Mapas sin mundo

PEDRO ALBERTO CRUZ

Hacía tiempo que no leía algo tan clarividente, humano y desesperanzador como la carta escrita esta semana por Isabel Coixet. En ella se afirma desde la asunción de lo peor: «Me doy cuenta con una claridad espeluznante que, pase lo que pase, no hay sitio para mí ni para nadie que se atreva a pensar por su cuenta...». He decidido cortar la cita justo aquí porque, aunque el texto connote un espacio-tiempo concreto, el alcance de esta afirmación es universal y atañe al conjunto de la sociedad actual. Estar en tierra de nadie y no pertenecer a un bando es el mayor agravio que se puede realizar al estado de opinión hegemónico. Me doy cuenta de que, en todo lo que concierne al conflicto catalán, la reflexión -que es el único valor en el que se deberían despilfarrar inversiones- ya no cuenta. Cualquier opinión o proclama que no lleve incorporadas palabras como 'Puigdemont' o 'Rajoy' -como exponentes extremos y máximos del reproche y la arenga tribal- no solo no alcanzan un mínimo de visibilidad, sino que, además, te convierten en sospechoso y traidor. El mensaje grueso se ha apoderado del lenguaje. Nadie sabe ya a favor de lo que está luchando; solo sabe contra lo que lucha. Trágico es que, en un escenario necesitado en grado sumo de diálogo, sobren casi todas las palabras. Porque ninguna de ellas es capaz de abrir nuevas posibilidades y alternativas; solo las cierra, crea cárceles ideológicas en las que los inquilinos de cada celda vociferan y enseñan músculo al matón de la de enfrente. Qué triste todo. Porque, en realidad, a mí particularmente las ideas de España y de Cataluña me importan un bledo. Lo que me preocupa, lo que me atenaza las tripas es el hecho simple y molecular que, diariamente, uno no pueda hablar con el que tiene al lado o se cruza al lado. La convivencia no es una abstracción, sino un cuerpo a cuerpo cotidiano, grave o frívolo, a través del cual la vida se limita a fluir con sus grandezas y miserias. Las grandes ideas nos impiden vivir. De ahí que, si hay futuro, si todavía existe una mínima oportunidad para el civismo, ésta no resida más que en esa 'tierra de nadie' de la que habla Coixet y que te permite la posibilidad de desplegar una subjetividad no empeñada de antemano. En un periodo en el que se multiplican los vítores, yo no digo: 'Viva España', 'Visca Catalunya' o 'Viva el Rey'; yo digo: 'Viva la libertad de pensamiento'.

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Democracia no es que te dejen hablar, sino dejar hablar. El egoísmo más enfermizo se ha apoderado de la idea de libertad. Todo para mí, y nada para los otros.

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Sumando las acusaciones de unos y de otros, en España hay más fascistas que personas.

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Una de las descripciones más bellas y desoladoras del momento actual viene dada, initencionadamente, por un haikú de Suzuki Masajo: «Sirvo una cerveza /a un hombre/ imposible de abrazar». Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. El odio y el reproche depositados en el tuétano de esta sociedad han elevado a cifras históricas el número de «cuerpos imposibles de abrazar». Trabajaremos junto a ellos, coincidiremos en un bar, comeremos juntos, pero la pandemia maniqueísta que sufrimos nos impedirá circundarlos con nuestros brazos. Los cuerpos se envuelven en banderas y siglas, y su tela resbaladiza hace que las manos que pretenden abrazarlos se deslicen y caigan al suelo frustradas. Sobre el asfalto, hay montañas de abrazos que nunca se dieron. Y así nos va.

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Lo que toca ahora, si se puede, es despojar nuestras afirmaciones de tanto signo de admiración y rebajar el tono de nuestra voz. Quien logre hacerse escuchar en voz baja habrá ganado. Esta sociedad está saturada de tantos 'días históricos' y necesita del bienestar de los 'días sin historia'.

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