Carmen Piqueras: «Hace mucho frío en la vida, cuesta trabajo adaptarse»

Carmen Piqueras./Enrique Martínez Bueso
Carmen Piqueras. / Enrique Martínez Bueso

Este viernes presenta su nuevo poemario, 'Veinte películas de amor y una canción de John Lennon', en el marco del festival Deslinde de Cartagena

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

A Carmen Piqueras (Murcia, 1963), poeta, le gustaría poder decir al final del camino, oleaje o vendaval último: «No fue mi vida la espera inútil de la lluvia en el desierto». Y eso que adora la lluvia, pero cuando es útil y, por ejemplo, guarda un inescrutable secreto mientras resbala por «tréboles y aulagas». Porque a la autora de 'Veinte películas de amor y una canción de John Lennon' (editorial Raspabook), el poemario que este viernes, a las 20.30 horas, se presentará en Cartagena, en la librería La Montaña Mágica y dentro de la programación del II festival poético Deslinde, también le fascinan los secretos, como ese «que se esconde y palpita en las grietas de los muros». 'Veinte películas de amor y una canción de John Lennon' es un diálogo poético con el cine, «con la memoria visual de las historias contadas con imágenes y reinventadas ahora» en los versos de Carmen Piqueras, que ayer recibió la noticia de que ha sido elegida para participar, como autora regional invitada, en la próxima edición del proyecto Mandarache de Cartagena, destinado a jóvenes lectores y que goza de un alto prestigio.

Películas como 'De repente, el último verano' (Joseph L. Mankiewicz, 1959), 'Casablanca' (Michael Curtiz, 1942), 'El hombre tranquilo' (John Ford, 1952), 'Esplendor en la hierba' (Elia Kazan, 1961), 'Doctor Zhivago' (David Lean, 1965), 'El gran Gastby' (Jack Clayton, 1974) y 'Un tranvía llamado deseo' (Elia Kazan, 1951), entre otras, tienen presencia en un poemario plagado de recuerdos, anhelos y pasiones sin freno. «De pronto, una mañana de junio, / un rayo de sol se cuela / hasta la cocina; trae consigo esas naranjas cuyo zumo es del / color de las fresas», recuerda y saborea Piqueras, quien defiende vivir como si no hubiese un nuevo alba esperándonos porque «al fin y al cabo no somos más que vivos incompletos, / muertos 'in pectore'».

«Las enseñanzas de los Evangelios son la única respuesta que puede dar solución a este disparate de mundo y de sociedad que tenemos»

-¿Qué le debe su nuevo poemario al de Neruda: 'Veinte poemas de amor y una canción desesperada'?

-Que su título me ha servido para hacer un juego de palabras para titular el mío, en el que homenajeo a películas que amo. El poemario de Neruda, por cierto, no solo me marcó durante mi acercamiento a la poesía en la adolescencia, sino que nunca lo he abandonado. Es un poemario magnífico.

Carmen Piqueras lo tiene claro: «Si habiendo mucho amor, como yo creo que hay todavía en este planeta, las cosas van como van, no quiero ni imaginarme el panorama que tendríamos sin él». Porque, asegura, «el amor es el único sustento de la Humanidad». ¿Y el desamor? «Es inevitable. No se podría entender la alegría sin la tristeza, y hay que asumir que no siempre conseguimos lo que queremos, ni siempre nos van a amar las personas que nos gustaría que lo hiciesen. Eso forma parte de las vivencias humanas, y le da más sentido al verdadero amor, que termina llegando».

-¿Por qué escribe poesía?

-Son muchas las razones, incluidas aquellas de las que no soy consciente. En mi caso, la poesía siempre ha actuado como una terapia muy eficaz. El hecho de poder poner por fin en palabras lo que sientes, o de poderte desprender del silencio espeso que ciertas devastaciones producen, actúa como una catarsis. La tristeza está ahí, el dolor está ahí...; y van a seguir estándolo por mucho que intentes negarlos. Ni el hombre más rico del mundo, ni el científico más listo, consiguen tampoco eludir la muerte. Lo más inteligente es plantarle cara a la vida con todas las consecuencias y no negando cosas que forman parte de ella. Luego, está claro que no siempre actuamos con esa madurez y sabiduría; a veces nos puede el desastre, pero incluso a la caída tampoco hay que temerle. Te caes, pues te levantas. Y no te quedes paralizado lamentándote.

-¿A qué está dispuesta por amor?

-Por amor estoy dispuesta a practicamente todo. Lo más importante para mí, y en esta situación histórica en la que vivimos más todavía, es tener conciencia de lo siguiente: es un imperativo vital, moral y ético echarle a la vida todo el amor posible, y eso empieza por el amor a una misma, algo imprescindible para querer a los demás. No me considero católica practicante, ni siquiera sé si soy creyente, pero sé algo: las enseñanzas de los Evangelios son la única respuesta que puede dar solución a este disparate de mundo y de sociedad que tenemos.

-¿Y el amor al enemigo?

-Bueno, si no amarlo, que tampoco veo yo que eso entre dentro de nuestras posibilidades como seres humanos, sí ponerse en el lugar del otro e intentar entender su razones, que no es lo mismo que compartirlas y asumirlas. En general, nadie tiene la verdad absoluta y toda la razón. Pero, incluso, con los que no las tienen hay que hacer concesiones porque no podemos vivir siempre en pie de guerra. Atrincherados en las grandes certezas y las verdades absolutas no vamos a ninguna otra parte que no sea el desastre.

Territorio hostil

-¿Vive integrada y cómoda?

-Vivo muy bien integrada y sintiéndome muy cómoda en mi grupo de amigos y con mi familia, es decir con la gente a la que quiero y que me quiere. Fuera de ahí, el territorio es muy hostil; hace mucho frío en la vida, cuesta trabajo adaptarse.

-¿Por qué le seduce un ser como Frankenstein?

-Es alguien que viene a la vida a través de los despojos de lo peor de cada casa. Un ser entrañable, que busca a su creador y que me recuerda al replicante de 'Blade Runner' [(Ridley Scott, 1982)] que, finalmente, salva la vida al policía y nos regala estas palabras maravillosas: «Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia». ¿No somos todos un poco Frankenstein? Conforme va pasando la vida vamos acumulando tanta miseria, tanto despojo, tantas muertes...; desde que empezamos a vivir empezamos a morir. Al final, ¿qué tipo de monstruos somos cada uno de nosotros?

Sabe Carmen Piqueras de la importancia de acumular recuerdos felices: «Es cierto que los recuerdos nos pueden salvar en momentos críticos. Los recuerdos felices de la infancia, el haberte sentido amado, te ayudan a resistir cuando vienen muy mal dadas; no obstante, no puedes quedarte ahí, no puedes estar siempre destapando los frasquitos del recuerdo e inhalando su aroma. Debes coger fuerzas y seguir viviendo».

-¿Cómo reconoce la llegada del deseo?

-Todo es humedad, sueño, latido. Falta el aire.

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