Mapas sin mundo (15/04/2018)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Probablemente, lo que más me enerve del 'caso máster' sea el modo en que transparenta la consideración que gran parte de la estructura política tiene hacia la universidad: una suerte de 'self-service' en el que cada uno escoge libremente su barniz, sin importarle lo más mínimo la formación académica, la adquisición de conocimientos. La transformación del título universitario en un atributo estético, huero, vaciado de cualquier tipo de realidad, se ha terminado por convertir en un estándar de comportamiento que solo sirve para defender una supuesta legitimidad a través de un pantallazo. Y, con tal de lograr dicho 'pantallazo', se está dispuesto a todo. Evidentemente, la generalización de este esquema frívolo ha llevado a que los curricula que se muestran en tales 'pantallazos' queden homogeneizados por el mismo sentimiento de descrédito, de manera que, dentro de la esfera política, la formación académica no posea valor alguno. Cuando la estética es lo que prima, resulta indiferente que lo que subyace bajo una línea curricular sea verdad o mentira, haya requerido esfuerzo o no, implique una serie de capacitaciones o simplemente un diploma para enmarcar. En cada 'pantallazo' se busca siempre el mínimo común denominador que te pueda homologar con los pertenecientes a tu misma especie: un título y un máster. Si hay un currículum que excede lo esencial de este canon, la trayectoria académica y profesional ya resulta sospechosa e incómoda. Los estereotipos triunfan -solo así se puede ser «uno de los nuestros»-, el conocimiento fracasa. España nunca se ha tomado en serio la educación y, mucho menos, la universidad. De ahí que, con más frecuencia de la deseada, esta se haya convertido en una mera oficina dispensadora de títulos y, por ende, en una fábrica de legitimación de ineptitudes.

Entre las múltiples y fascinantes entradas del diario de Hugo Ball, una con la que me siento especialmente identificado reza: «Nunca he puesto todas mis fuerzas en juego, solo algunas de ellas. Soy un observador, un mero incursionista. ¿En qué clase de causa participaría en cuerpo y alma? ¿Cómo elegir con toda mi variada gama de intereses en la belleza, la vida, el mundo, y con toda mi curiosidad en realidades opuestas entre sí?». En rigor, no comparto con tanto entusiasmo esta reflexión del padre del Dadaísmo porque nunca haya puesto -como él- todas mis fuerzas en juego, sino justamente porque lo he hecho y he comprobado que no sirve para nada. Y porque aquellos han optado por la ambigüedad, por las actitudes vitales grises -que combinan con cualquier situación y contexto- son los héroes de una sociedad que penaliza las apuestas fuertes, la implicación sin ambages en una causa. Siempre he tenido, además, intereses heterogéneos, difíciles de armonizar entre sí. Mi forma de pensar es una combinación de ideas que a priori se repelen; esto la hace imposible de encerrar en ningún territorio ideológico normativo. Ninguna estructura de conocimiento posee la verdad absoluta: todos los puntos de vista son insuficientes y requieren de una combinación de muchos de ellos para aprehender un poco de la complejidad de la realidad. Pasaron los tiempos de abrasar tu carne en la incandescencia de una causa. Y no por pragmatismo -eso se lo dejo a los mezquinos capaces de caminar sobre el agua-, sino por ética.

En un momento dado, dejas de disponer de todo el paisaje para pasar a caminar sobre un alambre. Si antes éramos diletantes, ahora somos funambulistas.

A veces las palabras dejan de der una natural vía de comunicación para convertirse en la trinchera tras la que te ocultas. Estoy detrás de ellas, no en ellas. Según qué preposición priorice, el lenguaje es comparecencia o ausencia.

El cuerpo se expresa demasiado. Son ya raros los días en que no interviene en mi vida.

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