Mapas sin mundo (11/02/18)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Lo más triste de nuestra enseñanza superior es que se ha educado a los alumnos a ir a la universidad con el único objetivo de que confirmen sus gustos y prejuicios. ¿Dónde queda el margen para que la vida les sorprenda? Cuando todo ya se ha aprendido, nada queda por enseñar. Y esto sí que es una tragedia nacional.

Alemania y Reino censuran la obra de Egon Schiele por pornográfica. ¿Quién dijo que el futuro sería mejor? Ni si quiera durante el periodo ultraconservador de Reagan, cuando la furia puritana puso su mirada sobre artistas como Andrés Serrano o Robert Mapplethorppe, se había llegado a un punto de revisionismo moralizador tan delirante. Nuestra sociedad ha traspasado definitivamente ese umbral en que la defensa de los derechos sociales se confunde con una 'cultura de lo decente'. Y la estética de la decencia, ya se sabe, va recortando centímetros de libertad día tras día, hasta que llega un momento en el que, no conforme con depurar el presente, lanza su ideología higiénica sobre el pasado. Tanto teorizar sobre las bondades de lo impuro y de lo híbrido, y, de repente, nuestra época ha elegido el paradigma de la limpieza como mecanismo de regulación social. Me asusta este tiempo. Al retorno del fascismo se suma ahora la recuperación del higienismo estético. La combinación es demoledora. La decencia fascista ha vuelto, y parece que para quedarse por mucho tiempo.

Teniendo en cuenta que los niños son un material extremadamente sensible, si no tienes la inteligencia emocional suficiente como para no alterarte con cualquier chorrada, no te dediques a la docencia. No hay cosa que ofrezca una imagen más vieja y desfasada de un sistema educativo que gritar dentro de las aulas. Si queremos eliminar la violencia de los centros educativos, comencemos por erradicar los gestos que implican una agresividad normalizada y de baja intensidad. Cuando la autoridad se excede, ¿qué legitimidad existe para exigirle al alumno que no lo haga? Lamentable.

Añoro el estremecimiento, que la realidad te asalte sin permiso alguno. Ahora mismo, mantengo una relación burocrática con ella. Relleno instancias para vivirla y nada es sorprendente.

Me gusta ver a la gente arrastrando maletas por la calle. A veces, la posibilidad de la ida o del regreso sosiega la sensación de solo estar.

Las actitudes críticas prácticamente han desaparecido, y su lugar lo han ocupado las 'actitudes en contra'. Las primeras cuestionan y después niegan. Las segundas solo niegan. No hay 'posiciones críticas', porque la verdadera crítica implica una movilidad intelectual y, por tanto, no se sedentariza en un lugar, en una pose. En cambio, la negación sistemática fija un punto sobre la realidad, y él se hace estatua. En su mundo de ficción, se halla convencida de que el inmovilismo que desaprueba se vence desde otro inmovilismo más cerril y asfixiante. Lo dicho: vivimos en la época menos crítica que se recuerda.

¿Cuántos no recordarán que tienen cabeza solo cuando les duele? Los efectos benéficos del dolor.

¿Y si Trump fuera realmente un personaje de Disney? Todo adquiriría sentido. Un personaje tan detestable no puede tener más genealogía que esa.

Que el lenguaje construye y crea realidad es evidente. De ahí que su deconstrucción sea una labor perseverante, que nunca debe desmayar. La cuestión es que, puestos a deconstruir, lo tenemos que hacer con todas sus consecuencias. Que, por lo general, las palabras acabadas en 'o' sean consideradas masculinas y las que lo hacen en 'a', femeninas, constituye igualmente un relativismo cultural que no debe ser obviado. Ha sido la misma sociedad patriarcal que se pretende combatir la que, a lo largo de la historia, ha consolidado este convencionalismo que pone en precario cualquier solución a medias.

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