Un Shakespeare por alegrías

Un momento de la representación de 'Romeo y Julieta', en el Teatro Romea./Javier Carrión / AGM
Un momento de la representación de 'Romeo y Julieta', en el Teatro Romea. / Javier Carrión / AGM

El dramatismo y la pasión, el goce estético y colorista, consumaban la tragedia de amor de un 'Romeo y Julieta' jondo, que se ganó el plácet del público en un aplauso interminable

PATRICIO PEÑALVER

Abría la 'Cumbre Flamenca', con las entradas agotadas, un 'Romeo y Julieta', bajo la dirección de Olivia Bella, con el compromiso de no defraudar a todos aquellos que se acordaran de aquel espectáculo del que la misma compañía hizo estreno absoluto en la Cumbre Flamenca de la CAM en abril de 2002. Mucho ha llovido desde entonces, o debiera. De antemano, diremos que nadie quedó descontento, ante los efusivos aplausos.

Con una absoluta coreografía minimalista, un escenario desnudo y con los músicos junto a un telón negro al fondo, comenzaban recordando la tragedia de Romeo y Julieta con los cuerpos echados en el centro, por martinetes. Para situar la acción, una locución recordaba el momento de los Capuletos y los Montescos; proseguía el cuerpo de bailaoras por tarantos, imprimiéndole intensidad a ese drama amoroso que se respira, hasta llegar a un momento sobresaliente en el que Romeo, representando por Miguel Ángel Serrano, y Julieta, por Margarita Sánchez, ejecutaban unas vistosas alegrías.

El dramatismo y pasión que le imprime la Compañía Murciana de Danza se iban acentuando en esa mezcla de danza y flamenco, con alguna explicación verbal; pero tampoco era necesario conocer el texto clásico que representa, porque también hay un goce estético y colorista en buenos momentos de la representación, como esa celebración con todo el cuerpo de baile, con un vestuario fabuloso, todos con antifaz, moviéndose de manera sincronizada por todo el escenario, al compás de tangos.

El baile es el componente que más está variando en el flamenco, por eso su directora ha querido mantener lo esencial del montaje del 2002, pero transformando muchos de sus factores con nuevas propuestas. Y en ese contar de amores y desamores, y de incomprensiones, por vidalitas, farrucas, bulerías, tarantos, guajiras y fandangos de Huelva, que daban paso a una dinámica acción, jugaba un papel predominante la elección de la música, bajo la dirección y composición de Faustino Fernández, con su grupo (Faustino Fernández, primera guitarra; Tomás Navarro, segunda guitarra; al cante, Agustín Garnés y José Antonio Chacón; violín, Juan José Cerón; y, Daniel López, a la percusión).

Con la misma letra del martinete con el que había comenzado el espectáculo: «y si no es verdad, que Dios me mande un castigo, si me lo quiere mandar»; volviendo en su sentido circular. Se consumaba el drama de esta tragedia amorosa, se echaba el telón y se sucedían los aplausos una y otra vez, y otra, y otra; mientras la directora Olivia Bella salía a saludar y lanzaba un beso al aire, recordando otro momento de esa representación.

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