Mapas sin mundo (15/10/2017)

Pedro ALberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

La realidad cambia porque físicamente solo sabe transformarse y no repetirse una sola vez. Pero los ojos que la miran, inmóviles e inmovilistas, siempre la ven igual. La física permanece invisible a lo físico. Y eso nos destruye.

Como todo lo bello, la libertad ya es una pieza de museo. Encerrada y conservada, a salvo de la vida.

-¿Eres de izquierdas o de derechas, unionista o separatista?

-Soy banquero.

-Ah, la auténtica tercera vía.

Tengo cada vez más claro que la actual sociedad necesita el estruendo-ambiente para vivir entretenida y eludir centrarse en lo esencial. Como los ángeles de Rilke, si encontráramos el sosiego y el minuto de silencio necesarios para mirar cara a cara a lo importante, nos volveríamos locos. Porque no estamos preparados para ello. Porque solo la idiocia nos salva de la demencia. El día que hallemos la cordura se acabará el mundo. La sensación de paz nos romperá por dentro.

Unos practican lo político y otros la política. Como bien señaló Rancière, no se trata de una diferencia de género, sino de dimensiones distintas, con frecuencia opuestas. Que situaciones micropolíticas se intenten solucionar mediante acciones macropolíticas constituye el desencadenante del conflicto social. Aunque parezca mentira, las medidas que aspiran a mejorar las condiciones del conjunto de la sociedad no siempre comprenden los anhelos de un grupo o una comunidad específicos. Por lo general, lo pequeño no cabe en lo grande. Y esta inversión de la lógica de escalas es lo que la actual política no termina de comprender.

Se extiende la opinión de que la voluntad del pueblo está por encima de la ley porque, antes que lo jurídico, se encuentra lo legítimo. Falso. Es cierto que la ley no contempla todas las legitimidades. En España sabemos de eso. A lo largo de la democracia, legitimidades que se hallaban fuera de la ley -el derecho al divorcio, al aborto, al matrimonio homosexual, las prestaciones sociales, etc.- han sido poco a poco absorbidas por el marco legal. Pero esta ampliación del perímetro de la ley se ha conseguido desde la ley. Desde un punto de vista filosófico, todos nos oponemos a la metafísica de la ley, ninguno la queremos porque nos parece coercitiva más allá de las mínimas regulaciones necesarias para la convivencia. Pero no somos precisamente una sociedad arcádica que sepa autorregularse naturalmente y que no necesite de interdictos para vivir y respetarse. Fuera de la ley, simplemente terminaríamos por depredar y por imponer excepciones cada vez mayores que encumbrarían a los más fuertes. La obligación de cualquier proyecto democrático es convertir la ley en un cuerpo lo más poroso posible que absorba continuamente las legitimidades todavía no reflejadas en ella. En cuarenta años se han conseguido logros otrora imposibles de creer. La ley está por encima de los gobernantes. Nunca es tan sorda como ellos. No establezcamos equivalencias fatídicas que solo pueden conducir a lo contrario de lo que buscamos: la merma de derechos.

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