'Todas las noches en un día'

Carmelo Gómez y Ana Torrent, ovacionados en el Romea con esta obra de Conejero

Ana Torrent y Carmelo Gómez, en una imagen de 'Todas las noches de un día'./Nacho González
Ana Torrent y Carmelo Gómez, en una imagen de 'Todas las noches de un día'. / Nacho González
Antonio Arco
ANTONIO ARCO

No es fácil llevar 'Todas las noches de un día' al escenario: su aire fantasmal, como fuera del tiempo, incluso de este mundo; su frondosa atmósfera poética, que parece anidar en el universo de los sueños, no de la realidad; su historia de amor más allá de la muerte, los misterios que encierra, el constante fluir del tiempo del presente al pasado, y esa música de fondo que genera la escritura de Alberto Conejero, y que en esta obra parece conectada a la exploración de los misterios psíquicos y al amor por la naturaleza que caracterizan la obra del poeta irlandés William Butler Yeats. Con 'Todas las noches de un día', su autor ganó el III Certamen de Autores Teatrales en 2015. La obra, que protagonizan el jardinero Samuel y la propietaria del invernadero para la que este trabaja, Silvia, está dedicada precisamente «al jardinero Francisco Javier Fernández Alarcos». Se valoran más los jardines, y el rumor silencioso y generador de vida de las plantas, cuando se escucha hablar de ellos a Samuel, a quien en este montaje dirigido por Luis Luque da vida, afortunadamente, Carmelo Gómez. Tiene razón Luque cuando califica el texto de Conejero de «ejercicio dramático de alta intensidad poética». Lo es, aunque por sus subterráneos viaja palpitante, entre otros caudales para la reflexión, un tema especialmente espinoso, complejo...: el del suicidio, el del derecho a poder elegir el momento en que uno quiere marchar definitivamente. Dejar de respirar, jamás volver a escuchar la danza de la lluvia sobre los frutos de los árboles.

Cuando se enfrentó al reto de poner en pie esta obra, Luque se preguntó: «¿Seré capaz de trasladar la belleza del texto al escenario?». Yo le respondo: sí. Con una exquisita elegancia nada impostada, con una sutileza en las formas embriagadora, y con inquietud y emoción sostenidas a lo largo de una función a la que se asiste como si la historia que se nos cuenta nos llegase tras lograr atravesar una húmeda niebla. Silvia y Alberto son dos personajes extraños, que arrastran ambos heridas abiertas, con dificultades para integrarse en la dinámica social, aferrados al invernadero que cuida Samuel como a un pulmón mágico que les permite respirar algún tipo de extraña esperanza, de consuelo.

Dos seres heridos, pájaros solitarios que se encuentran y dan lugar a una historia de años en la que se mezclan las sospechas de asesinato, el dolor por el amor no correspondido, la fascinación por las flores, los secretos y la muerte que llega para aliviar la vida cuando esta se ha convertido en un montón de espinas importunando el alma. Un día, Silvia desaparece. Como si se la hubiese tragado la tierra. Samuel, pasado un tiempo, es interrogado, sospechan de él. Y tiene que defenderse, confesarse, desvelar sus secretos, liberar sus emociones. Samuel es un hombre sencillo, sin apenas cultura, que dice de sí mismo que es simple; un ser introvertido, que se entiende mejor con la flora que con los de su especie. Por momentos, parece tan indefenso como el Pacífico Pérez de 'Las guerras de nuestros antepasados', de Miguel Delibes. Nada que ver este personaje con otros que le van mejor al físico y la fortaleza de Carmelo Gómez, un actor que puede encarnar al más fiero de los hombres y provocar pánico, pero también conmover como lo consigue un niño indefenso. Está espléndido en esta función, sin aspavientos, humildemente, compartiendo escenario con una gran Ana Torrent de la que no quieres perderte ni una sola palabra, ni un solo gesto. Nada.

Caja de música

El equipo artístico de este montaje les ha regalado a ambos, y al público, unos trabajos de dulce: el espacio escénico de Mónica Boromello, la iluminación de Juan Gómez Cornejo, la música original de Luis Miguel Cobo... El resultado es una historia que vemos como atrapada con mimo en el interior de una caja de música donde la vida y la muerte parecen convivir sin separación, mezclándose en los recuerdos, los olores, la oscuridad, las hojas ya secas, el agua de riego.

El público del Romea, lleno como en sus mejores noches, asistía al desarrollo de la obra en mitad de un silencio reverencial. Escuchando a Silvia: «Un cactus. Puede aguantar. Puede esperar. Aunque queme el día y hiele la noche. Resiste. Puede aguantar la respiración. Respira para adentro. Sin hacer ruido. Para sobrevivir. Pues eso harás tú, Samuel, resistir ahí fuera». Escuchando a Samuel: «Sí. En tu cuerpo multiplicado en todo, en las raíces, en las flores, en la luz que un año tras otro entró por esos cristales; sí, seguirás hablando, en la lluvia que ha mojado esta tierra y te ha llevado lejos. Seguirás hablando. En todos lados». La ovación que recibieron fue rotunda, cálida.

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