Mapas sin mundo (25/02/18)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Da lo mismo el contexto en el que nos desenvolvamos: el individuo necesita cada vez más de los 'bandos', de las pequeñas tribus de intereses para sobrevivir. La universalidad es la gran mentira con la que se empaquetan los mejores deseos para una sociedad que necesita de una máxima fragmentación para enmascarar sus carencias. Se podría comprender, incluso, que quienes se alinean y segregan por bandos lo hicieran porque la cuota de poder a conquistar es significativa. Pero ni siquiera es así. La mayoría de las veces, el objetivo a lograr es pírrico, ridículo, desmerecedor de cualquier esfuerzo. No importa. El fin no cuenta tanto como el medio. Y este medio no es otro que suplir la falta de ideas, de argumentos sólidos mediante el atrincheramiento en pequeños fuertes de odio que generen la ilusión de una 'causa vital'. Las relaciones sociales están envenenadas hasta en su más mínima expresión. Lo tribal ha arrasado lo comunitario. Todos queremos ser dioses de un universo en el que apenas cabe el aire.

Hubo un tiempo en el que el activismo se ejercía contra las banderas y los himnos. Hoy, sin embargo, el activista reivindica los himnos y se envuelve en telas tintadas. Identidad 2.0.

Lo han logrado: el futuro ya solo se puede vivir como un acto de nostalgia. Nuestros grandes y más sentidos recuerdos vendrán dados por la pérdida de todo aquello que nunca llegamos a vivir.

Pocas artistas evidencian tanta lucidez estética y discursiva como la libanesa Caline Aoun. Sus pinturas monocromas, realizadas con impresora de tinta, constituyen una de las reflexiones más sugerentes sobre nuestra actual cultura visual que se hayan alumbrado hasta la fecha. Preocupada por la sobresaturación de imágenes a la que es expuesto el individuo contemporáneo por la ubicuidad de las tecnologías digitales, Aoun alimenta hasta el colapso sus impresoras con datos de imágenes extraídas de la sociedad de consumo. El resultado que provoca es un 'efecto de autoborrado', por el que tan inmenso raudal de imágenes desaparece ante nuestros ojos, sin dejar rastro icónico alguno. La artista demuestra que, superado cierto umbral de consumo visual, el espectador no es capaz de percibir nada. En la época del inflacionismo escópico, estamos literalmente ciegos. Lo que se despliega ante nosotros es un silencioso monocromo, que rompe nuestra relación con el mundo. En nuestros ojos no cabe una sola imagen más. La abstracción ya no aparece como un signo de evolución o superación, sino como una condena. Nuestra mirada nos aparta de la realidad. Ver es un acto de ensimismamiento.

La única actividad que realiza el común de los mortales -el sexo- es la que, con especial habilidad, regatean todos los programas educativos. ¿Para qué sirve la escuela cuando las experiencias básicas de cualquier individuo son evitadas por 'improcedentes'? Mientras exista una concepción tan estrecha de la educación, lo útil nunca incluirá lo importante. La escuela ha de tener paredes de cristal que dejen ver el mundo, no muros ciegos que creen burbujas perversas.

¿Trabajo en equipo? No, egos que malviven juntos.

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