Lola López Mondéjar: «El mal puro no existe»

La psicoanalista y escritora murciana Lola López Mondéjar, en un rincón de su casa./Enrique Martínez Bueso
La psicoanalista y escritora murciana Lola López Mondéjar, en un rincón de su casa. / Enrique Martínez Bueso

La psicoanalista y escritora reflexiona en su nuevo ensayo sobre los malvados actuales. 'Literatura y Psicoanálisis' aborda, entre otros temas candentes, el de la banalización de los hechos monstruosos

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Hay una pregunta que conmueve e inquieta a Lola López Mondéjar (Murcia, 1958), psicoanalista y escritora: «¿Cómo podré conmoveros?». Es el modo en que la monstruosa criatura Frankenstein, condenado a la soledad y a provocar terror, interroga a su creador, ese ambicioso doctor que jugó con fuego y carne humana a ser Dios. La figura del monstruo, desde el más literario al más cotidiano en nuestros días, ese ser de apariencia corriente capaz de cometer atrocidades que superan notablemente en dolor causado a las del mismísimo Hombre Lobo, es uno de los temas de análisis que López Mondéjar, con rigor, amenidad y un aderezo de provocación que anima al debate, sobre todo en capítulos como el dedicado a 'La feminización de la literatura escrita por hombres', trata en su nuevo ensayo: 'Literatura y Psicoanálisis', subtitulado 'Si digo agua ¿beberé?' y publicado por Grupo 5.

En su ensayo, la autora de novelas como 'Cada noche, cada noche' (Siruela, 2016), cuenta: «En el año 2008, Charlotte Roche, presentadora de televisión alemana, publicó una novela, 'Zonas húmedas', que fue un éxito de ventas. Se trata de la historia de una adolescente que explora su cuerpo sin ningún tipo de pudor ni represión, uniendo esta exploración con el sexo más desinhibido». Describe Roche, por ejemplo: «Pincho el bultito inflamado con una aguja y aprieto para sacar el pus. Que de la yema va directamente a la boca». ¡Guuuuaaaauuu! «¿Qué lleva a tantos miles de lectores a leer estas exploraciones corporales que producen asco?», se pregunta López Mondéjar. Difícil respuesta. ¿Tal vez porque se sienten unidos en una especie de sentimiento universal de lo abyecto, algo que conlleva algún tipo de disfrute?

La alusión a Charlotte Roche y su éxito editorial la utiliza la autora de 'Literatura y Psicoanálisis' para comentar cómo, en las películas de serie B, «el asco y lo siniestro tienden a incrementar la banalización de zombis, vampiros, extraterrestres...; monstruos que han dejado de darnos miedo para generar un sentimiento que ya no tendrá que ver con el terror, sino con lo grotesco». «El monstruo», añade, «empieza a temer al hombre, es acorralado por él, atormentado, ridiculizado; pero, sobre todo, lo monstruoso se hace familiar y banal, grotesco».

EL LIBRO: «El monstruo actual convive en perfecta armonía en nuestro cuerpo, y se desarrolla como una faceta más de nuestra personalidad hasta convertirse en las auténticas figuras de lo monstruoso hoy: el fanático terrorista, el pederasta, el genocida, el infanticida y el maltratador»

Lejos queda ya el enfrentamiento popular con el terror que provocaba, por ejemplo, Drácula, creado en 1897 por Bram Stoker y considerado uno de los monstruos más temidos de Occidente.

¿Por qué la fascinación por los vampiros? «El vampiro personifica el miedo del ser humano a ser absorbido por el otro. Un miedo presente en las relaciones con la madre o con los otros cuidadores, el miedo a la injerencia, a la intromisión, a la dominación de nuestro psiquismo y nuestra vida por los próximos». Drácula, explica López Mondéjar, «es esa figura maternal/paterna omnipotente que promete amparo y vida eterna a cambio de entregarle nuestra propia vida mortal». Y este tema, precisa, «no cesa de reeditarse -recordemos la serie 'Crepúsculo'-, y lo hará hasta que los humanos sigamos siendo humanos, porque convoca ese miedo arcaico que procede del desamparo y prematuridad del ser humano y busca un objeto poderoso para unirse a él y salir de ese miedo, aunque en esa anhelada y temida unión se pierda nuestra identidad».

Llegados a un momento «en el que la razón y el pensamiento científico incorporan la explicación de la maldad», asistimos también «al desvanecimiento de la culpa, pues ya no se trata del libre albedrío, sino que serán los genes, el capitalismo, el instinto o el maltrato infantil quienes estarían en el origen de los comportamientos malvados, relativizándolos». En este sentido, recuerda que «Salvador Giner considera que hay que volver a considerar el mal con rigor: un terrorista o un torturador no son solo meras marionetas manejadas por fuerzas anónimas, sino seres malignos a los que debemos devolver su culpabilidad». Y no hacen falta, defiende López Mondéjar, «transformaciones radicales a lo Jekyll y Hyde, nada de dolorosas metamorfosis físicas que convierten al hombre en lobo; el monstruo actual convive en perfecta armonía en nuestro cuerpo, y se desarrolla como una faceta más de nuestra personalidad hasta convertirse en las auténticas figuras de lo monstruoso hoy: el fanático terrorista, el pederasta, el genocida, el infanticida y el maltratador».

Nada de vampiros enemigos de los espejos. «Los monstruos actuales», indica, «son hombres corrientes que al ser capturados, tras descubrir sus horribles crímenes, sorprenden a propios y extraños por su aparente civismo y bondad; vecinos ejemplares, de los que nadie podría haber dicho que se tratase de asesinos». Así es, «ya no hay nada de la bestia en el hombre, su forma antropomórfica permanece intacta, no se identifica la maldad con la deformidad, ya no hay rasgos físicos ni psíquicos que identifiquen a los monstruos contemporáneos».

Duermen plácidamente

Los monstruos actuales «no tienen nada que ver con el remordimiento moral de un Ricardo III shakesperiano; sus crímenes no les quitan el sueño, duermen plácidamente en algún lugar de su conciencia, en la habitación de al lado, junto a sus funciones laborales o su rol paternal». A su juicio, «la banalización de la monstruosidad tiene su imagen paradigmática en esa familia fundamentalista que muestra orgullosa la foto de su hijo, terrorista suicida, educado desde la infancia para inmolarse por la fe islámica y la yihad».

«En nuestra conciencia ampliada y sin límites de ciudadanos del siglo XXI», reflexiona López Mondéjar, «el mal está tan perfectamente incluido que podemos convivir con él sin ningún tipo de alarma. La exposición al dolor de los medios de comunicación de masas ha producido en todos una anestesia generalizada que nos inmuniza hasta la indiferencia frente a los horrores más monstruosos». Va un ejemplo de ello: «Los atentados del 11-S en Nueva York, visualizados como si de un film de ciencia ficción se tratase, no produjeron dolor, sino sorpresa».

A día de hoy, «desdibujada la frontera entre el bien y el mal, derruidas las murallas del pudor que nos alejaban de lo abyecto, los hombres y las mujeres proyectan sus fantasmas en figuras de la monstruosidad que no les libran de sus miedos internos, sino que los reconcilian con ellos, ampliando su yo para reconocer la humanidad del mal, en un relativismo cada día más peligroso que nos aleja de la tensión moral». Y afirma: «Toda persona es una mezcla de bien y mal. El mal puro no existe... mas que en la literatura».

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