Otra mirada sobre Murillo

Archivo de Sevilla. Sala central de la exposición 'Murillo y los Capuchinos de Sevilla'. Abajo, entrada a la exposición 'Sevilla, la mirada innovadora'./Juan Flores
Archivo de Sevilla. Sala central de la exposición 'Murillo y los Capuchinos de Sevilla'. Abajo, entrada a la exposición 'Sevilla, la mirada innovadora'. / Juan Flores

El 400 aniversario del genio sevillano busca que se le vea como más que un pintor de vírgenes. El expolio del mariscal Soult dispersó la obra del artista del Barroco, que se hizo universal y ahora vuelve en ocho exposiciones y eventos

MARÍA DOLORES TORTOSASevilla

Bartolomé Esteban Murillo es bautizado el primer día de enero de 1618. El día exacto del nacimiento no se sabe, pero, como escribe uno de sus mayores estudiosos, Diego Angulo, es presumible que viniera al mundo de la ciudad de Sevilla a finales de 1617, en plenas fiestas navideñas. Lo bautizan en La Magdalena, una iglesia medieval que fue derribada durante la ocupación napoleónica del XIX.

Este siglo fue lo peor y lo mejor para el pintor, que tomó su segundo apellido, con el que mundialmente se le conoce, de su abuela materna. Su madre se llamaba María Pérez y su padre, barbero cirujano, Gaspar Esteban. Era el último de 14 hermanos y aunque alguna biografía cuenta que estuvo a punto de irse a las Américas como algunos de ellos (Sevilla era todavía un puerto para las Indias), Murillo vivió y pintó en Sevilla toda su vida hasta morir en 1682. Esto es reseñable porque, a diferencia de otro universal pintor nacido en la misma ciudad y época, Diego de Velázquez, a Murillo siempre se le ha considerado el pintor de Sevilla por antonomasia.

Velázquez se marchó joven, apenas pintó en Sevilla. Al morir Murillo, más de 300 de sus lienzos estaban repartidos por iglesias, conventos, palacios y casas señoriales. «Era un pintor muy querido en Sevilla», cuenta Enrique Valdivieso, catedrático de Historia del Arte y experto en su obra. Y no solo en su ciudad. Ya en el XVIII era un pintor cotizado en Europa. Un militar francés tenía especial obsesión por su pintura. El expolio del mariscal Soult con la francesada napoleónica de 1810 a 1812 y la posterior desamortización eclesiástica de 1835 dispersaron su obra y dejaron a Sevilla con apenas cincuenta de sus pinturas.

Estos hechos fueron «clave» para que hoy Murillo esté «muy bien representado en las colecciones internacionales», lo que le otorgó fama universal y «demuestra la importancia de su obra», subraya el profesor Benito Navarrete, comisario de la exposición 'Murillo y su estela', inaugurada ayer. Esta es la segunda de las grandes exposiciones con las que Sevilla conmemora el cuarto centenario del nacimiento del pintor. La ciudad se ha volcado con el genio del Barroco. El 'Año Murillo' reunirá en la capital andaluza más de 600 obras del artista y seguidores en ocho exposiciones. Ya está también abierta la muestra 'Murillo y los Capuchinos de Sevilla', en el Museo Bellas Artes, y este viernes el Arzobispado colabora con 'Murillo en la catedral de Sevilla', con obras habituales expuestas ahora con otra perspectiva.

También esta semana comenzará una de las rutas organizadas para conocer la Sevilla en la que vivió Murillo y los lugares para los que pintó. El programa cuenta con ciclos musicales y literarios, un congreso internacional con 55 expertos y culminará dentro de un año con una antológica en el Bellas Artes, comisariada por María Valme Muñoz, directora de la pinacoteca, y el especialista Ignacio Cano.

Al margen del turismo

Todo un despliegue que, al margen de objetivos turísticos para convertir a Sevilla en un destino cultural, busca devolver a la ciudad parte de lo que le perteneció, aunque sea por unos meses. Vuelven después de dos siglos a esta ciudad obras ahora desperdigadas en museos de Alemania, Austria, Reino Unido, Estados Unidos, Canadá, Rusia... Y sobre todo, el 'Año Murillo' busca una relectura de la imagen del pintor «dulce» del Barroco conocido por sus Inmaculadas.

Fue mucho más. Hay interés en que este año Murillo, con el lema 'Sevilla, la mirada innovadora', culmine observando a Murillo con «otros ojos», con una «imagen real, no estereotipada por el filtro romántico, sino la que críticamente sitúa a Murillo en su contexto y para eso es muy importante conocer el auténtico valor y sentido de sus pinturas», afirma Benito Navarrete, autor de 'Murillo y las metáforas de la imagen'.

Murillo es un pintor de santos y vírgenes, pero da un «cambio radical» en la pintura de este tipo en la Sevilla de Zurbarán con sus luces, sombras y encuadres, lo que invita a «centrarnos en la emotividad y en las sensaciones, en la dulzura, en el sentimiento para llevar al visitante al amor, a la oración», explica Ignacio Cano.

Un logro que no puede desprenderse de la realidad de la Sevilla del XVII en la que vivió. Una Sevilla que perdió el privilegio del comercio con América y que sufrió una epidemia de peste que diezmó su población, pasando de 120.000 habitantes a 50.000 entre 1649 y 1650. Familias enteras murieron. Es posible que el pintor perdiera alguno de sus hijos. «La pintura de Murillo sirvió para aliviar esa dureza, como un bálsamo para las heridas», considera Valdivieso, autor de la biografía 'Murillo: sombras de la tierra, luces del cielo».

Pero Murillo también fue un pintor que se «acercó a lo popular» de forma extraordinaria, de manera que la gente «se reconocía en sus pinturas», añade Valdivieso.

Temas

España

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos