Mapas sin mundo (14/01/2018)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Es más importante acabar a tiempo que empezar tarde. Los malos principios se olvidan pero los malos finales no.

Leo una entrevista realizada a los directores de algunos de los más importantes museos de Estados Unidos acerca de la respuesta de sus centros a las políticas de Trump. Todos inciden en la necesidad de potenciar el papel de los museos como espacios de diálogo y como lugares en los que confrontarse con opiniones que no son las propias. Resulta indudable que la posición de los museos en la sociedad debe ser esa y no otra: dar cobijo a la diversidad y protegerla de las políticas homologadoras. Ahora bien, lo que ya pongo en entredicho es que estos nichos de libertad que son los museos tengan capacidad de incidir en las macrodinámicas globales. No nos engañemos: la capacidad transgresora que posee el arte solo se explica por el hecho de que el arte no importa y, por tanto, su provocadora insignificancia no asusta a quien tiene que hacerlo. El arte no tiene capacidad alguna de presión en la actualidad. A lo sumo llega a hacerse visible como el adorno de determinadas polémicas, y nada más. Los que lo amamos lo hacemos por enfermedad, porque no sabemos vivir de otra manera, pero no porque consideremos que a través de él se va a cambiar el mundo. A Trump se la suda que, en la programación de un museo, se critique incendiariamente su política migratoria. Si a Trump le afectara lo que piensa la gente del mundo del arte, no sería Trump. Así de claro. El arte solo se haría notar si desapareciera. Pero como una parte más del sistema, su contribución a la configuración de tendencias de opinión es insignificante.

No entiendo el éxito de crítica alcanzado por una película como 'Lady Bird'. Pese a que la directora, Greta Gerwig, ha concentrado una buena dosis de conflictos individuales y sociales, el relato es emocionalmente plano y cinematográficamente prescindible. Tanta sobredosis de crisis existencial termina por convertir la historia en una mole inconmovible y atascada siempre en la línea de salida.

La credibilidad no se gana con el 'cuanto más mejor'. El más estruendoso golpe de autoridad que se puede dar es el equilibrio. De ahí la práctica desaparición de referentes morales de la vida pública. Todo el mundo habla para contentar a unos o a otros, no para ser justo. Las palabras están vendidas de antemano. Vacías de alma, porque esta ya fue entregada hace tiempo al diablo.

Nadie podrá sorprender a los demás si previamente no se ha sorprendido a sí mismo. Y todos sabemos que eso rara vez sucede. Aspirar a romper los esquemas de los demás sin romper los propios es la gran definición del callejón sin salida en el que nos encontramos como sociedad.

Y en esto que, leyendo a Mario Montalbetti, recalo en un poema que dice: «El día perdido me conduce al día/ siguiente». Y, ciertamente, lo que podría considerarse como una oportunidad que te ofrece la vida, en realidad es una condena, porque uno abandona diariamente lo perdido sin tener tiempo para pensar qué es realmente lo que ha perdido. Sin duelo no hay conciencia; solo frivolidad.

A veces recuerdo que ahí fuera, tras el cristal, hay algo interesante que vivir porque veo a mi gato, en la ventana, clavar su mirada en un punto de sentido que yo jamás he percibido.

Últimamente prefiero no empezar los poemas y dejarlos como una idea general, embrionaria, en mi mente. Es como si materializarlos doliera cada vez más y me contentara con señalar mentalmente el detalle de realidad exacto sobre el que escribiría. Al final será verdad que las palabras sobran.

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