«'El Aleph' es tremendamente banal»

Una de las hojas manuscritas por Borges en 'The Kabbalah', de Christian Ginsburg. /R.C.
Una de las hojas manuscritas por Borges en 'The Kabbalah', de Christian Ginsburg. / R.C.

María Kodama presenta 'La biblioteca de Borges' y asegura que releer le ayudaba a perfeccionar su obra

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Cuando Jorge Luis Borges era director de la Biblioteca Nacional argentina donó alrededor de «mil y pico de libros» de su propia colección, exlibris de su puño y letra con el año de adquisición y, en algunos casos, también el de procedencia. Por ejemplo, «Buenos Aires, 1948 (regalo de madre)», escrito en la portadilla del tercer volumen de 'La divina comedia'. «Nadie supo dónde estaban hasta que dos chicos que trabajaban ahí los encontraron en el sótano», asegura María Kodama, viuda de Borges, albacea de su legado y traductora.

Una buena parte de los libros que atesoró el escritor procedía de la biblioteca de la madre de su madre, cuya lengua materna era el inglés y, junto a los que después reunió, ahora se conservan en la Fundación Jorge Luis Borges, de la capital argentina, bajo la mirada vigilante de Kodama. «Son los libros que quería y prefería; si no, no estarían ahí: él los habría regalado».

Con movimientos pausados, cortesía máxima, voz tenue y calmada, Kodama recuerda que conoció a Borges cuando él ya no podía ver, «pero sí andar y escribir con letra muy pequeña», rememora tras sus grandes gafas oscuras retro, vestida de blanco con chaleco gris, a juego con su cabello bitono, ahora más blanco que negro. Ella le leía esos mismos libros, tantas veces sostenidos por aquél que era capaz de recordar las anotaciones que había hecho muchos años antes en la portadilla o en las hojas finales.

Ése era su método, como se puede apreciar en el libro que edita Paripé Books: apuntaba el número de página y un comentario, algo referente al contenido, nunca una cita. Sólo un hilo del que tirar. Por ejemplo, en una página fechada en 1934: «Los alemanes, un pueblo muy antimilitarista 189».

Una línea por cada idea, como si señalara lo que le dejaba huella, lo que querría volver a leer, o escuchar, como sucedió cuando perdió la vista. «Podía recordar una palabra escrita en 1920, como 'contradicción' entre signos de exclamación», dice Kodama. «Tenía una memoria prodigiosa y cuando quería que le leyera me decía: busca tal libro en medio del estante. Me impresionaba».

Biblioteca sin octágonos

Borges, que tantas bibliotecas y laberintos narró, no tenía para la suya una secuencia típica ni octagonal. Ni por autores ni naciones ni géneros. «Iba de acuerdo a cómo leía. No estaba ordenada desde el punto de vista técnico. Pero podía indicar a la persona que le leía dónde estaba cada cosa y qué parte le interesaba».

Kodama se encargó del cuidado de la obra de Borges, casi por sorpresa: «Cuando Borges partió, me llamó su abogado y me lo dijo; yo no lo sabía», dice Kodama, a quien 'El Aleph' le parece «tremendamente banal, excepto la descripción» del propio Aleph. «Se lo dije con mi franqueza brutal, cuando me lo preguntó. Por eso funcionábamos. Si hicieran una ley que obligara a quemar toda la obra de Borges, excepto una, yo salvaría 'Las ruinas circulares'. Lo leí a los diez años. No entendía nada del fondo, pero sí sentía esa fuerza tan grande. Hasta ahora soy presa de esa intensidad». Y recita el comienzo de aquel cuento.

En cada tomo, Borges escribía con distintas tintas y lápices, en las páginas blancas de comienzo y fin. Podía hacer una anotación o doce, que revelan sus relecturas, con el desorden de la numeración, es decir, de las páginas, que quizás correspondiera también a esos saltos en la consulta de un libro releído, de autores como Aligheri, Homero (traducido por Alfonso Reyes, que le dedica la edición), Cocteau, Shaw, Milton, Conrad, Kipling, Graves o Blake. O libros como el Corán, la 'Biblia, el 'I Ching' y el 'Apócrifo Nuevo Testamento', en donde le interesan temas como «resurrección de Cristo y otros muertos» o «diálogo de Satanás y el infierno».

«Sus anotaciones le aportaban a él la posibilidad de perfeccionar lo que escribía, a partir de errores o pasajes de gran belleza». Borges corregía «en todo momento» su obra, pero hallaba verdadero placer en la de algunos que le precedieron. Ahora sus lectores pueden dejarse guiar por los apuntes que condujeron a quienes le leyeron en sus años de ceguera.

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