«Pequeña, amada mía»

Un lector, con las 'Cartas a Mercedes' de Miguel Espinosa editadas por Afaqueque./Martínez Bueso
Un lector, con las 'Cartas a Mercedes' de Miguel Espinosa editadas por Afaqueque. / Martínez Bueso

La editorial ciezana Alfaqueque recopila y publica las inéditas 'Cartas a Mercedes' de Miguel Espinosa. La correspondencia con la que fue su gran amor, y una inspiración constante para escribir sus obras, arranca en 1956 y se extiende hasta 1981

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«Amo la comparecencia de todas las cosas, grandes y pequeñas, en la Tierra, entre la Tierra y el Sol, y más allá del Sol, existentes», dice el personaje que habita en 'Asklepios, el último griego' (editorial La Fea Burguesía), el brillante texto de Miguel Espinosa (Caravaca, 1926-Murcia, 1982), también autor de la todopoderosa novela 'Escuela de Mandarines'. Otra declaración de amor del inclasificable y excepcional autor murciano, pero en esta ocasión profundamente vivencial y surgida de sus entrañas, no de su portentoso fuego creador, es esta: «Te amo porque no puedo hacer otra cosa que amarte». Así concluye la carta que le escribió a Mercedes Rodríguez el 19 de julio de 1956, y que está incluida en el volumen -todo un lujo- 'Miguel Espinosa. Cartas a Mercedes', editado por la editorial ciezana Alfaqueque en su colección 'Biblioteca Irremediable', surgida para cumplir un sueño del editor Fernando Fernández Villa: publicar textos todavía inéditos que forman parte de la producción literaria del autor caravaqueño, a la que el profesor Luis García Jambrina define como «inagotable e imperecedera».

Una obra que, cuando se accede a ella, suele dejar «deslumbrado» al lector que le gusta ser, en una misma sesión de gozo, retado, herido, acariciado, interrogado...». Se sabe: Miguel Espinosa maneja con la majestuosidad del león tanto la reflexión como la poesía, las deseables sábanas de hilo como el odioso dardo ardiendo. Incluso en el lamento más cruel se engendrará la belleza, como sucede en este de Asklepios: «Nunca más veré una patria ni oiré una risa. Nunca más la nube, la piedra, la planta, el animal ni la cosa mostrarán su novedad. Nunca más elegiré la palabra y su anotación. Nunca más sentiré, ni por los ojos de alguien, la continuidad y representación de los tuyos en los míos. Nunca más habrá candor ni donaire, inclinación hacia la Verdad ni voluntad de reflexión». Y qué genial, también, el Espinosa que nos hace preguntas: «¿No os ha ocurrido, en ocasiones, sentir llegar a la mente una cuestión, originada en un lugar más hondo, a la manera de un cuerpo que surgiera del fondo y flotara sobre la superficie de unas aguas?».

EL LIBRO «Pequeña: Estoy sordo, ciego y vacío. Sordo de no oír tu voz; ciego de no verte; y vacío de no sentir tu presencia» (Julio de 1956)

En la presentación-prólogo de la correspondencia que ahora vez la luz gracias a Alfaqueque, Juan Espinosa, hijo del escritor y autor de 'Miguel Espinosa, mi padre' (Comares), precisa que cabe dividirla en tres épocas. En cuanto a la primera, la que abarca de 1956 a 1972, indica: «Miguel Espinosa, de veintiocho años, mantiene ya a dos familias (esposa y dos hijos, madre y tres hermanas), cuando conoce, en 1954, a Mercedes Rodríguez, de veintidós, segoviana venida a Murcia con el propósito de terminar la carrera de Química. Hacia 1956, en su conciencia, cualquier posibilidad de vida en común pasa por la obtención de unos ingresos que le permitan sostener, ahora, a tres familias. Mercedes debe esperar, pues, al cumplimiento de semejante condición, presentada como realizable».

La segunda época se extiende de 1973 a 1976, años en los que tendrán lugar «dos sucesos, de distinta naturaleza, aunque vinculables entre sí: un infarto de miocardio, sufrido por Espinosa en junio de 1974, y la aparición de 'Escuela de mandarines', la obra de su vida, meses más tarde».

Por último, en la tercera época -1977 a 1981-, según Juan Espinosa «la vida ejecuta, con Miguel y Mercedes, uno de esos movimientos que le son propios, un giro dialéctico, diríamos, entendiendo por dialéctica la final recuperación de algo perdido o destruido en apariencia. Y, a propósito de los sucesos narrados en 1977 en 'Tríbada' [artefacto literario donde el escritor da cuenta de otros amores, pasiones y desconciertos], Espinosa recobra a Mercedes como la interlocutora y confidente de siempre; como personaje, también; es más: como coatura del libro, en cuyas páginas incluye párrafos completos de cartas suyas».

El 5 de julio de 1956, Espinosa escribió estas palabras 'de Miguel a Mercedes': «Pequeña: Estoy sordo, ciego y vacío. Sordo de no oír tu voz; ciego de no verte; y vacío de no sentir tu presencia». Años más tarde, con más heridas en el cuerpo y la mirada, le escribe en 1971, en una carta sin fechar que arranca con un 'Mercedes, comparecencia constante': «Te pienso todos los días, como costumbre que en mí eres (la costumbre de vivir, te llamé en alguna ocasión». En verdad que resultas un ser personal e irrepetible. [...] ¡Qué diferencia entre tú y las gentes! ¡Qué diferencia entre tú misma y yo! Reconozco que soy un hombre amoral, apático, sin voluntad de querer esto o lo otro, vulgarísimo, desapasionado, sin orgullos, sin presencia de la adolescencia, vacío de entusiasmos, siempre caminando entre ruinas, siempre fuera de la actualidad, apartado del mundo, para quien todos los hechos son aburridos, para quien nada es acontecimiento, carnal, inhábil en las relaciones, que nada apetece, lleno de malos aprioris sobre el mundo, en estado larvario, para quien solo es problema la acción, débil».

Y también de 1971 es la carta que guarda estas confesiones, fechada el 15 de noviembre: «Gentil Mercedes: como a un personaje de Fiodor Dostoyevsky, hoy me aburren las gentes. No puedo comprender cómo von Goethe, a mi edad, experimentaba avidez de caracteres y mundo. Mi madre ha estado enferma, y yo he sufrido muchas penas y trabajos, aparte de la pena y trabajo que supone cierta ausencia. Iré a Madrid hacia el 15 de noviembre presente, y viviré diez o doce días en el Hotel Rosalía de Castro, que es un triste hotel. Para mí, Murcia es una melancolía, y Madrid, una desolación. Así, pues, paso de la melancolía a la desolación, y de la desolación a la melancolía, excepto cuando estoy montado en el tren, que me hallo entre ambas».

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