Mapas sin mundo (11/03/2018)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Uno de los aspectos más curiosos de cualquier proceso de lucha por la igualdad de derechos sociales es que hay una parte importante de la población -que incluye a individuos que no se consideran precisamente como conservadores- que perciben determinadas conquistas como una limitación de sus libertades. Los usos y comportamientos culturales pesan tanto sobre nuestros esquemas mentales que el inmovilismo -y, con él, las desigualdades que le son implícitas- lo consideramos como un territorio de libertad inviolable, cuya rectificación va contra nuestra subjetividad. Queda mucho por educar, y más todavía por aprender. La perversión que existe en la actualidad del concepto de subjetividad nos ha llevado a un punto ciego que nos impide percatarnos de que nunca existirá bienestar individual si no existe bienestar colectivo. Nadie es perfecto y todos incurrimos en contradicciones, pero, desgraciadamente, nos hallamos en esa situación en la que interpretamos que los derechos de los otros solo son asumibles a costa de los nuestros. Nuestra zona de confort no constituye un universo infalible. La cerrazón y miopía sociales nos invitan a considerar como íntegras y coherentes a todas aquellas personas cuya forma de pensar no ha variado desde hace décadas. Yo ese tipo de comportamiento lo considero cavernario e insolidario. De la misma manera que el cuerpo se transforma con el decurso del tiempo, así el cerebro debería hacerlo. Por imperativo vital, o estás sujeto a los cambios o eres un muerto viviente. La 'zombifiación del pensamiento' es una pandemia que amenaza con arruinar cualesquiera de las muchas luchas sociales que quedan por resolver. No hay manera más saludable de vivir, no hay mayor gesto de compromiso con el presente, que ser infiel con tu pasado. Solo se puede sentir nostalgia de aquello que no hicimos, no de lo que una vez vivimos.

Hace muchos años, me encontré por la calle a un antiguo compañero de instituto. En el transcurso de la conversación, surgió el tema de que yo acababa de publicar un libro. Su respuesta fue digna de ser tildada como epocal: «Cuando hagan de él una película iré a verla y me enteraré de qué va». Así son las cosas. Uno escribe porque no sabe hacer otra cosa, no porque tenga la convicción de que sirve para algo. O se funcionariza la figura del lector, o terminará por extinguirse. Tiempo al tiempo.

Por mor de esa dictadura emocional en la que vivimos, parece como si el dolor no formase parte -o no debiera formar parte- de la vida. Según este punto de vista, 'vivir' -en su forma más intensa y plena- no duele. Y, en el caso de que lo haga, lo debe hacer ya al final, después del hedonismo. Todavía no hemos comprendido que el dolor no es una cuestión de edad, ni mucho menos una actitud antivitalista. Desde el mismo momento en que vivimos para morir, la finitud se expresa en el apunte más trivial e insignificante de la experiencia. No hay bocanada de oxígeno que no nos aproxime a la muerte. A partir de aquí, hay personas que tornan los párpados para no percibir esta insoportable fugacidad, y otras que, sin embargo, no logran apartar la mirada de ella. Evitar el dolor no te hace más feliz; sumergirte en él, tampoco. Se trata de una decisión vital -lo repito-: 'vital'. Porque el dolor mira cara a cara a la vida. No supone una estrategia de evasión, una actitud lánguida y falta de decisión. Se sufre porque tu cuerpo determina un futuro para ti, y ese futuro -como escribía Derrida- se anticipa en toda su dimensión a cada segundo. Vivir para la muerte es vivir demasiado.

El 8-M también debiera haberse bautizado como el 'Día Mundial del Miedo a la Castración'.

Siempre pensamos lo mejor, y hacemos lo menos malo.

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