«La literatura ha de incomodarnos»

José Manuel Jiménez./Enrique Martínez Bueso
José Manuel Jiménez. / Enrique Martínez Bueso

Acompañado por Miguel Ángel Hernández y Leonardo Cano, José Manuel Jiménez, director de Marketing de 'La Verdad' y escritor, presenta este viernes en Murcia su novela 'Hombre sin fin'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«El impacto de la cabeza de Elena contra el asfalto, el golpeo seco y definitivo, y después las réplicas sobre el cuerpo inerte que resbala y que se aleja; inútiles, como dar cabezazos contra la pared pero en la carretera. Él al volante [a su lado] no ha podido oírlo, o eso quiere pensar....». Así comienza 'Hombre sin fin', la novela de José Manuel Jiménez (Murcia, 1971), publicada por la editorial murciana Balduque y que hoy, con una veloz segunda edición ya en las librerías, los escritores Miguel Ángel Hernández y Leonardo Cano le presentan en su ciudad; la cita, a las 19.30 horas en el Aula de Cultura de la Fundación Caja Mediterráneo.

Él...; ¿lo recuerdan? El personaje que no pudo oír, o eso quiso pensar, el impacto de la cabeza de Elena sobre el asfalto. Él existe, y la novela del director de Marketing de 'La Verdad', responsable artístico del Festival de Artes Rendibú que promueve este periódico, «es la continuación en la ficción de un hecho trágico que le sucedió hace dos décadas a un amigo japonés». Un amigo que no sabe nada de esta primera obra publicada por Jiménez, devoto de J. M. Coetzee y detallista planificador de viajes de los que regresa pletórico. Viajes en los que, con la curiosidad desplegada en cascadas que le caracteriza, se comporta como un Gulliver con algo de niño que procura aprender siempre de los seres con los que se encuentra, incluidos los más extraños, sean estos habitantes de Liliput o personajes inclasificables o brumosos. Y todo lo mira clavando fijamente en los ojos de su interlocutor los suyos, que denotan la persecución del alivio con el que se festeja la salida de un túnel.

-¿Qué es lo mejor que le ha pasado?

-Por orden de aparición: Cristina, Iván y José.

Cristina es su mujer, e Iván y José los hijos de ambos. A ella está dedicada 'Hombre sin fin', por encima de todo «una reflexión sobre la arbitrariedad con que ejercemos justicia según la manera en que los actos puedan afectarnos; y sobre su distante y liberador reverso: la asunción de la propia responsabilidad». Una novela escrita en la soledad de una sucesión de noches en estado de voraz felicidad y extrañeza; noches disciplinadas e imaginación bien despierta. Una imaginación que a veces vuela sola al encuentro de sus experiencias más felices, como aquella que, en 1997, tuvo al Tíbet como escenario de ensueño: «Quince días viajando solo, uniéndome a unos y a otros sobre la marcha. Entonces, salir fuera de su capital, Lhasa, era viajar a la Edad Media. Antes del desastre que el gobierno chino ha hecho con aquello, borrando sus señas de identidad». Pasados los años, Jiménez ha descubierto una fiebre que le ayuda a mantenerse más vivo y alerta: la escritura. Un Edén entre cuyos frutos impagables está este 'haiku' de Kobayashi Issa: «¡Flores de cerezo en la noche! Como ángeles / descendiendo del cielo».

-¿Usted por qué escribe?

-Es una necesidad fisiológica. También un ejercicio de escapismo.

-¿De qué le ha liberado 'Hombre sin fin'?

-Llevo escribiendo desde los dieciséis o diecisiete años, si bien de forma continuada los últimos ocho años, y esta novela es lo primero que no tengo pudor en mostrar. Por otra parte, que una editorial de las llamadas 'literarias' te diga que le ha gustado tu obra y que quiere publicarla te libera de dudas e inseguridades. Aunque la aceptación de un libro no te asegure nada para el siguiente, al menos te aporta cierta confianza. Ahora bien, al mismo tiempo te obliga a elevar tu grado de autoexigencia porque pasas a tener un precedente. Y llegados a ese punto, mejor apartarlo todo a un lado y concentrar todas las energías en volver a picar piedra y en arriesgar, que es lo único que te va a ser útil a continuación. Ahí es donde me encuentro yo ahora, en lo siguiente.

«Cuando empecé a escribir esta novela mi hijo menor tenía siete años, ahora tiene once. Me produce escalofríos solo pensarlo»

-¿Qué temas ha elegido y por qué para esta novela?

-El 'leitmotiv' de 'Hombre sin fin' es la necesidad que todos tenemos de conocer, si no de crear, un relato a través del cual entender lo que nos rodea. Se trata de una necesidad casi física, violenta, de reducir los hechos brutos e incomprensibles a la forma de una narración sin zonas grises ni desconocidas. Lo elegí porque yo mismo me reconocí presa de esa necesidad al analizar unas preguntas que me rondaban acerca de una experiencia del pasado de la que no tenía una explicación.

-¿En qué lectores pensaba?

-En el lector que soy a día de hoy. En lo que yo creo que busco en una novela.

-¿Qué ha sido lo más duro durante el proceso de escritura?

-Ser consciente del tiempo que estaba restándole a mi familia. Los hijos crecen demasiado pronto. Cuando empecé a escribir esta novela, mi hijo menor tenía siete años, ahora tiene once. Me produce escalofríos solo pensarlo. Por eso intento escribir de noche o cuando los demás trabajan también.

-¿Lo mejor es seguir las intuiciones y las corazonadas?

-Lo mejor al escribir, que no necesariamente en la vida real, es buscar la verdad a cualquier precio. No engañarte a ti ni al lector. Eso es lo mejor. Toda novela que se precie es un ajuste de cuentas. Me gusta la literatura que interpela al lector sobre hechos y temas que no le son ajenos, la que lo pone frente al espejo. La literatura que me interesa nunca pretende agradar. Hay una tendencia creciente a rodearnos únicamente de quienes nos complacen, de lo que nos reafirma. Sucede en las relaciones sociales, en nuestros círculos intelectualmente endogámicos en las redes sociales, con los medios de información que consumimos... La literatura no está para eso. La literatura es una gloriosa excepción. La literatura ha de incomodarnos. Eso sí, al novelista le está prohibido juzgar. Su misión es saber mostrar, y hacerlo con un rigor ético y estético. Las conclusiones que pudieran desprenderse de la obra, eso ya es harina de otro costal. Porque si las hubiera, que no tiene por qué, serían responsabilidad única del que la lee. En caso de que sea capaz de aproximarse a ella con honestidad.

-¿La principal enseñanza?

-La necesidad de querer y ser querido como requisito indispensable para tirar adelante.

Gente alrededor

-¿De qué personas procura rodearse?

-No necesito mucha gente a mi alrededor; eso ayuda mucho.

José Manuel Jiménez, de cuya novia japonesa de juventud aprendió, durante la larga estancia de ambos en Estados Unidos, a admirar con respeto otras culturas, tiene previsto regresar a Japón en 2019: «Será nuestro veinte aniversario de boda y los niños, que adoran la cultura del manga y el anime, han sido los encargados de elegir el destino donde celebrarlo. Ya estamos todos ahorrando. Una vez allí, me veré con mi amigo japonés, le regalaré el libro -sabe el suficiente español como para leerlo- y será el momento de plantearle las preguntas que en su día no me atreví a hacerle sobre aquel suceso. En ese momento, esta historia se activará de nuevo, y lo que tuvo su inicio en la vida real y yo retomé veinte años más tarde al comenzar a escribir este libro, saltará de nuevo a la vida real. Me interesa poder conocer su reacción, su actitud, y, sobre todo, poder atrapar las respuestas a mis dudas y los cabos sueltos que me temo que volverán a plantearse».

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