Mapas sin mundo (31/12/2017)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Se trata de dosificar la pulsión autodestructiva, para que nunca se acabe convirtiendo en un modo de vida destructivo.

En el odio no hay un ápice de revolución, la más mínima potencialidad de cambio. Odiadores tras odiadores, las cosas siguen exactamente igual, en el fraudulento frenesí del estancamiento eterno. La historia se ha acelerado endemoniadamente y el resultado es la proyección cada vez más rápida de una misma imagen fija. La velocidad oculta el cambio.

Exigimos el derecho a la diversidad cuando se trata de que reconozcan nuestra opinión y sensibilidad, pero, sin excepción, aplicamos el rodillo cuando se refiere a la vida y al hacer de los otros. Somos crueles por naturaleza. Si vemos una presa fácil pasar ante nuestros ojos, nunca la dejaremos ir o aplicaremos el principio de indiferencia. Con todas nuestras fuerzas, le hundiremos los dientes hasta que muera desangrada. Aquello con lo que disentimos solo suele tener un derecho: desaparecer.

En 'Cézanne y yo', la última película de Danièle Thompson, le dice Émile Zola a Cezanne: «No se puede llegar a ser un gran artista si no se tiene buen corazón». Pero ¿qué es lo que cabe considerar como gran artista? Y ¿en verdad está necesariamente vinculado el gran arte con la ética? Conocemos casos de autores considerados como gigantescos genios que, en su vida personal, se han comportado como auténticos tiranos y cabrones, machistas irredentos y egocéntricos insoportables. El arte, como un sistema endogámico y solipsista que es, posee su propia lógica, la cual nada tiene que ver con criterios éticos. La estética no es una cuestión de buenas personas y magníficos corazones. Lo maravilloso en el arte no necesariamente tiene que ver con lo maravilloso para la humanidad. Zola se equivocaba. Desgraciadamente.

Vida menguante. Las expectativas siempre se corrigen a la baja. E inexorablemente el sistema nervioso se torna pétreo, como un bajorrelieve frío que soporta con indiferencia todas las inclemencias de la intemperie. El padecimiento se va superando no por sabiduría, sino por el endurecimiento causado por la decepción. La física puede al intangible emocional.

Leemos de memoria, a partir de ideas y sentimientos preconcebidos. No dejamos nada a la sorpresa, al acto estremecedor y auténtico del descubrimiento. Si tuviera que pedir un deseo a este inminente 2018 iría en esta dirección: no quiero leerme a mí, quiero leerte a ti.

Cada individuo debería asumir su condición de epifenómeno: nada esencial, solo accesorio, una derivada o efecto secundario imprevisible, ingobernable, ilógico, indefinible a partir de leyes generales. Los sentimientos de pertenencia a un grupo o comunidad nos infunden un significado que no es el nuestro, fuerzan nuestro devenir hasta convertirnos en líneas rectas, continuas, desgraciadas. La única posibilidad de vivir es tornarse en un accidente para uno mismo y para los demás.

Estoy tan metido en mí que escucho cada reverberación de mi cuerpo. El exterior ya no transmite sonidos. Tanto plano en cámara subjetiva genera una tensión creciente que nunca se resuelve. Se echa de menos la figura del narrador, una misericordiosa &ldquovoz-en-off&rdquo que, al menos, determinara la existencia de vida más allá de este zumbido interno y ensordecedor.

Quien no se declara pesimista o bien es que todavía no ha descubierto que lo es o bien reprime tal confesión por miedo a ser señalado socialmente.

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