Mapas sin mundo (04-03-2018)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Se pierde la libertad cuando el disciplinario verbo 'pertenecer' aplasta las infinitas conjugaciones del verbo 'ser'.

Leo en el muro de una calle sombría: 'El punk no existe. El amor tampoco'. Y de inmediato pienso: «Que se lo digan a Sid Vicious, que destruyó su vida por la experiencia extrema del punk y del amor».

En un pueblo alemán, han votado no retirar una campana que lleva grabada una esvástica nazi. El ejemplo es perfecto de cómo la tradición es vivida como un concepto al margen de la ética. Todo aquello que posea tiempo, con independencia de cuál sea su origen y la realidad que represente, se sitúa de inmediato en un limbo moral impenetrable por la evolución y las conquistas civiles. Preservar determinados símbolos y costumbres bajo el argumento de la 'familiaridad' supone una normalización del horror y de la violencia que debería llamar a la reflexión. Entre dos realidades imperfectas como la ley y los sentimientos, es preferible que sea la primera la que se imponga en estas situaciones. La ley muestra una menor capacidad para ser cruel -aunque a veces lo sea.

El último poemario de Pedro Andreu, 'Alas calibre 38' (Mueve tu lengua, 2018), no te deja respirar. Entre sus aforismos poéticos, se leen latigazos como «cuando no queda nada más que destruir, escribo»; o «hay muchas formas de estar en el mundo. Yo elijo junto a ti»; o incluso «a vivir se aprende a fuerza de pedradas». Andreu escribe como se respira: unas veces a intervalos regulares y en reposo, otras agitadamente, y en ocasiones como si los últimos estertores destilaran palabras. El lenguaje ha de disolverse en aire para que tenga algún sentido. Todo lo que no sea oxígeno resulta una impostura.

Todavía, después de miles de años de patriarcado sin escrúpulos, hay quienes consideran desmedida, inapropiada y temible una huelga feminista. Millones de actos «tendenciosos» y «radicales» deberían realizar las mujeres para compensar la violencia histórica grabada en cada molécula de sus cuerpos.

No hay cosa más triste que explicar en clase obras realizadas hace 20 o 30 años, y decirle a tus alumnos: «Esto no se podría hacer hoy», Una sociedad que censura la Venus de Willendorf por pornográfica solo puede tener su mente aherrojada por un cinturón de castidad. Si queremos libertad, estamos condenados a la nostalgia.

No hay diferencia alguna entre atisbar el abismo desde lejos y arrojarse al vacío: ambas actitudes implican un grado irresponsable de nihilismo. La verdadera proeza, aquella que procura la forma de vida más intensa y comprometida, es mantenerse con los dos pies en el filo, notar que los zapatos resbalan por la gravilla y, aun así, no tener la tentación de dar un paso o varios hacia atrás y evitar el peligro. El conservadurismo y el suicidio son una misma cosa: la vida sin obras.

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