Salzillo, austero y despojado

Detalle del paso de 'Los azotes'. Museo Salzillo.
Detalle del paso de 'Los azotes'. Museo Salzillo. / José Manuel Navia

El fotógrafo José Manuel Navia muestra su particular visión del escultor murciano y de su ciudad en la exposición 'La vida en torno', abierta en el Espacio Molinos del Río hasta el 24 de junio

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Hay una fotografía terrible, divinamente humana, cuya contemplación duele. Por su crudeza y por la sangre derramada. Un detalle aterrador de 'Los azotes', uno de los pasos inmortales de Francisco Salzillo (Murcia, 1707-Murcia, 1783). Una fotografía que es como un aullido silencioso, un río de lava, un territorio devastado por las tinieblas. Una espalda de hombre, finalmente crucificado, convertida en un mar de dolores a la deriva, un desgarro que sobrecoge, la mayor de las injusticias, toda Troya en llamas sobre esa espalda humillada, maltratada sin piedad. No hay en ella carne que vaya a ser salvada del horror, carne «sobre la cual el viento escapa a sus insomnios», que escribió, en 'Donde habite el olvido', Luis Cernuda, el poeta al que Ramón Gaya (Murcia, 1910-Valencia, 2005) inmortalizó en 1934 pintándolo recostado sobre la arena, frente al mar. Precisamente, una certeza del pintor y escritor murciano, I Premio Velázquez en 2002, la de que «las figuras de Salzillo necesitan de cómplices, la vida en torno, Murcia en torno», es la justificación perfecta de 'Salzillo. La vida en torno', la exposición de fotografías de José Manuel Navia (Madrid, 1957), que hasta el 24 de junio puede disfrutarse en el Espacio Molinos del Río, dependiente del Ayuntamiento de Murcia.

La muestra, integrada por 28 imágenes capturadas por la personal mirada de Navia en 2016 y 2017, y protagonizadas tanto por las obras del escultor murciano como por la ciudad de su vida, es una producción del Espacio Molinos del Río enmarcada en un proyecto de colaboración con el Museo Salzillo que busca «enfrentar a un fotógrafo ajeno a la ciudad, y de importancia nacional, a la escultura de Salzillo y su contexto».

Fotografías que son huellas, sutilezas, sugerencias, pequeños detalles deliciosos, misterios tejidos con esa «luz especial» con cuya búsqueda está obsesionado Navia, que la persigue fascinado desde las primeras horas del amanecer hasta que se instala la noche. Siempre anhelante de encontrarse con «una insólita luz, un desusado / fulgor inconfundible», en palabras del poeta Eloy Sánchez Rosillo.

«Me paso muchas horas persiguiendo, buscando la luz adecuada para fotografiar», dice Navia, quien se ha volcado en hacer compatibles, y en intentar que dialoguen entre ellas, imágenes de la preparación en Jueves Santo del paso de 'La última cena' y de, por ejemplo, el Viacrucis del Cristo de la Salud el Miércoles de Ceniza, con las del Callejón Brujería, cuajado de pintadas y atravesado en solitario por un niño, o de una joven, haciendo deporte por el Puente Viejo, delante de otra pintada que proclama este deseo: 'Ojalá me quieras libre'.

«A las esculturas de Salzillo les pasa como a los cuadros de Caravaggio, que también utilizaba a gente de la calle, a gente normal, como modelos. Transmiten una verdad muy particular, que despierta nuestra admiración y hace que conectemos con ellas muy bien, que nos resulten veraces y cercanas, además de muy bellas», explica Navia, que está deseando volver a Murcia. De hecho, del 2 al 4 de junio regresará a la ciudad para impartir un taller fotográfico. «Para mí, ha sido un enorme placer y una experiencia inolvidable realizar este trabajo».

Intimidad

Una exposición tan suya, tan reconocible en su sencillez y en su huida de la falsa espectacularidad y de cualquier tipo de prepotencia. «Mis fotografías son bastante austeras», dice el artista, que cita dos adjetivos con los que Augusto Roa Bastos, Premio Cervantes en 1989, se refirió hace ya años a sus imágenes: austeras y despojadas. «Yo trabajo siempre solo, y me gusta que mis imágenes transmitan intimidad», dice Navia, cuya mirada siempre encuentra destellos de belleza, de inquietud o de verano a punto de estallar en los rincones más insospechados. Y su trabajo le aporta placer y conocimiento, le pone ante sus ojos la vida en todo su esplendor o al borde del precipicio.

«¿Cómo olvidarse del rostro maravilloso de San Juan, o de la sombra que proyecta el Ángel, o de la plaza de la catedral cuando atardece, o del Malecón al amanecer...?», se pregunta el fotógrafo, que se confiesa «devoto» de los pasteles de carne, que también tienen su protagonismo en la exposición.

Las imágenes de 'Salzillo. La vida en torno', escribe el novelista Gustavo Martín Garzo en el catálogo de la muestra, nada tienen que ver con «esas fotografías tan compuestas de la publicidad o de nuestras excursiones dominicales. Aquí siempre hay algo que disuena, que nos obliga a interrogarnos por lo que vemos. Algo que conmueve e incomoda a la vez. Un buen violinista siempre introduce notas disonantes en su música para que llegado el momento central de su interpretación esta se vuelva más honda. Navia es el maestro de esas disonancias. Por eso huye de lo bonito, de lo excesivamente compuesto». El autor de 'No hay amor en la muerte' (Destino), enfatiza que en las fotografías de Navia «nada está en su sitio, no hay nada estéticamente ideal, porque cuando tratamos de hacer algo estético fracasamos. Lo estético es acercarse a algo inesperado, tembloroso, inexacto. Es abrirse al mundo de lo no dicho, entender la belleza como aquello que se ofrece y esconde a la vez».

También a propósito de las esculturas de Salzillo y de su relación con Murcia, Martín Garzo indica que «es difícil acercarse a unas figuras que han sido fotografiadas mil veces, que se pasean a hombros por las calles de la ciudad en procesiones que todos conocen y sobre las que en apariencia ya no cabe decir nada más». «Es difícil hacer -prosigue- que vuelvan a vivir ante los ojos del que las mira como debieron hacerlo cuando abandonaron por primera vez el taller del escultor y sus vecinos pudieron verlas por primera vez. ¿Qué pensaron al verlas? ¿Se asombraron al descubrir el parecido que tenían con ellos?».

En su opinión, «Navia es el cronista de esa continuidad misteriosa entre estas imágenes y la ciudad en que son veneradas. Supongo que al pasearse por las calles de Murcia de hoy y comparar los rostros de las gentes que se iba encontrando con los de las tallas de Salzillo, ha debido pensar en el arte humilde de los pintores de iconos medievales. Iban por los pueblos y pintaban pequeñas tablas donde aparecían ángeles, vírgenes y niños, grandes santos llenos de barbas, un mundo lleno de animales apacibles, de paisajes diminutos, siempre temblando sobre un fondo dorado».

Y no se trata solo de que «Navia haya rescatado en sus fotografías esas correspondencias entre los cuerpos tallados por Salzillo y los de los paseantes que recorren la ciudad de hoy. No se trata solo de parecidos, de gestos comunes, familiares, sino de algo más indefinible, de la búsqueda de esa luz temblorosa que desprenden todas las criaturas en ciertos momentos». De nuevo, la luz. Imposible olvidarse de cómo se adhiere a las figuras de Salzillo en la mañana de Viernes Santo; imposible no desear volver en busca de belleza y de calma al Museo Salzillo.

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