José Rabadán: «Mi intención es mostrar que hay esperanza para la reinserción»

José Rabadán visita el cementerio de Espinardo donde están enterrados sus padres y su hermana en una imagen del documental. /DMAX
José Rabadán visita el cementerio de Espinardo donde están enterrados sus padres y su hermana en una imagen del documental. / DMAX

En la noche del jueves la cadena DMAX emitió la segunda parte de su documental #YoFuiUnAsesino, sobre José Rabadán, centrado en su 'nueva vida'

FRANCISCO JOSÉ LÓPEZ

«Mi intención es aportar mi granito de arena: mostrar que hay esperanza y que la reinserción es posible», dice la voz en off de José Rabadán mientras pasea por el cementerio al volver a su barrio, Santiago el Mayor, durante la segunda parte del documental #YoFuiUnAsesino, de la cadena Dmax. Una segunda parte en la que han abordado el tema de su supuesta rehabilitación y en la que el propio Rabadán ha narrado en primera persona su experiencia desde el punto en el que lo dejó en la primera parte: el asesinato de su padre.

«Me arrepentí desde que la espada bajó pero no lo recuerdo realmente», insiste. «Recuerdo todo lo que pasó desde que empecé a golpear a mi padre con la catana como fotografías sueltas, no con movimiento». Entre 90 y 100 heridas contaron los forenses que habían recibido los tres cuerpos esa noche, siendo su padre Rafael la víctima con la que mostró mayor ensañamiento y su madre Mercedes la única que muestra señales de defensa.

Mientras asesinaba a su padre, dormido, su madre acudió a la habitación al escuchar los ruidos y, viendo lo ocurrido, corrió al dormitorio de su hermana María Mercedes para intentar protegerla. Aunque fue en vano. José Rabadán la golpeó también con su catana hasta que sintió que la hoja se partía. Fue entonces cuando agarró un machete y prosiguió apuñalándola, pese a que, según los forenses, la víctima ya estaba muerta. Entonces se giró hacia su hermana que lloraba en la cama y también la mató.

Movió los cuerpos de su hermana y su padre al cuarto de baño, con intención de meterlos en la bañera, pero antes colocó sendas bolsas de plástico en sus cabezas. «Bien pudiera ser para no ver lo que había hecho o para que no lo vieran los familiares, además de por el estado de su padre, que perdía masa encefálica por las múltiples heridas», comenta Alfonso Navarro, el comisario del 'caso Rabadán'.

«Todo me había influenciado: las películas violentas, la música satánica…la sociedad en general»

Mientras José Rabadán sigue narrando como se sentó en el sofá «porque estaba desfalleciendo», el documental muestra fotos reales del escenario del crimen, incluido el cuerpo de las tres víctimas. Prosigue su relato Rabadán con las horas previas a la detención, cuando huyó de casa tras coger 15.000 pesetas y el móvil, desmintiendo a Oliver, el joven que le ocultó, al declarar que le ayudó a quemar su camiseta ensangrentada durante la madrugada que iba del 1 al 2 de abril del 2000, ni 24 horas después del triple homicidio.

Según su relato, una vez en prisión, pensó en suicidarse e incluso mostró intención de hacerlo cuando, de pronto, escuchó una voz. «La voz me dijo que hacía falta valor para suicidarse, pero más valor aún para seguir vivo y superar lo que había ocurrido. Pedí ayuda a Dios y caí en sueño, despertando totalmente recuperado y con buen ánimo. Salí al patio y sentí el sol, los pájaros… la angustia y el dolor desaparecieron». Casi como un milagro. Así cuenta José Rabadán que superó «lo que había hecho».

Y es que el parricida en ningún momento utiliza verbos como 'matar' o 'crimen', se refiere al triple asesinato tan sólo como «lo que hice» o, aún más distante, «lo que ocurrió». Según su propio relato, desde que la realidad le asaltó estando en prisión y fue consciente de lo que había pasado y Dios le ayudó a superarlo no transcurrió ni una semana.

«Me llegaban seis o siete cartas al día de chicas adolescentes que se sentían atraídas por mí»

Una de estas cartas que recibió estaba firmada por Iria y Raquel, las apodadas como 'brujas de San Fernando' y que asesinaron a su amiga Clara inspiradas y fascinadas por la figura de Rabadán. Éste asegura que cuando decidió escribirles una carta para disuadirlas de perpetrar su crimen, otro interno le contó que llegaba tarde. La prisión le transformó. No sólo psicológicamente, si no físicamente. Se volvió más atlético. Hablaba sobre sus deseos de matar. «Lo hacía como un método de defensa, en la cárcel sólo pensaba en sobrevivir», cuenta él.

Javier Urra, Defensor del Menor en el momento en el que se condenó a Rabadán, es invitado al programa y le pregunta por su supuesta enfermedad, una epilepsia del lóbulo temporal que le valió como eximente para su condena. Él afirma que ya no toma medicación alguna porque está completamente curado «y hay pruebas que así lo acreditan». Preguntado sobre su presunto narcisismo o sobre si cree ser un sádico se muestra tajante al negarlo.

«Abrí una puerta que no debí haber abierto. Acercarme al satanismo, a la maldad, me condujo al crimen», recalca una vez más. Urra le pregunta también durante la entrevista por la condena de 6 años, que la sociedad considera ínfima. «Una condena tan reducida ha sido imprescindible en mi rehabilitación», responde sin pensarlo. Preguntado sobre por qué se le describía como «frío» también se muestra claro: «Tuve parejas en los centros de menores y también amigos: era frío con quién yo quería».

«Estoy orgullosa de él», cuenta su hermanastra a cámara

Después el programa intercala el relato del pasado y el presente de Rabadán al mostrar la que fue su casa de acogida 'Nueva Vida', una asociación evangélica para ayudar a personas que acaban de salir de la cárcel a rehabilitarse en la sociedad. «Vine aquí sin haberme perdonado, pudiendo haber llegado a ser un asesino. Pero abrí mi corazón a Dios. Dios me ha salvado», es otra de las frases que destaca y sorprende en su relato.

Es entonces cuando, por primera vez, el programa da testimonio Tania, la actual mujer de Rabadán, de la cual los telespectadores sólo pudieron conocer la voz. Tania cuenta que tenía 15 años cuando conoció a Rabadán. Él 21. Se enamoraron. «Es cariñoso, es respetuoso… en ningún momento tuve desconfianza, ni miedo», cuenta. Joaquín Borja, su suegro, pastor evangelista de etnia gitana, al enterarse de la relación decidió «dejarlo en manos de Dios, como hago con todo».

En la parte final del documental Rabadán vuelve a Murcia, y cuenta que no es la primera vez. Ya ha estado allí, en Santiago del Mayor, mirando fijamente el balcón de la casa en la que asesinó a sus padres y a su hermana. Allí fue donde se reencontró con Rosa, su hermanastra, quien asegura estar orgullosa de él y «no guardarle rencor ninguno».

El documental termina con Rabadán paseando por el cementerio, mostrando las tres cruces que tiene tatuadas en el pectoral izquierdo, «en el lado del corazón», en memoria de sus víctimas. De su familia. Su mujer Tania cuenta que volver al barrio ha sido duro para él y se le quiebra la voz. Pero él permanece impasible. Sin atisbo de emoción visible para los telespectadores mientras cuenta como recuerda a su familia al pasear por el que fuera su barrio hasta el día en que con 16 años empuñó aquella catana.

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