Mapas sin mundo (03/12/2017)

Pedro Alberto Cruz
PEDRO ALBERTO CRUZ

Ganadora de la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, 'The Square', de Ruben Östlund, es mucho más que un brillante producto cinematográfico, jalonado de 'marcas de autor' inolvidables. Se trata de una de las visiones más demoledoras que sobre el mundo del arte se han ofrecido en los últimos años, y que supera sobradamente los pretenciosos análisis que, desde el prisma de la 'crítica institucional', han urdido no pocos artistas consagrados o en camino de serlo. Cierto es que Östlund no ha dudado en hacer acopio de cuantos estereotipos circulan en torno a un sector tan víctima de su propia idiocia como el del arte contemporáneo. Pero es que, como se encarga de demostrar plano tras plano, el sector artístico se encuentra atrapado en su propia caricatura, y cuantas situaciones grotescas se muestran -precisamente por excesivamente grotescas e inverosímiles- resultan escrupulosamente ciertas. En 'The Square' hay una línea discursiva en la que Östlund incide con especial clarividencia: la hipocresía de los agentes artísticos. Evidentemente, no faltan alusiones al postureo y la estética uniformada que distingue a todo artista, crítico, galerista o coleccionista en cualquier feria, bienal o gran evento. Pero, sobre todo, aquello en lo que lo que la mandíbula fílmica de Östlund muerde sin contemplaciones es en la falacia del discurso político enarbolado mayoritariamente por las instituciones artísticas. Lo político se ha convertido en un género desde el que el arte escamotea sus auténticas responsabilidades sociales. No hay agente artístico que no juegue al activismo social en un grado semejante a cómo torna esta actitud de denuncia en un ejercicio de clasismo y poder éticamente reprobables. La burbuja del arte ha generado una burbuja política que solo cabe ser definida como onanista y despreciable. Como demuestra Östlund, el arte es osado, crítico y concienciador siempre que el decoro de las instituciones que lo representan no se vea inquietado ni transgredido. Ya lo corroboró Duchamp con su urinario hace 100 años: la libertad artística no es completamente libre -posee un límite, y éste no es muy difícil de sobrepasar-.

En España, parece cada vez más evidente que la tan cacareada 'apuesta por la educación' constituye más bien una cuestión de orden social que de convicción. No es lo mismo hacer algo por el mero hecho de que hay que hacerlo que llevarlo a cabo porque esencialmente te lo crees. Y como éste es un país cutre en el que la cultura y la formación existen para no alterar el 'statu quo', los resultados son los que son. Apostar por la educación nunca puede ser una estrategia conducente a la no alteración del orden establecido; antes bien, la esencia de la educación debe ser, de forma irrenunciable, aspirar a cambiar lo preexistente. Y eso solo lo otorga el entusiasmo. Dudo mucho de que, en España, el profesor deje alguna vez de ser considerado como una simple figura administrativa para convertirse en un epicentro social. Mientras lo primero prime sobre lo segundo, estaremos abocados a la mediocridad.

La deslealtad siempre conoce dos tiempos: 1) la traición y 2) la condescendencia. En el primero, azota la conciencia de su víctima; en el segundo, pretende lavar la suya propia.

A fin de no caer en posiciones sucedáneas del nacionalismo, creo que la cuestión hoy en día no es tanto debatir sobre la vigencia de determinadas lenguas e idiomas como abrir la interrogante más crucial: ¿para qué sirve el lenguaje? El problema no es comunicarse en un cierto registro idiomático, sino sencillamente comunicarse.

Me pregunto por qué un asesino se termina por convertir en un mito social, mientras que las víctimas son olvidadas y nunca merecerán el 'honor' de un documental o de un reportaje periodístico. Solo acierto a alumbrar un posible motivo: la mente humana solo sabe moverse por preguntas. Con respecto a un asesino, es posible preguntarse: ¿por qué lo hizo? Con respecto a una víctima, no hay pregunta posible sobre la agresión recibida. La condición vital de la víctima es al mismo tiempo una autoevidencia y un exceso que intelectualmente no se puede procesar. Únicamente cabe la empatía con ella. Y ello, naturalmente, no vende.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos