Enrique Vila-Matas: «Mientras gobiernen los que están ahora no puedo ser optimista»

Enrique Vila-Matas, escritor, Premio Rómulo Gallegos por su obra 'El viaje vertical'./Vicéns Giménez
Enrique Vila-Matas, escritor, Premio Rómulo Gallegos por su obra 'El viaje vertical'. / Vicéns Giménez

«No soy ni castellano ni catalán, soy polaco», dice el autor de 'El viaje vertical', que protagoniza en el Cendeac de Murcia el ciclo 'Perfiles'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) solo hay uno. No acepte imitaciones, ni genéricos, ni tampoco dé por válidos a los espíritus que intenten acercárseles en mitad de la noche, para acurrucarse entre sus sábanas, con la excusa de que son él en cuerpo y alma. Que no cuele. Vila-Matas es escritor. De altura y talento. Eso es sobre lo que, en su caso, no cabe la menor duda de que es, efectivamente, real. Es un demonio a la hora de eliminar los límites entre realidad y ficción, es un ángel con las palabras que utiliza para sus benditos juegos. Su obra ha sido traducida a nueve idiomas. Lo más reciente suyo es 'Mac y el contratiempo' (Seix-Barral). Mañana y el martes estará en Murcia, invitado por la Consejería de Cultura para protagonizar el ciclo 'Perfiles', organizado por el Cendeac, en el que también participarán Miguel Ángel Hernández y Fernando Castro Flórez -30 de octubre-. Al día, siguiente, a las 20.00 horas en el Espacio 0 del Centro Párraga, Vila-Matas compartirá la conferencia 'Teatro de variedades'. Lúcido, también extraño, parece poco probable que a él pueda pasarle lo que cuenta Bukowski a propósito de ese confiado capitán que salió a comer y cuyos marineros aprovecharon para tomar el mando del barco. O a lo mejor sí.

-España, le digo yo. Dígame usted algo a cambio.

-El drama nacional no puedo resolverlo yo. En todo caso, lo miro con distancia: trabajando, viajando, estando en otros lugares para no encerrarme y obsesionarme con él. No quiero obsesionarme.

Sobre las élites: «La élite ahora también sigue existiendo, pero es una élite absolutamente descerebrada»

La importancia de la lectura: «Se trata de que la gente, algún día, comprenda que un libro te puede cambiar la vida. Pero... la gente ve televisión»

Lo que nos espera: «El mundo es un caos que a veces se intenta organizar pero que avanza imparable, ¿no?, hacia su destrucción»

Cara y cruz: «Está bien que hoy en día se ponga en cuestión todo, pero no a cambio de que se haga desde las generalizaciones y la palabrería»

Cara y cru: «Yo no tengo nada de vampiro, o quizás sí y disimulo, pero me gustaba mucho Christopher Lee

-¿Optimista con su resolución?

-A muy largo plazo, en todo caso. Para ser optimista con respecto a España tendría que pensar en una sorpresa, y mientras gobiernen los que están ahora no puedo ser optimista porque la sorpresa no se ve por ningún lado. Si hablamos de Cataluña, yo he pedido diálogo y cambios tanto en el gobierno catalán como en el español, he pedido que cambiara el personal de alguna manera; pero todo esto no está claro que vaya a producirse. Sería la única solución, porque estamos en manos de unos políticos que demuestran una ineptitud bastante notable.

-Dice usted que es polaco.

-Sí. [Risas] Estuve ahora en Córcega, donde recibí el Premio Ulysse [en el marco del Festival Arte Mare], y en la televisión francesa lo dije: soy polaco. El premio [por el conjunto de su obra] celebra la novela mediterránea, y yo jamás he hecho novela mediterránea, ni china, ni rusa, ni femenina. Me dicen que soy un escritor mediterráneo y tengo que decir que no, que no me gusta el Mediterráneo, que me gusta más el frío que el calor. Y por eso digo: no soy ni castellano ni catalán, soy polaco. Pero resulta que ha sido interpretado por algunos como que polaco significa catalán, con lo cual no hay salida [risas]. Esto de decir que soy polaco se basa un poco en la historia de un señor cuya casa estaba justo en la frontera entre Rusia y Polonia; así es que le preguntaron si quería ser ruso o polaco, y él respondió polaco muy claramente. ¿Pero por qué?, quisieron saber. Y su respuesta fue: «Pues porque en Polonia hace menos frío». Uno ha de ir a lo práctico, hay que poner el cuerpo donde mejor se encuentre.

-¿Con qué ánimo viene a Murcia?

-Esta mañana estoy animado, y allí voy a encontrarme con amigos, eso es agradable. Fernando Castro Flórez ha titulado su conferencia 'A Murcia se va por ir', un título basado en una frase de Antonio Tabucchi. Un día se marchó a la isla más despoblada de las Azores, Corvo, habitada por cuarenta personas, y se encontró con un molinero que le preguntó, muy extrañado, que a qué había venido a esta isla tan pequeña. «A Corvo se viene por ir», le respondió. Me gusta esa respuesta.

Entusiasmo

-También hablará de su obra el escritor murciano Miguel Ángel Hernández...

-...Miguel Ángel, sí. Aparte de que es muy interesante lo que escribe, incluidos los diarios que también me gustan mucho, tiene una cosa que es poco española, por decirlo de algún modo: el entusiasmo por lo que hace, el entusiasmo por la escritura. Ese entusiasmo lo encuentro muchas veces en países latinoamericanos, pero aquí en Europa, y más concretamente en España, se ha perdido por completo, si es que alguna vez existió.

-¿Algo que en España pasa en todos los ámbitos: hacer las cosas sin pasión, un poco por cubrir el expediente y ya?

-Hay personas que trabajan muy bien, evidentemente, pero es cierto que ese hacer lo mínimo está relacionado con la educación y con la base cultural, que en España es inferior a otros países europeos. Además, la pasión no se aprende en las escuelas ni en ninguna parte. Te tiene que apasionar o no lo que haces. La falta de pasión ha ido destrozando, por ejemplo, la industria del cine. Los primeros cineastas eran unos apasionados que estaban descubriendo algo nuevo, pero luego el cine se ha tecnificado, lo ha invadido la burocracia. Se hace cine de una manera profesional, sí, pero sin entusiasmo, que para mí es algo imprescindible en este tipo de cosas. Había una frase muy interesante de Ralph Waldo Emerson, el escritor norteamerciano, que hablando de Estados Unidos decía que sin entusiasmo nunca se hizo nada; y es verdad, no se pone en pie nada si no es con entusiasmo.

Por ejemplo, el arte

-¿Para qué necesitamos el arte?

-Por ejemplo, el arte, en todas sus manifestaciones, cuando nos acercamos a él, puede ser un punto ya no solo de escape, sino de felicidad, de encuentro con algo que puede darnos sentido. Esa posibilidad es muy desechada, en general, como si se tratara de una excentricidad, de algo que no tuviera que ver con la vida. Pero claro que tiene que ver, y mucho, con la vida. Y de ahí, de ese considerarlo una excentricidad, que vayan tan mal tantas cosas aquí.

-¿Qué piensa cuando observa los datos que nos hablan de porcentajes muy elevados de universitarios que apenas leen, o nada, ni literatura ni a los grandes autores clásicos?

-No es culpa de ellos. Es por todo lo que se ha creado alrededor de la universidad: se han eliminado las Humanidades, por ejemplo, simplemente porque solo se va a buscar el modo más directo que pueda servir para ganar dinero. Les enseñan de forma que les hacen creer que son inútiles cosas que no lo son, ni mucho menos, como las Humanidades, incluso el pensamiento, pensar. Acabo de leer un libro de Antoine Compagnon, un pensador francés actual, que se pregunta '¿Para qué sirve la literatura?' (Acantilado). Y encuentra una gran cantidad de motivos y de razones para explicar que claro que sirve. Se basa en una frase de Italo Calvino que él quiere revisar por si está de actualidad o no; dice Calvino que tiene confianza en el porvenir de la literatura porque está seguro de que hay cosas que solo ella nos puede dar. Por ejemplo, una obra de Kafka como 'El proceso', trasladada al cine por un genio como Orson Welles, a pesar de todo no es lo mismo que el libro. En la literatura hay una serie de cosas que no están en las otras artes, y eso no significa que sea mejor o peor, porque mejor aún puede ser la música; la literatura no consigue tener la fuerza de la música, pero la música no tiene el pensamiento que incorpora la literatura y que, a veces, nos lleva al descubrimiento de una idea maravillosa.

Más

-¿Volverán a leerse los grandes textos con el afán de aprender, de instruirse, de saber historia, filosofía, de conocer a Homero...?

-Mucho tendrán que cambiar las cosas. Se trata de que la gente, algún día, comprenda que un libro te puede cambiar la vida. Pero... la gente ve televisión.

-¿A quiénes interesa relegar las Humanidades, minimizarlas?

-Esto viene de siglos atrás. Gustave Flaubert habla de cómo antes solo estaban instruidos los aristócratas y los reyes, algo que respondía al propósito de mantener el poder. Ya en el siglo XIX, seguía interesando que el pueblo sea burdo, ignorante y torpe, que no esté formado y que no sepa nada para, igualmente, mantenerse en el poder los que lo tienen. Entonces, Flaubert se pregunta si no está ocurriendo que esa ignorancia también está afectando a la propia clase dirigente. Y esa especie de profecía parece haberse cumplido ahora. En el mundo actual, basta ver en la televisión quiénes son los que ostentan el poder y cuál es la clase de cultura que poseen.

-Y de seguir por este camino, ¿qué?

-Bueno, en realidad, el mundo es un caos que a veces se intenta organizar pero que avanza imparable, ¿no?, hacia su destrucción. No quisiera parecer un catastrófico, pero es cierto que en otros momentos de la historia hemos contado con algunas apariencias de orden superiores a las que hay ahora; me refiero, por ejemplo, a que se podía confiar en el talento de algunas personas que dirigían, incluso en alguna élite; la élite ahora también sigue existiendo, pero es una élite absolutamente descerebrada.

-Se supone que las nuevas tecnologías han propiciado que se tenga acceso a una mayor información y conocimiento que nunca.

-Sin resultado positivo, vemos. Yo manejo un número muy limitado de libros, que son toda la fuente de lectura que tengo, y con esto me basta y me es suficiente. No por mucho tener información se te queda algo; lo que yo hago es concentrarme en unos conocimientos concretos, unos libros, unas músicas, unos cuadros... Ya habló Umberto Eco de esto, hace muchos años, cuando dijo que teníamos muchísima información, mil veces superior a la que tuvo Leonardo da Vinci. Seguro que incluso la persona más burra que conocemos la tiene, pero los resultados ahí están.

-¿Usted se siente cómodo en esta sociedad?

-No, no me siento nada cómodo. Nunca lo he estado, pero he vivido alguna época que me ha parecido mejor. En concreto, y no porque yo fuera joven entonces, los años 60 creo que fueron unos años de gran importancia; pero, después de ellos, se oscureció otra vez el panorama. También, en los años 20 es cuando se produce toda la aparición, por ejemplo, de los renovadores de la narrativa. Son décadas gloriosas, pero luego la barbarie se las come. Ahora está pasando, en el campo de la literatura, que algunos autores, incluso autores muy jóvenes que conozco, son vistos por el conjunto del ambiente cultural como excéntricos porque hacen un tipo de libros que reciben el calificativo de 'literarios'. ¡Y son mirados como raros dentro de la sociedad literaria misma! La literatura se ha transformado en otra cosa, y no solo en este país, sino en todos los occidentales. Qué ridículo quejarse de que una novela es muy literaria, es como quejarse de que un torero sea demasiado torero. Se tiende a la ligereza, a la superficialidad, a resumirlo todo en una frase supuestamente ingeniosa.

-¿Sus certezas?

-Pocas... Sergio Pitol, que fue prácticamente en literatura mi maestro, decía que cuando yo hablaba o escribía siempre decía «quizás» o «tal vez». No lo hacía a propósito, deliberadamente, pero es cierto que siempre las cosas que digo las pongo en cuestión. En mi propia forma de narrar siempre hay contrapuntos que se ríen de lo que acabo de decir, y el narrador no es evidentemente nadie pomposo ni seguro de sí mismo, sino todo lo contrario. Tengo la certeza, por ejemplo, de que todos vamos a morir. Está bien que hoy en día se ponga en cuestión todo, pero no a cambio de que se haga desde las generalizaciones y la palabrería.

-¿Vivir para qué?

-Vivir como lo único que tenemos y que, además, es maravilloso. Todo lo demás viene añadido con el vivir.

-¿Qué es lo último que se ha preguntado?

-Esta misma mañana: ¿el tiempo va o viene? No lo sabemos; se da por supuesto que pasa, pero no sabemos si va o viene. Estamos muy seguros de que el tiempo está ahí y de que va avanzando, pero ¿y si va hacia atrás?

-¿Existen personas a lo personajes de Tolstói: buenas, inocentes, generosas, afables...?

-Me he encontrado con personas admirables en todos los sentidos, sí; de hecho, pienso mucho en ellas atualmente porque cuando las conocí no me di cuenta hasta más adelante del valor que tenían; personas que no son precisamente muy famosas. Creo que hay muchas, lo que ocurre es que a las personas buenas de hoy en día las engañan todo el rato en la televisión, las engañan continuamente.

«Me quedé aterrado»

-¿Qué le pasó con Christopher Lee, el actor que mejor ha encarnado a Drácula?

-Yo no tengo nada de vampiro, o quizás sí y disimulo, pero me gustaba mucho Christopher Lee. Lo fui a entrevistar en 1969 cuando rodó en Barcelona; llegué, él estaba de espaldas, se giró y me quedé aterrado. Había visto su 'Drácula' muchos años antes, digamos que saliendo de la infancia, con diez años o doce, y había pasado un miedo brutal con esa película. Tenía 20 años cuando me encontré con él, pero ver su cara me impresionó mucho y toda la entrevista la hice tartamudeando casi. Era un hombre maravilloso, con una cultura amplísima, cantaba, era genial...

-¿Jamás qué?

-Jamás he odiado a nadie.

-¿Muy claro qué está?

-Que la vida sin literatura tiene menos interés. Resulta más ácida.

-¿Qué tiene comprobado?

-Pienso una cosa, o espero algo, y el mundo me desdice a cada momento.

-¿Qué no es lo mismo?

-No es lo mismo insistir que repetir. A mí me gusta insistir en lo que merece la pena, pero no me gusta nada repetirme.

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