Rafaelillo tira de garra en Arlés y corta una oreja

Derechazo de Rafaelillo en la estocada, ayer en Arlés.
Derechazo de Rafaelillo en la estocada, ayer en Arlés. / Muriel Haaz

El torero murciano tuvo que hacer frente al 'hueso duro' de la tarde en la plaza francesa

BARQUERITOARLÉS

Los solo tres miuras que cumplieron el contrato de Arlés fueron de espectacular traza. El primero, cárdeno claro, capirote, botinero y moteado, culata formidable, fue ovacionado al asomar. Tuvo muy poquita fuerza, claudicó tras cobrar la primera vara, sangró mucho en una segunda demasiado dura, tomó engaño derrengado y, sin llegar a perder las manos, se apoyó en ellas, las pezuñas casi vueltas, amagos de claudicación. Rafaelillo lo abrió por darle aire. Ni así. «¡Está muerto.!», sentenció una voz. Llegó a echarse. Una estocada tendida, dos descabellos. Pitaron en el arrastre al toro.

Cárdeno oscuro, el segundo fue el más enterizo del trío. Derribó en el primer puyazo después de empujar, fue pronto y, sin contar algún cabezazo, tuvo nobleza y, por eso mismo, buen trato. Mehdi Savalli, despacioso en un resuelto y airoso saludo de capa, brillante con las banderillas -de mérito un tercer par cambiado por los adentros-, se entendió con él en una faena de dos partes.Una estocada casi pescuecera que el toro escupió, una entera delantera y atravesada, un aviso.

Arlés
2ª de la Feria de Arroz. 4.000 almas. Dos horas y media de función.
Ganadería
Tres toros de Miura, que se jugaron por delante, y tres de Baltasar Ibán (Cristina Moratiel).
Rafaelillo
Silencio y una oreja.
Mehdi Savalli
Silencio tras aviso y oreja tras aviso.
Rubén Pinar
Una oreja y ovación.

El tercer miura fue el último de la camada. Solo quedaban tres. Se llamaba Londrito. Corto pero de buena alzada, sacó más temperamento que los dos recién jugados, se empleó en dos varas -fijo en la primera, encelado en la segunda- y fue en la muleta revoltoso, la cara arriba en cuanto parecía pasar. Le pudo bien y casi a pulso Rubén Pinar. Una faena reposada, segura, calmosa. Y una buena estocada casi a capón, Rodó sin puntilla el toro.

Después de haberse limpiado a modo el ruedo, convertido desde la noche del viernes en un lienzo muy bien pintado pero castigado, el óvalo del anfiteatro parecía un secarral. Se estaba levantando mucho polvo, soplaba un ligero mistral. No dieron orden de regar hasta después de arrastrado el cuarto de corrida. El primero de los tres de Ibán, que recibió de salida una ovación. Hechuras bien distintas de las de los miuras, pero impecable trapío, muy abierta la cara, seria expresión.

Por astifino, por revolverse, por su punto incierto y por protestar, por todo eso, fue el 'hueso duro' de la corrida. De pasar trago. O tragar paquete, que es lo mismo. Costaba estar delante. Rafaelillo resolvió la papeleta en tandas cortas, templadas, tiradas en línea. La mutación del toro al cabo de tres tandas muy pensadas fue para mal: engaño punteado, varios cabezazos, agresividad, Rafaelillo en cuerpo a cuerpo, muchas voces, el susto sujeto y una soberbia estocada a capón por el hoyo de las agujas. Sin puntilla el toro del retorno del hierro de Ibán al Anfiteatro después de tres años y medio. Por eso lo aplaudirían en el arrastre. Oreja de ibán en mano, Rafael se pegó una vuelta al ruedo sin ninguna prisa.

También el segundo de los tres ibanes fue recibido con una ovación. El último toro de la temporada, chorreado en morcillo, hondo y guerrero, peleó en varas, esperó en banderillas y se aplomó en la muleta sin gana ni golpe de riñón. Severo y despacioso Pinar. Pero solo la firmeza. Y una buena estocada.

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