El grito del vencedor

Adrián Gutiérrez, en el concierto fin de gira en Cartagena./P. Sánchez / AGM
Adrián Gutiérrez, en el concierto fin de gira en Cartagena. / P. Sánchez / AGM

La banda cartagenera Nunatak cierra la gira de 'El pulso infinito' entre amigos con un concierto repleto de grandes momentos

ALBERTO FRUTOS

Sucedió durante los primeros compases del concierto, mientras explotaba la brillante 'Después de todo', una de las ocho canciones que sonaron a lo largo de la noche del sábado, una de las diez que forman 'Nunatak y el pulso infinito', cuando sobre el escenario se proyectaron las sombras de cada uno de los miembros de la banda cartagenera, imponentes y desafiantes en su inmensidad. No era más que un involuntario efecto provocado por el sencillo pero efectivo juego de luces que acompañaba el espectáculo, pero sirvió perfectamente para confirmar a la misma altura de la mirada el mensaje que transmitían con insistencia los oídos: Nunatak son (muy) grandes hoy, sí, pero serán gigantes mañana. Puede que ya, pero respetaremos ese vértigo del comienzo que obliga a mantener cierta prudencia frente al entusiasmo más evidente. No hay que perder la compostura, aunque los argumentos sean tan evidentes que no cedan demasiado espacio a otra cosa que no sea la celebración por todo lo alto del espíritu, la esencia y el encanto abrumador de un universo musical tan propio como profundamente colectivo. De todos y de nadie, de aquí y de allá, desde y para siempre. Hora de volver al principio.

Nunatak saltaron al escenario con la mente enchufada al aquí y ahora, sin dejar por ello pasar la importancia personal y profesional que tenía el concierto. Se trataba, primero, de despedir una etapa marcada por un segundo disco de apariencia novata y fondo experto, y segundo, de inaugurar por todo lo alto el primer paso de un camino en el que ya se comienzan a intuir riesgos asumidos con valentía, melodías más laberínticas y, por encima de todo, la seguridad de estar jugando con un fuego capaz de hacer arder las expectativas más altas. Está en su mano, ellos lo saben y ejecutan la misión sin el menor atisbo de temor o timidez. Y que nadie se lleve las manos a la cabeza, les sobran razones para llevar a cabo semejante temeridad, empezando por un conjunto de canciones sin fisuras, redondas en sus estrategias melódicas, festivas e intimistas casi al mismo tiempo. Desde la inicial 'No volveré a verte', la cual jugó con inteligencia el siempre temible papel de abrir la partida, Nunatak fueron desplegando sus alas a golpe de joyas como 'Viajar al final', 'Cuarta dimensión' o ese combo mágico formado por 'Luna' y la felizmente recuperada 'Volver a nevar', capaces de mezclar guiños a Phil Spector con caricias rurales por las que mataría Sufjan Stevens. Y aquí es donde la banda consigue otra victoria de un valor incalculable.

Porque, por supuesto que se pueden detectar referentes sonoros en algunos de sus temas, sería absurdo negar los ecos de Vetusta Morla ('El pulso infinito'), R.E.M ('Nubes') o los Arcade Fire más reconocibles ('Más al norte'), pero el mérito de Nunatak es, partiendo de esas influencias, obtener un sonido absolutamente personal y carismático, de arrollador potencial y poder magnético. Cuando una de sus canciones empieza a sonar, ya estás atrapado en esa telaraña de sensibilidad hipnótica, flotando en estribillos que, como ocurre en el caso de la excelsa 'Soy viento, soy fuego' o la reciente 'Romper el cielo' y sus impecables arreglos de rock bailable, no dejan más opción que el éxtasis. Una sensación que, a lo largo de la noche, contó con cómplices entregados por completo a la causa como Sean Frutos (Second) en la genial 'Luz en su voz', Carmen Alarcón (Estúpido Flanders), quien se atrevió a compartir una contundente e inesperada versión de 'The Chain', el clásico de Fleetwood Mac, o un Jesús Cobarro (Noise Box) que aportó la furia necesaria para que 'El grito', una de las mejores canciones del repertorio de Nunatak, fuera el punto final soñado. A todos ellos hay que sumar, con una merecida mención especial, a la Coral San Buenaventura, cuya colaboración hizo que, de manera automática, 'La primera luz' y 'Principio y fin' se convirtieran en los momentos más inolvidables de un concierto en el que la épica también dejó espacio a la desnudez. En este sentido, también conviene destacar el instante en el que la banda bajó del escenario para interpretar entre el público 'Solos' y 'Hoy', dos de sus temas más delicados, perfectos para ser escuchados y compartidos en esa tesitura tan especial. Un formato que se repitió una vez concluido el concierto cuando, junto al puesto de 'merchandising', se lanzaron a una revisión acústica de 'Bring It on Home to Me', la catedral musical construida por Sam Cooke en 1962.

Un último regalo que ponía punto final a una noche en la que el pulso dejó un claro ganador: Nunatak. Porque incluso las sombras pueden servir para identificar la luz, especialmente cuando es una tan brillante y estimulante como la que desprende una banda a la que el futuro espera con los brazos abiertos de par en par.

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