «Mi marido, al verme practicar tanto los vídeos de enseñanza de David Leadbetter, me dijo: 'Y digo yo... ¿qué te cuesta que te dé unas clases este hombre, no?'»

María Alcaraz. Alumna de la Escuela de Golf de la FGRM. Categoría alevín: «En el golf lo más importante es disfrutar. Cada día aprendo, conozco nuevos sitios donde jugar y hago nuevos amigos»

Buena alumna, de mayor quiere ser «pediatra o médico de emergencias». Olga, su mamá, es esto último. «Y ha sido ascendida a coordinadora», destaca orgullosa María. Aunque si tiene que ir acompañada al golf, lo hace de su padre; «yo quiero mucho a mi madre... pero es que ¡se pierde!». Así que el día de la presentación de los alumnos de la Escuela 2017 de la FGRM, a la que una ilusionadísima María accedía por primera vez y en categoría alevín, madre e hija llegaron una hora antes. «Nos levantamos muy temprano y le preparé el GPS para llegar -sin perdernos- a Hacienda del Álamo». Una circunstancia que, al contarla, vuelve a hacerla reír.

«Es inteligente, abierta, activa y muy respetuosa». Es lo que opina de ella su profesor. Unas cualidades que no han pasado desapercibidas para los responsables de la FGRM, que lo miden todo: aptitud y actitud. En casa de María se habla, se participa, se trabaja y se ensalzan los valores de jugadores como Nadal y Gasol, los dos primeros deportistas que María menciona y a los que suma «el golfista Cabrera-Bello». De figura grácil, de movimiento ágil, de tenaz y observadora práctica y con un ritmo de 'swing' armonioso, una perseverante María le da al golf todo el tiempo que puede.

Los lunes y los miércoles se los dedica a la academia de inglés; los martes a conversación y los jueves al lenguaje musical. Los viernes son para los palos y los domingos, si hay, a los torneos. Aunque es muy consciente de que lo más importante son los estudios. «En el cole me preguntan si es difícil. Piensan que es como ¡el minigolf! Ya les he explicado que no. Y que no es fácil darle a la bola». María ha madurado, sabe que en este deporte, como en la vida, no siempre se gana. Que no siempre sale todo bien, pero también, que lo más importante «es disfrutar. Y cada día aprendo, conozco nuevos sitios donde jugar y hago nuevos amigos». De momento su padre ha comenzado a guardar los recortes de prensa donde ya se habla de su hija.

En la búsqueda de la perfección también está Josefa Espinosa (El Palmar, 1953). En lo de no hacerlo bien, sino mejor. De ahí que cuando se inició en el golf, incluso estando en casa practicara una y otra vez los movimientos del 'swing', viendo los vídeos de su admirado maestro David Leadbetter. Al verla practicar con tanto empeño los ejercicios frente a la pantalla, Pedro -su marido-, le decía: «Y digo yo... ¿qué te cuesta que te dé unas clases este hombre, no?».

Pepa, que es como se la conoce en el golf, «pensaba que para este deporte había que ir emperifollada», reconoce abiertamente. Y recuerda haber llamado a Golf Altorreal interesándose por aprenderlo. «Me dijeron que podía venir en deportivas y luego ya veríamos». Eso la animó. Aunque no fue hasta su prejubilación cuando «tuve realmente tiempo para decidirme a practicarlo». Su esposo fue en aquel momento un gran apoyo en esta decisión. Hasta entonces Espinosa solo había tenido tiempo para trabajar (mucho), para llevar adelante una casa «y ayudar a los hijos». Ahora tenía tiempo para ella. Y su marido la empujó a hacer buen uso de él. «En el golf encajé. La gente estaba a gusto conmigo, siendo yo». Y ahora echando la vista atrás y al preguntarle qué le ha aportado este deporte, Pepa dice: «Mucha felicidad».

«En el golf se necesita esfuerzo, dedicación e ilusión», enumera Espinosa. Ella puso desde el principio mucho de todo ello. «Me obsesioné», confiesa divertida. Y es que para Pepa el golf se convirtió en toda una pasión a los 53 años. De hecho recuerda que «comencé con tanto ahínco haciendo flexiones, estiramientos, cinta, tirando bolas.., que estando un día más en la cancha de Leven Golf ante un cesto de bolas, a la tercera sentí unas molestias; la sensación de no poder respirar. Me puse en lo peor». En el hospital le diagnosticaron que tenía una lesión en la sexta costilla izquierda, producto de las demasiadas horas de práctica, como le corroboró su profesor de entonces. Mientras se recuperaba se dedicó a 'chipear' y patear, por aquello de que «¡no puedo quedarme quieta!». Aunque cuando se enfrenta a la bola sabe que priman la colocación, la preparación y la concentración. Un ritual «que te premia». Y de no ser así, Pepa siempre saca algo positivo de la situación, del entorno, de la compañía. «El golf - del que se ha convertido en una gran defensora- te amplía las relaciones, siempre hay alguien dispuesto a ayudarte, te ejercita en la superación personal constante...».

Amante de las pequeñas cosas, del Mar Menor, de la Perdiguera, del cielo y de las gaviotas, en el verde del golf Josefa además encontró, tras el fallecimiento de su marido, un lugar donde recuperarse «y tras conseguir poner en orden mi vida», su bolsa de palos -que siempre va en el maletero de su coche- se ha convertido en una buena compañera de vida. Pepa comenta orgullosa que cumplió su ilusión de llegar a ser hándicap 15,9, que Pedro también guardaba sus recortes y, que cuando mira a María con la que coincide a menudo en la cancha de prácticas, no puede dejar de sonreír. «Me aporta mucha satisfacción ver cómo da cada golpe. Me pongo detrás de ella para imitarla», dice sonriendo una vez más. El golf les ha dado a ambas un espacio diferente en el que estar bien poniéndose a prueba. Superándose mientras disfrutan viendo el momento mágico «de ver volar la bola», asegura Pepa. Una sensación que no tiene edad.

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