Sergio del Molino: «Mi yo adolescente me despreciaría»

Sergio del Molino: «Mi yo adolescente me despreciaría»
Rosa Martínez

El escritor presenta el lunes en Murcia su nueva novela, 'La mirada de los peces', donde reflexiona sobre su juventud

Rosa Martínez
ROSA MARTÍNEZ

La muerte voluntaria y anunciada a su círculo más íntimo de Antonio Aramayona desencadenó en Sergio del Molino (Madrid, 1979) un torrente de emociones. Abrió la puerta al impulso de escribir y a la necesidad de extraer todo lo que, de pronto, comenzó a removerse en sus entrañas. Aramayona, profesor jubilado de Filosofía, activista social y amigo de Del Molino, a quien guió en sus años de adolescencia dentro y fuera del aula, es el punto de partida de 'La mirada de los peces', el último libro del periodista madrileño, escrito al calor de la pérdida pero llevado a un tiempo veinte años atrás en el que el autor reflexiona sobre su adolescencia y juventud. Lo presenta el lunes, a las 19.00 horas, en la librería Educania de Murcia. Del Molino es autor también, entre otras obras, del ensayo 'La España vacía' (2016) y las novelas 'Lo que a nadie le importa' (2014) y 'La hora violeta' (2013), un doloroso relato en el que enfrenta, en primera persona, la muerte de su hijo.

Qué
Presentación del libro 'La mirada de los peces', de Sergio del Molino.
Dónde y cuándo:
En la librería Educania de Murcia (c/ Sociedad, 10). El lunes 30 a las 19.00 horas. Entrada libre.

-¿Necesitaba esta escritura?

-Todas mis escrituras nacen como una necesidad. Tiene que pasarme algo, o algo tiene que importarme mucho para que me lleve a escribir. No soy un 'rellena páginas', no tengo vocación de escribir por escribir; lo que me lleva a hacerlo es algo poderoso. En ese sentido, este libro no es una excepción.

«En el fondo, todos queremos vivir tranquilos, y para eso necesitamos tomar conciencia»

-Su detonante es la muerte de Antonio Aramayona.

-Sí. Recibo una llamada suya en la que me dice que se quiere suicidar. Antonio había sido profesor mío y seguíamos teniendo contacto. Él está enfermo, le falta una pierna desde hace mucho tiempo, ha tenido varias anginas de pecho y toma 31 pastillas todos los días para mantenerse con vida; y es militante del derecho a morir dignamente... No me sorprendió su decisión porque era coherente con él, pero esa llamada me provocó una catarsis; me llevó a comprar unos cuadernos y a empezar a escribir lo que más tarde fue 'La mirada de los peces'.

-¿Qué empezó a volcar en esos cuadernos?

-Al principio, era algo parecido a un diario. Esta novela tiene dos tiempos: uno es el presente y otro 20 años atrás. Enseguida, mis recuerdos de la adolescencia comenzaron a dominar el texto, y tuve la sensación de que lo que estaba escribiendo era un libro que ya tenía en la cabeza desde hace tiempo, y de que, tal vez, si no hubiese sido por la llamada de Antonio, no lo habría abordado tan pronto.

-¿A qué lugares que ya había olvidado le ha llevado esta novela?

-He intentado ser fiel a mis recuerdos, pero estos son una sustancia de ficción que se va transformando con el tiempo. No he hecho una investigación para hallar lo que he ido olvidando, me he centrado en lo permanente, y lo que permanece en mí de aquella época es una sensación de aburrimiento muy grande que he vuelto a vivir, y que entonces funcionaba como una opresión.

-¿Qué le aburría en concreto?

-Todo, pero fundamentalmente el sistema de enseñanza; era sumamente aburrido, y el entorno no ayudaba nada. En los barrios no había nada que hacer más que comer pipas en un banco. Por eso Antonio es importante, porque nos enseñó a ver un mundo que no estaba a nuestro alcance.

-¿Qué ha encontrado de sí mismo en ese viaje a su juventud?

-Mucha rabia. Injustificada pero muy legítima. Estoy convencido de que mi yo adolescente despreciaría a mi yo adulto; consideraría que soy un ser totalmente abyecto que merece la eliminación, y creo que, a mi pesar, tendría razón. Los adolescentes, dentro de su visceralidad, tienen razón, y por eso nos incomodan tanto a los adultos. Dicen las cosas sin ningún tipo de diplomacia, pero nuestro miedo no es tanto su brutalidad, sino asumir que cuando nos juzgan tienen razón. Yo me he sentido juzgado, en parte, por mi yo adolescente.

-¿Por ejemplo?

-Bueno, creo que entonces había en mí una radicalidad política que he perdido y un desprecio al cinismo muy grande, pero, sobre todo, creo que ese yo adolescente no entendería mi humor. Es una conquista adulta que tiene que ver con la supervivencia.

-¿'La mirada de los peces' ha cambiado su forma de enfrentarse a la propia muerte?

-Cambió con 'La hora violeta', que es un libro conectado a este. Ahí fue cuando le perdí el miedo a morir y se lo gané al dolor y al sufrimiento. Con respecto a Antonio, lo que siento es una comprensión absoluta; comparto sus motivos, su decisión, y me parece que yo también querría una muerte así. Lo que me preocupa es que un exceso de solemnidad al tratar la pérdida inhiba a la gente de mostrar sus sentimientos. La muerte es un tema muy incómodo, no hablamos sobre ella y la ocultamos en tanatorios a las afueras de las ciudades. Creo que es necesario llevarla a un terreno coloquial.

-¿Qué es lo importante?

-Muy poquitas cosas, y todas tienen que ver con lo íntimo y lo cercano. Estamos viviendo un momento muy absurdo en este país donde se pueden poner en peligro cosas que no deberían ponerse en riesgo. En ese sentido, reivindico una toma de conciencia. En el fondo, todos queremos vivir tranquilos y en paz, y para eso necesitamos tomar conciencia. Es muy irresponsable cargarnos la posibilidad de seguir conviviendo en paz.

-¿Cataluña es un conflicto sin vuelta atrás?

-Es un conflicto muy difícil de resolver ahora mismo, pero no es un conflicto sin vuelta atrás; no creo que haya ninguno imposible de resolver, hasta las guerras más duras acaban cicatrizando. Pero sí estamos ante una situación complicada que va a durar; no podemos esperar una solución de una semana para otra.

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