«Estamos mejor que nunca, aunque somos seguramente más idiotas que nunca»

Isidoro Valcárcel Medina, fotografiado en Murcia en 2016./Enrique Martínez Bueso
Isidoro Valcárcel Medina, fotografiado en Murcia en 2016. / Enrique Martínez Bueso
ISIDORO VALCÁRCEL MEDINA

Murciano y Premio Velázquez 2015, cumple 80 años y el editor Ángel Pina le ha organizado una exposición en la Cámara de Comercio de Murcia

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Quien no haya soñado alguna vez con poner un pie en la Luna, dar la vuelta al mundo como Phileas Fogg, tener la fuerza de Sandokán, haber escrito de un tirón 'Guerra y paz', tener una pintura de Velázquez o de Goya sobre su cama, tener abrazada debajo de la pintura a la mujer u hombre de tus sueños, manejar la espada como el Rey Arturo, manejar la otra espada como Casanova, no tener jamás piedras en el riñón, haber bajado en persona del Sinaí las Tablas de la Ley y haberse colado en alguna buena fiesta, es que está muerto o amortajado en vida. No tengo ni idea de si Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937) ha fantaseado en alguna ocasión con algo de lo anterior, pero lo que sí creo es que ni se le había pasado por la cabeza en serio que sería distinguido un día con el Premio Velázquez, el más alto reconocimiento que una persona entregada al Arte puede recibir en España. En todo caso, con Premio Velázquez -que recibió en 2015- o sin él, Valcárcel Medina ya era uno de los artistas españoles conceptuales más importantes, creativos, respetados y admirados, lo cual carecería de toda importancia si no fuese porque estamos hablando de un creador libre, lúcido e inteligente, y de una persona que, ni bajo amenaza de bomba nuclear, pierde los buenos modales, la educación exquisita, la cortesía que jamás excluye la valentía. Es uno de esos murcianos que da gusto que nos representen por el mundo, una voz crítica e insobornable, un pájaro de altos vuelos éticos, Valcárcel Medina cumplió 80 años el pasado jueves. Ese día, 'La Verdad habló con él para felicitarle. Por cierto que, hasta el 5 de enero, en la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Murcia, puede contemplarse la exposición que su amigo y editor Ángel Pina ha preparado con las 20 serigrafías, firmadas a mano, que el artista creó para su inclusión en el singular, espartano y habitable libro 'Topología hermenéutica, o bien hermenéutica topológica', confeccionado por la premiada editorial murciana Ahora Ediciones de Bibliofilia, que dirige el propio Pina. Valcárcel Medina, dinamizador de ideas y debates, creador solitario y enérgico acostumbrado durante muchos años a no ser aplaudido, y sí a la incomprensión y a la frialdad, tiene la sensación de que «el ámbito general es acomodaticio, carente de riesgo pero absolutamente cargado de violencia, de una violencia sin riesgo, de violencia por violencia». «No se persigue nada importante», añade, «sino simplemente bienes transitorios y de corto plazo. Intentamos resolver el problema inmediato perdiendo por completo cualquier perspectiva de futuro. Y, por encima de todo, predomina la carencia total de cualquier tipo de compromiso».

-Felicidades, ha cumplido usted 80 años.

-¡Ay, Dios mío! Muchísimas gracias.

-¿Cómo lo lleva?

-Yo qué sé, casi le diría que intentando no tomar conciencia de ello. No lo sé.

-¿Tirando a bien?

-Dentro del orden establecido, sí. No me han abandonado del todo la salud y el amor [risas].

-El otro día, delante del 'Guernica', mientras dos señoras encargadas de su vigilancia enseñaban los dientes como si fueran carceleras a cualquiera del que sospecharan que le iba a hacer una foto con el móvil, me acordé de lo que usted me dijo hace años: «El 'Guernica' es un cuadro para ser destruido». ¿Lo sigue pensando?

-Claro, puede sonar extremista pero realmente esa es su razón de ser. Desde luego yo no lo haría, pero ese sería su fin natural: ser destruido.

-Confesó Jorge Luis Borges: «He cometido el peor de los pecados: no he sido feliz». ¿Cuál es su caso?

-¡Qué bonito esto que dice Borges! Yo lo que tengo que decirle es que creo, y estoy comprobando, que el goce es muy limitado. Ahora, creo que he sabido aprovechar las ocasiones que he tenido para disfrutar de la vida, sí [risas]. Pero como somos insaciables, soy perfectamente capaz de imaginarme mucho más gozo del que he experimentado.

-¿Vuela el tiempo?

-Absolutamente; fíjese, por ejemplo, en lo absolutamente idiota que resulta estar mirando el reloj esperando que pase el tiempo cuanto antes. Ahora, mientras esperaba su llamada, he mirado el reloj dos o tres veces diciéndome: «A ver si me llama ya». Una acción absolutamente estúpida, porque tendría que haber dicho: «A ver si tarda muchísimo». Pero, bueno, así somos.

«Al país lo veo asquerosico. Cuando el disparate se nos anuncia como la oferta a elegir, elegimos el disparate y luego nos llevamos las manos a la cabeza»

-¿Una tragedia la limitación de la existencia o debe ser así?

-Lo que hay es: no hay vuelta de hoja, no hay opción. No conozco, en absoluto, ningún mecanismo para poder cambiar lo que tenemos. A lo que añado que reconozco, por cierto, que mi ignorancia, creo que como la de todos, es absoluta. Cada vez que piensas en todo lo que desconoces, al final terminas por decir: «Pues mira, cierra los ojos y lo que sea, sonará».

-¿Más sabio con la edad?

-Yo tengo la sensación de que no es que vayas siendo más sabio conforme te vas haciendo mayor, sino que te vas dando cada vez más cuenta de lo ignorante que eres, lo cual es una forma de sabiduría, si quiere verse así. He aquí el sabio: «Ahora sí que me doy cuenta de lo tonto que soy [risas]».

-Pues estamos rodeados de gente que se cree listísima, incluso imprescindible. A veces, incluso, se hace complicado convivir con tanta gente tan lista por todos lados.

-[Risas]. Sí, sí, todos conocemos cientos de ejemplos de gente listísima que se cree imprescindible. En fin, es lo que hay: tener que escuchar las mayores simplezas presentadas como grandes hallazgos de la inteligencia.

-La RAE ya incluye en su edición digital la palabra aporofobia, que significa fobia a las personas pobres o desfavorecidas. Otro paso de gigantes que damos hacia atrás.

-No conocía esa palabra, ¡Dios santo! Horroroso que sea una realidad, desde luego. Pero no me sorprende, realmente la indiferencia ante las personas necesitadas es muy evidente. Escandaloso: no querer saber nada de los otros, no ser conscientes de que hay personas necesitadas que no son culpables de no tener lo necesario para una vida digna, qué menos.

«A mí me subleva cualquier alarde económico en el arte. Siempre digo: '¿No se podía haber hecho esto con un lápiz y un papel, y explicándolo si acaso, y ya está?'»

-Recientemente, 494 inmigrantes llegaron a Cartagena en una nueva 'oleada' de pateras.

-Horrible. Y ahí está la Unión Europea, reuniéndose a todo copete y diciendo, por ejemplo: «El país tal tiene que acoger a tantos refugiados». Tampoco mucho, no sé, a lo mejor a 127. ¡127, ya está todo solucionado! Y el tal país no acoge a esos tantos y resulta que no pasa nada. España, por ejemplo. ¿Para qué hacen entonces todo ese paripé? La verdad es que a la Unión Europea los refugiados les importan un bledo. Aquí, los únicos héroes que hay son todos estos que se van a Senegal o a Siria o a donde hace falta a ayudar a una gente que está soportando un infierno. Eso sí que me parece algo digno de admiración. A mí, cuando me dicen que yo en mi vida he sacrificado cosas, no sé, por ejemplo el haber hecho una obra para ganar dinero, yo respondo: «No, no, yo he sacrificado nada más que lo que me ha apetecido, pero yo no me he ido al Congo».

-Su amigo Ignacio Gómez de Liaño, autor del prólogo de su libro editado por Ángel Pina, me dijo lo siguiente a propósito del momento presente: «Qué mezcla: la cultura en declive, la imposición de las apariencias, el triunfo de la banalidad, el regreso de los fanatismos...». Crudo panorama.

-Eso es incuestionable; lo que pasa es que yo, siempre que se plantean estas cosas y empezamos a despotricar sobre lo asquerosa de nuestra situación, siempre termino diciendo que estamos en el mejor de los mundos conocidos. Si miramos hacia atrás, en todos los sentidos que se quiera -económico, político, intelectual, etcétera-, creo que estamos en el mejor de los mundos, lo cual es pavoroso. En el momento en que empiezas a repasar la Historia, dices: «Oye, pues fíjate que estamos bastante bien». Pero, claro, como yo estoy absolutamente avergonzado del ámbito en el que estamos, de esta sociedad nuestra, digo: «Esto no casa con lo que acabo de decir de que estamos bastante bien, porque en realidad estamos bastante mal»; no sé si me entiende, supongo que no [risas].

-Y de fe en sus semejantes y de esperanza en el futuro, ¿qué tal?

-Contestar sí o no me cuesta muchísimo trabajo. Lo que pienso es que se cuenta con la materia más que suficiente para decir «sí, mantengo fe», pero lo que sucede es que el uso de esa materia prima es tan escaso que, aunque me dé pánico, tengo que decir «no, no tengo esperanza». Es cierto eso que se dice de que hay mucha gente buena, ¡hombre, claro que sí!, pero porcentualmente es muy poca. La inteligencia, la compasión, la creatividad..., las utilizamos poco. El egocentrismo que ejercitamos impide muchísimas de las manifestaciones de apertura hacia afuera. Puede ser eso, no sé. Como verá, me paso el tiempo diciendo «no sé».

-¿Mejor carecer de certezas absolutas?

-Sí, lo contrario es pavoroso.

-¿Qué le provoca la España actual, cuna de Quevedo, de Goya, de Velázquez, de Cervantes...?

-Todos esos nombres que ha dicho lo que me provocan es envidia. Uno de ellos, Cervantes, me impresiona tanto, me encantaría de verdad conocer en profundidad su vida, porque no llego a entenderla. ¿Cómo este hombre, llevando la vida que llevó, fue capaz de hacer lo que hizo? ¿Cómo escribió todo lo que escribió, si se pasaba el tiempo o prisionero o pasando hambre en su buhardilla? Yo, al país lo veo asquerosico. Tenemos la gran ventura, por la que hemos luchado tantísimo, de tener un régimen político, un régimen de gobernación, que más o menos elegimos nosotros; y es cierto que nos podamos equivocar. Pero es que, incluso cuando el disparate se nos anuncia como la oferta a elegir, elegimos el disparate y luego nos llevamos las manos a la cabeza. Ahora bien, lo que me resulta pavoroso es la idea de no poder elegir, por eso es por lo que digo que estamos mejor que nunca, aunque somos seguramente más idiotas que nunca.

-Imagínese sin sentido del humor.

-Mejor no. Es fundamental, una de las dos o tres cosas elementales que nos permiten, por ejemplo, tener esta conversación, que no está sentando un principio en ningún aspecto pero que, sin embargo, está tocando muchas cosas con un sentido relativista, con humor; ese sentido relativista, para mí, nos permite muchas veces sobrevivir, digamos. Gracias a que soy relativista, en fin, me escapo.

-¿El amor es lo mejor?

-Pues yo no sé si es lo mejor, pero en la lista de los ' top ten' [risas] ocupa el primer o el segundo lugar; en mi opinión, el primero.

-¿Le ha proporcionado muchas satisfacciones?

-Sí, y muchas complicaciones también, pero compensan absolutamente.

-¿Qué es fundamental para usted?

-Realmente, tengo que decir que el ejercicio de mi dedicación -no quiero decir profesional, pero se entiende que es profesional en una cierta medida- para mí es absolutamente fundamental. A veces me he dicho: «A ver si se me ocurre algo en lo que pensar para no estar en la situación en la que estoy, y no pienso en que me toque la Lotería o cosas así, no. Deseo que se me ocurra algo, a lo que pueda dedicar horas, relacionado con esa dedicación mía de la que le hablaba.

-¿No juega a la Lotería?

-Mi mujer juega mucho, y por supuesto que deseamos que nos toque; no creo que haga falta aclarar que lo cortés no quita lo valiente.

-¿Daría acaso la vuelta al mundo?

-No, no; no me gusta viajar a lugares muy lejanos y desconocidos. Lo que haría, si pudiese, es comprarme una casa donde poder tener una mesa más grande para trabajar porque se me acumulan los papeles.

-¿Visita muchos museos y exposiciones?

-Acabo de visitar el Museo de la Real Academia de Bellas Artes, que hacía 25 años que no lo visitaba. Con una cierta frecuencia, aunque no tanto como antes. Pero sí, al Museo del Prado, que me pilla cerca de casa, y al Reina Sofía, que me pilla también cerquísima, voy con frecuencia. Y a veces me doy cuenta de que voy siempre a ver lo mismo, el mismo cuadro que llevo viendo toda mi vida, pero lo disfruto igual.

-¿Qué cuadros son?

-Ay, yo vuelvo a 'El Lavatorio' de Tintoretto, por ejemplo. Y a 'El descendimiento' de Rogier van der Weyden. Y, claro está, a 'La Meninas' de Velázquez, porque ahí está todo. Se me hace mucho la pregunta de qué es el arte conceptual, porque como se tiene la idea esa de que yo soy conceptual; y siempre digo: «Dime una obra de arte importante que no sea conceptual, o dime una obra más conceptual que 'Las Meninas'. Es una matraca que yo suelto a todo el que se me pone por delante. Y, por supuesto, Juan Gris me deja boquiabierto, me puedo pasar una hora delante de un cuadrito de esos de cincuenta por cincuenta.

-¿El arte tiene que embelesar un poco?

-Sí, pero no como consecuencia de un análisis teórico, técnico o ejecutivo; sino, sencillamente, fruto de que llegas a decir: «Anda, mira lo que hay aquí. Pues aquí me quedo». Por ejemplo, delante de 'Las Meninas', yo siempre pienso que es a mí a quien están pintando.

-No sé si ha visto en el Palacio de Cristal la exposición de Doris Salcedo titulada 'Palimpsesto'.

-No la he visto, no. ¿Por qué me lo pregunta?

-Porque, para tratar un tema tan terrible como el de los inmigrantes ahogados en el Mediterráneo en su camino hacia Europa, a mí me parece que se cae en una sofisticación, un alarde de producción y un gasto económico, como mínimo, muy discutibles.

-Creo que estos temas hay que tocarlos muy pobremente, sin alardes innecesarios. A mí me subleva cualquier alarde económico en el arte. Siempre digo: «¿No se podía haber hecho esto con un lápiz y un papel, y explicándolo si acaso, y ya está? Para mí, el arte transmite ideas, pero otros lo consideran un medio de generar objetos que se lanzan al mercado. Muchas veces, delante de supuestas obras de arte, me he preguntado: «¿Por qué narices esto cuesta tantísimo dinero?». Hoy, en efecto, muchos artistas hablan del dinero que les hace falta para la producción de sus obras, que no sé por qué tienen que medir, por ejemplo, exactamente siete metros de alto.

-¿Algún gran miedo por vencer?

-Ningún gran miedo apocalíptico, algunos temores cotidianos a que la vida se te vuelva muy incómoda. Ahora se me ha caído un caído un puente de la boca, que tenía desde hace 30 años, y tengo una mella de seis piezas. Pues, qué incordio, ¿no?

-¿Qué le hubiese gustado ser?

-Jugador de billar.

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