'Perejil'

'Perejil'
M. Saura
FLORENTINO ARIZA (PSEUDÓNIMO)

Los guardias abrieron el pesado portón de chapa y me empujaron a la calle, a la esquiva libertad. Finalmente, después de sesenta y dos oscuros días, salía del Penal de Ezeiza.

Desde que me había despertado esa misma madrugada, me preguntaba por qué carajo no estaba alegre. Me agobiaba una angustia de las que te doblan, que me recordaba a cada paso que una incisiva espada pendía sobre mi nuca: la causa por la que me habían encanado seguía abierta. «Sale en libertad en forma provisoria, bajo caución juratoria», me habían informado.

Además, debía enfrentar a Laurita y dibujar explicaciones de las que no disponía. ¿Y qué le diría a Matías? En plena adolescencia no toleraría el estigma de un padre preso. Por ahora, Laurita le había inventado un viaje a China para visitar contratistas.

Hice visera con la mano y observé alrededor. Laurita debería estar esperando por ahí. Pobre, el infierno en el que la había metido, una sucesión de hechos tortuosos para mí y confusos para ella.

Un año antes había aceptado el pomposo cargo de asesor del Director de Administración de la Fuerza Aérea. Me cuestioné tantas veces mi ingenuidad: un dócil insecto enredado en esa pegajosa telaraña. Lo había aceptado por necesidad, me justificaba, aunque la brutal realidad era que había cedido a la comodidad: garpaban muy bien y te la pasabas tomando café en las salas de reuniones del Edificio Cóndor. Te pavoneabas con la tarjeta de asesor y los proveedores te invitaban a cenas y viajes para tejer alguna contratación.

Y sí, esa fue la raíz del problema: la contratación del servicio de reparación de los aviones Hércules a una corporación española. Con tan maldita suerte que ese puto avión de museo se incendió en la pista de El Palomar y estalló un escándalo que destapó la nula experiencia de la empresa española en la tecnología Hércules, los picantes sobreprecios pagados y otras perlas que ilustraron la tapa de los diarios durante una semana.

Ahí estaba: Laurita me hacía señas desde el otro lado de la calle. «¡Gustavo, Gustavo!», gritaba.

Cada vez que ella me visitó, le juré que no sabía por qué me habían apresado, para protegerla. Nunca le había reconocido que yo llevé adelante la contratación, supervisado por los capos de Compras y Administración: dos milicos que ahora pretendían hacerse bien los boludos. La gestión la había ejecutado personalmente, de punta a punta, manipulada por ellos, como quien mueve los hilos del títere bailarín. Pero era mi firma la que constaba en todos los folios del expediente. Crucé la calle corriendo y la abracé. Sus lágrimas me mojaron el hombro. Para las mujeres es tan fácil llorar, en cambio los imbéciles como yo nos tragamos la tristeza que nos pudre las tripas.

******

«Enseguida lo atiende», me informó la secretaria señalándome el sillón de la sala de espera. Me acomodé y mecánicamente chequeé el celular.

Reflexioné durante interminables horas de encierro sobre esta reunión con mi abogado, Amancio Jaureguiberry: un penalista groso, bien vinculado y que maneja causas pesadas. Mi verdadera condena fue pensar como un obseso, y, cuanto más pensaba, la desesperación me hacía vaticinar peores desenlaces. Recién en casa, dos noches atrás, después de hacer el amor con Laura, logré focalizar la mente, razonar con claridad: de los involucrados en la causa yo era el único que no tenía dinero ni contactos, la parte delgada del hilo, el perejil. Y, con semejante repercusión, se imponía tirar a algún boludo a la hoguera.

Seguramente el doctor Jaureguiberry me tranquilizaría con argumentos de técnica jurídica. Obvio, me dije, ¿para qué me adelantaría la mala noticia? Evalué amenazarlos con asumir la figura de testigo protegido: la del lavajato, que me daría la posibilidad de una sentencia benévola si delataba la verdad a la justicia. Aunque lo descarté: los mafiosos podrían adelantarse y matarme en el mejor de los casos o, peor aún, lastimar a Matías o a Laurita.

Otra alternativa que había analizado era jugar de sumiso, aceptar a título personal la responsabilidad sin comprometer a nadie, por supuesto a cambio de una buena tajada. Nunca fui un tipo de convicciones firmes, pero después de conocer la prisión, una reveladora convicción se había fijado en mi cabeza: como sea, no volvería a la cárcel. Matías crecería avergonzado por su padre preso y Laurita no podría emprender una vida normal. Sí, para ellos resultaría más fácil seguir adelante con la limpia memoria de un padre o un esposo muerto.

¿Qué hacer entonces? Recordé el libro 'Pensamiento Lateral' de Edward de Bono. Me había impresionado cuando conocí esa obra en un curso de capacitación para ejecutivos. Se vinculaba con la solución de problemas, ¡y la puta que yo enfrentaba uno! La técnica enseña a recorrer caminos mentales creativos, a esquivar las repetidas sendas de la lógica.

―Por acá ―dijo la sonriente la secretaria.

Jaureguiberry, de impecable traje azul, corbata y pañuelo de saco en tono de rosado, me esperaba en la puerta de su despacho.

―Qué dice, Gustavo ―el cuervo me estrechó la mano y me palmeó el hombro―. Un gusto verlo por acá.

Apenas nos sentamos arrancó con una explicación que sonaba a clase magistral de la Facultad de Derecho. Enfatizó la complejidad de la causa y mostró con optimismo que lograrían extenderla por varios años, sacarla de los diarios, hacerla transitar por una vía muerta.

―Mi amigo ―remató con una amplia sonrisa―. Usted se me queda bien tranquilo. Si recibe alguna cédula del juzgado, me avisa.

Sí, claro, me dije, muy tranquilo me voy a quedar.

―Gracias, doctor. Yo sabía que ustedes no me iban a fallar.

Jaureguiberry se inclinó como para levantarse.

―Un tema más, doctor. Si me permite.

El abogado asintió con un gesto.

―Mi primo, el ingeniero Sandrini, es uno de los distribuidores de medicamentos más importantes de la Argentina. Resulta que se le complicó un tema, ¿vio? Una denuncia del Pami. Usted ya sabe, necesita un abogado influyente. Alguien de su nivel.

El ave de rapiña miró hacia un costado y se acarició la mandíbula. Pensaba o acaso dudaba.

―Doctor, olvídese ―dije poniéndome de pie―. Lo manejamos de otra manera.

―Siéntese, por favor y cuénteme más.

―Prefiero que se lo cuente él directamente, es un asunto complejo y de cifras millonarias. Arreglo una audiencia con su secretaria y lo venimos a ver en los próximos días.

******

Por indicación de la secretaria, Gustavo y su primo se ubicaron en los sillones de la sala de recepción.

―¿Les puedo ofrecer un café o un vaso de agua? ―dijo ella.

La última vez no me ofrecieron nada, pensé. Se nota que cuando venís por algún negocio accedés al trato premium. Observé a mi acompañante de reojo: actor de profesión y chanta por elección, mi primo, que no era ingeniero ni se llamaba Sandrini, lucía sereno.

―Nada, muchas gracias ―contesté, pese a la mirada de reclamo de mi primo que nunca dejaba pasar un café si alguien más lo pagaba.

―Muy bien. El doctor Jaureguiberry pide que pase el ingeniero Sandrini.

Nos pusimos de pie al unísono.

―Solo el ingeniero ―insistió ella, siempre con una sonrisa.

Lo previsto, me dije. Y me senté a esperar.

******

Una semana después, volví a visitar al doctor Jaureguiberry, esta vez sin mi primo. La secretaria había indagado sobre el motivo de la audiencia cuando la solicité. «Dígale que es de suma importancia», me limité a contestar.

―No supe más nada del ingeniero Sandrini ―arrancó el cuervo, con cierto fastidio―. Raro, pregunté en el Pami y no lo conocen. Y con respecto a su causa, ya le dije que se quedara tranquilo.

―Doctor, no vengo por eso ―hice una pausa, trataba de ordenar mi ensayado discurso―. En realidad sí, es por la causa, pero no por su estado procesal. Vine por algo más… más de fondo.

Jaureguiberry frunció el ceño.

―Yo siempre fui gerente financiero de empresas, ¿sabe? Y de los buenos. La empresa en la que trabajaba quebró y tuve que laburar para la Fuerza Aérea por necesidad. Y por necesidad acepté un puesto en el que me usaron para ciertas gestiones.

El abogado miró hacia el techo, seguramente se preguntaba qué carajo le importaba a él todo eso.

―Analicé mucho esta causa y finalmente deduje que ustedes mandarían en cana al perejil ―dije señalándome el pecho.

―¡Por favor! ¿De qué habla?

―Ya le digo, no soy tan boludo y tengo que zafar de este quilombo. De su conversación con mi primo grabamos algunos pasajes que seguramente sorprenderían a muchos.

La expresión del abogado mutó en asombro.

―Si me pasara algo ―continué―, o fuera preso, esto que va a escuchar está listo para ser mandado a los diarios, a los 'mails' del Colegio de Abogados, del decano de la Facultad de Derecho, de los profesores de la cátedra de Derecho Penal…

Jaureguiberry levantó las manos: indicaba que la enumeración ya le resultaba suficiente.

―El audio es solo una selección de frases suyas ―apoyé el celular en el escritorio, ajusté el volumen y digité 'play':

«Mi querido ingeniero, estamos hablando de transacciones de alto monto. Al Pami no le conviene un escándalo, tanto como a usted. Seguramente buscan una comisión mayor a la que ya se pagó. ¿Me entiende? Yo tengo buenos contactos ahí y puedo conversar y arreglarlo. Ya que insiste con la pregunta, debería estimar que si le piden, por ejemplo, un diez por ciento adicional, mis honorarios serían otro diez por ciento. Estas gestiones no son baratas. Son buenos muchachos los del Pami. Quédese tranquilo, yo lo arreglo».

Con gesto reflexivo, el cuervo asintió moviendo la cabeza hacia adelante dos o tres veces.

Y su expresión volvió a cambiar: ahora las comisuras de sus labios se estiraron en una mínima sonrisa.

Se quedó mirándome fijo. Y percibí un gesto de aprobación o acaso de respeto.

Como si frente a él tuviera sentado a uno de su propia liga: un hijo de puta al que le reconocía cierto ingenio.

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