Manuel Vilas: «El capitalismo odia a los muertos, porque no consumen nada»

El narrador y poeta Manuel Vilas, autor de 'Ordesa'./Virginia Carrasco
El narrador y poeta Manuel Vilas, autor de 'Ordesa'. / Virginia Carrasco

«La prioridad de los políticos que tenemos no somos nosotros, no nos quieren, no nos aman», dice el autor de la novela 'Ordesa', que hoy martes presenta en Murcia

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Lo cuenta Manuel Vilas (Barbastro, 1962), poeta y narrador: «Había en el año 2015 una tristeza que caminaba por todo el planeta y entraba en las sociedades humanas como un virus». Vale, pues muy bien, ¿y qué hizo él entonces? Lo siguiente: «Me hice un escáner cerebral». Ah. «Visité a un neurólogo». Bien hecho. «Era un hombre corpulento, calvo, con las uñas cuidadas, con corbata debajo de la bata blanca. Me hizo pruebas. Me dijo que no había nada raro en mi cabeza. Que estaba todo bien», explica.

«Y comencé a escribir este libro», desvela. Este libro es 'Ordesa', publicado por Alfaguara, elogiado por la crítica y celebrado por los lectores, y que el martes su autor presentará en Murcia, a las 19.30 horas, en la Librería Expo Libro. Pensó Vilas que «el estado de mi alma era un vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amable, el color amarillo invadía el nombre de Ordesa, y tras Ordesa se dibujaba la figura de mi padre en un verano de 1969». Su padre, ya fallecido. Su madre, también ya ausente del mundo de los vivos. 'Ordesa' es un viaje, descarnado y poética, en busca de ambos. Un deseo voraz de volver a abrazarlos. «La Historia es también un cuerpo con remordimientos», dice el escritor, que tenía «cincuenta y dos años» cuando comenzó esta aventura literaria. «Soy la historia de mí mismo», añade alguien que confiesa abiertamente: «Siempre vi cosas. Siempre me hablaron los muertos». Y en 'Ordesa', en efecto, habla de «mis padres muertos, del amor que les tuve, de que no se marcha ese amor».

-¿Qué es el amor?

-Nadie lo sabe. Nadie sabe qué es el amor.

«Antes que cualquier otra cosa, un ser humano es hijo de alguien; tienes un padre y una madre, y esa es tu identidad más cierta»

«Los muertos no se están quietos. Yo tengo una relación un poco fantasmal con mis padres: los veo de vez en cuando»

«¿Qué hace la izquierda apoyando el nacionalismo catalán?»

Un regreso al pasado, a la muerte de los seres queridos, un reencuentro con las ausencias que le hicieron dichoso, a la España en la que creció. Un viaje en busca de paz para compensar la sensación de desarraigo, la constatación de nuestra vulnerabilidad y la necesidad de seguir adelante «cuando nada parece hacerlo posible, cuando casi todos los lazos que nos unían a los demás han desaparecido o los hemos roto».

-¿Por qué escribió 'Ordesa'?

-Para regresar al lugar donde conviví profundamente con mis padres, para sentir de nuevo su cercanía, para volver a sentir su amor como entonces...; para recordar. En la novela, el protagonista está todo el rato dudando sobre cómo fueron las cosas. Una duda pertinaz. Cuando ya tienes más de 50 años, el pasado se convierte en un enigma porque no recuerdas bien y porque las personas que te pueden ayudar a recordar ya no están. He escrito 'Ordesa' porque necesitaba rescatar el pasado y meterlo en un libro.

-¿Para qué?

-Pues porque, de repente, un buen día, te das cuenta de que ya tienes más pasado que futuro; es pura biología. Y aunque no lo quieras aceptar, porque nadie quiero aceptar eso, no vas a poder cambiar esa realidad. Y te tienta rescatar el pasado que ya has vivido. Ningún ser humano acepta el hecho de que va a morir, pensamos que la muerte es algo que le ocurre a los demás; y como la muerte es un tema muy ingrato, le damos de lado, como si no existiera. En 'Ordesa' digo que el capitalismo odia a los muertos, porque los muertos no consumen nada; no están en la cadena de producción, ni en la de consumo. Son una inutilidad.

-¿De qué nos olvidamos?

-De que somos hijos, de que antes que cualquier otra cosa, un ser humano es hijo de alguien; tienes un padre y una madre, y esa es tu identidad más cierta y segura. Yo estoy aquí porque hubo unos padres que en 1962 tuvieron un hijo, que soy yo. Hijos que luego se convierten en padres, y en eso se nos va la vida, en eso se consume la vida de la mayoría de la gente. Además, vas viendo cómo, cuando tú te conviertes en padre, entiendes muchísimo mejor a tus propios padres; eres con ellos muchísimo más condescendiente, más tolerante y más respetuoso. Tiendes a amar muchísimo más a tus padres cuando tú ya tienes tus propios hijos y ves cómo son.

-¿Se echa como hijo muchas cosas en cara?

-Debería haber hecho más por mis padres y, sobre todo, haber hablado más con ellos. No caí en la cuenta de que un día ya no iban a estar, y de que tienes que aprovechar el tiempo para hacerles preguntas y para quererlos. Ahora, tras escribir 'Ordesa', los recuerdos con más paz. Es una novela muy atávica, una novela de fantasmas, y los fantasmas van y vienen; los muertos no se están quietos, regresan a tu vida. Yo tengo una relación un poco fantasmal con mis padres: los veo de vez en cuando, esa es la verdad. De repente, he estado cepillándome los dientes por la noche, antes de irme a dormir, y he sentido que mi padre estaba detrás de mí, mirándome, acompañándome. No son imaginaciones, son sensaciones muy reales. Resulta consolador y tranquilizador que de alguna manera sigan contigo. Lo expresó muy bien Jorge Manrique en sus maravillosas 'Coplas a la muerte de su padre': «Y aunque la vida perdió, dejonos harto consuelo su memoria».

«Me alejé de él...»

-¿Se sintieron queridos por usted?

-¡Eso espero! Tuve una relación muy especial con mi padre, me quería muchísimo. Cuando me convertí en adolescente, me alejé de él...; y ahora que ya no está quisiera volver a experimentar esa relación de profundo amor. Con mi madre también fue especial la relación, y de hecho creo que, en la novela, los dos son protagonistas al cincuenta por ciento. Este libro me ha servido de catarsis. Cuando lo escribí, estaba muy obsesionado con sus recuerdos, pero ahora creo que esa obsesión ya no existe, para bien de mi salud mental. Lo que he hecho ha sido como inventarme un templo, o una especie de monumento funerario, en forma de libro, que es el lugar donde puedo encontrarlos siempre que quiera.

-¿Qué le enseñaron?

-Mi padre me enseñó estilo, y mi madre lo que es una pasión ciega por la vida, de la que era una enamorada de forma instintiva, sin ser consciente de ellos. Mi padre tenía mucha curiosidad por las cosas; mi madre, por el contrario, no tenía ninguna, lo único que quería era vivir; se complementaban bien.

-¿Qué le resulta inquietante?

-La naturaleza misteriosa del amor me resulta inquietante y enormemente atractiva.

-¿Y qué defiende?

-Defiendo a la clase media, especialmente a la media baja. Es muy importante que la gente encuentre una cierta felicidad en la vida, y que pueda salir adelante de una manera digna. Ojalá a los políticos les interesásemos, pero no es así. España vive un momento de crisis política fuerte porque la prioridad no son los españoles. La prioridad de los políticos que tenemos no somos nosotros, son ellos y sus circunstancias especiales, que son muy respetables pero que a nosotros no nos importan. Lo que nos importa es que nos saquen adelante a todos, que para eso les votamos y para eso cobran ellos. Es triste comprobar la incapacidad que tienen de llegar a acuerdos, aunque sean sobre mínimos. Veo que los políticos no nos quieren, no nos aman; si tú tienes un amigo y lo quieres, piensas en lo que necesita. Ellos no nos quieren. Y eso que los españoles somos gente que está muy bien. No creo que hayamos hecho algo tan malo como para que nos toquen los políticos que tenemos. Paso ahora muchas temporadas en Estados Unidos, y puedo decirle que cuando te vas fuera, y ves España desde otros sitios, te das cuenta de que tenemos un país que está muy bien, joder. ¡Es que los españoles a veces nos autoflagelamos! Te puedes ir a Suiza, o a Francia, a los países que más fama de civilizados tienen, y si los comparas con España, te das cuenta de que aquí se vive bien. Nos pasamos mucho con tantas críticas destructivas, que no sirven para mejorar nada. Tendemos mucho a las críticas destructivas y no a las constructivas, que son las únicas que sirven si lo que se quiere es resolver de verdad los problemas. Como el que tenemos con nuestra cultura, que no sabemos valorar, ni tampoco sabemos exportar.

-¿Y qué propone?

-Una política cultural mucho más cuidadosa. Tenemos que rescatar los valores culturales importantes de España y ofrecérselos a la gente, y en eso se hace mucha dejación. Nunca hubo en España un acuerdo entre la izquierda y la derecha para crear una cultura nacional con la que todos nos podamos sentir cómodos, una cultura que sirva también para que la gente no se sienta desprotegida cuando sale fuera, ni mucho menos inferior. Y como ese acuerdo, con el objetivo de mantener una identidad cultura española solvente, no se ha producido nunca, pagamos las consecuencias. En general, somos un país donde se aprecia mucha falta de acuerdos en temas generales importantes, lo que genera problemas que afectan a nuestro día a día y que podrían evitarse. En cualquier caso, hemos avanzado mucho. Yo dejo claro en la novela que, gracias al esfuerzo de mis padres, tengo una vida mejor que la que ellos tuvieron. Me parece una barbaridad lo que hace esa gente que se rasga las vestiduras con este presente y se pone a cantar el pasado. No, el pasado fue peor, sin educación, hospitales, universidades...; hay que tenerlo muy claro. ¿Es mejorable este presente? ¡Claro que sí! ¿Suceden hoy cosas horrorosas? Por supuesto, pero lo que tenemos ahora es mejor que lo que había hace cincuenta años.

-¿En todo hemos mejorado?

-Bueno...; es cierto también que, a veces, pienso que cuando mi padre tenía mi edad era más feliz que yo. Sí, creo que hemos perdido alegría, que antes abundaba más la alegría aunque la vida fuese más difícil.

-¿De la situación en Cataluña qué le cuesta más trabajo entender?

-A mí el nacionalismo catalán me parece muy bien, pero lo que no entiendo es qué hace allí la izquierda defendiéndolo, eso no hay quien lo entienda. Se supone que el objetivo de la izquierda es sacar adelante a las clases medias bajas, y eso no pasa, está claro, por un apoyo al nacionalismo, ni al secesionismo. La izquierda se debe a los trabajadores, y no a cuestiones metafísicas de carácter nacionalista, supremacista. Ese apoyo de la izquierda me parece un disparate que no se ve en ningún otro sitio. En realidad, en España pasan cosas que no suceden en ningún otro sitio, para bien o para mal. Ahí están el cine de Buñuel y las pinturas de Goya, por ejemplo.

-¿De qué está en contra?

-De la crítica política que lo que busca es la destrucción y que se basa en la intolerancia. En España tenemos un problema de intolerancia. Y si la democracia es algo, es tolerante. Ser tolerante con los que son igual que tú no tiene mérito alguno, lo que lo tiene es serlo con quienes piensan de modo diametralmente opuesto a ti. Y claro que puedes criticar, pero no insultar, porque si lo haces, al final todo acaba en una sociedad crispada. La primera lección de democracia consiste en tolerar a los distintos y en hablar con ellos para tratar de llegar a acuerdos en lo fundamental. Y se puede discrepar, pero mucho mejor hacerlo de manera amable. En la política española se echa en falta la amabilidad; está crispadísima. Hay que volver a una cierta cordialidad entre gente que piensa de forma diferente, y en eso los políticos tienen mucha responsabilidad porque lo están haciendo fatal. Y no nos engañemos, ha sido el grave problema de corrupción que ha golpeado a este país lo que ha conducido a la crispación que se ha instalado.

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