Juan Ramón Lucas: «El guerracivilismo está en nuestro ADN»

El periodista y escritor Kuan Ramón Lucas/
El periodista y escritor Kuan Ramón Lucas

Miguel Zapata, 'el Tío Lobo', el olvidado magnate que fue amo y señor de la Sierra Minera de Cartagena-La Unión, protagoniza su primera novela: 'La maldición de la Casa Grande'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«Para mí, la Región de Murcia es como una inyección de energía, una tierra que me proporciona espacios para la amistad, el arte y el disfrute del mar», dice Juan Ramón Lucas (Madrid, 1958), periodista de exitosa trayectoria y autor de la novela 'La Casa Grande' (Espasa), con la que se estrena en la literatura recreando, cien años después de su muerte, la vida de Miguel Zapata, 'el Tío Lobo', el olvidado y ácido magnate que fue férreo amo y nada recomendable señor de la Sierra Minera de Cartagena-La Unión. Si Pedro Páramo, el inmortal personaje creado por Juan Rulfo, fue «un rencor vivo», el Tío Lobo fue alguien que «no consideró por encima de él a nadie que no fuera Dios mismo, y no siempre». La novela será presentada -el jueves 28 de junio- en la mina Agrupa Vicenta de La Unión, donde Lucas estará acompañado por la escritora María Dueñas y por el político Francisco Bernabé, quien asegura que «La Unión necesitaba su gran epopeya y ya la tiene gracias a la mano maestra de Lucas».

-¿Qué le gustaría que les sucediera a los lectores de su novela?

-Que se conmovieran y se emocionaran con una historia que habla de nosotros mismos, de la propia condición humana, porque en ella hay amor, ambición, dolor, miseria, estados de ánimo por los que todos pasamos en algún momento, situaciones de terrible explotación...; me gustaría que, al terminar de leerla, la gente se conociera un poquito más a sí misma. Y, por supuesto, que disfrutaran con una historia apasionante que creo que merece la pena que sea rescatada del olvido.

Lucas nos hace viajar a un pasado que quema. Así lo cuenta: «Estamos en 1918. Comienza 'La maldición de la Casa Grande' con María Adra regresando a la casa de los Zapata, la Casa Grande de los hombres que amó y odió hacía muchos años, donde aprendió a leer y se escribió su destino». Y llega «dispuesta a romper la maldición que pesa sobre la familia para poder salvar la vida de su hijo. También quiere acabar con el silencio de la Historia sobre un hombre, Miguel Zapata, que tuvo lo que mereció, tanto los más atroces sufrimientos como el poder y la riqueza que buscó con determinación». ¿Y quién es María Adra? La «amante del primogénito del patriarca y madre de un nieto bastardo del Tío Lobo, marcado por la misma maldición que llevó a los hijos de Miguel Zapata y Juana Hernández a una muerte prematura. Y tiene un deseo: contar la historia del viejo Tío Lobo para que la memoria no se diluya en la ruina de la sierra». El reino del Tío Lobo, narra María Adra en la novela -que transcurre en una sierra minera donde reinaba la ley del mas fuerte, que era siempre el más rico, y el orden lo imponían el fuego de la pistola y la necesidad de comer-, «era un infierno feroz y oscuro».

Reconoce Lucas que «esta novela no se habría escrito sin que mi amigo Francisco Bernabé [todavía delegado en Gobierno en funciones en la Región de Murcia], me pusiera tras la pista de Tío Lobo una noche durante el Festival del Cante de las Minas de La Unión cuando él era alcalde». «A mi lado -añade- María Dueñas escuchó fascinada la historia, pero tuvo la generosidad de cedérmela». Además, Arturo Pérez Reverte, «buen conocedor del Tío Lobo, me aseguró, ante mi temor de que decidiera él fabular sobre su historia y este relato no llegara a ver la luz, que 'uno no elige a los personajes, son ellos los que lo hacen'».

Deja claro el periodista y escritor que 'La maldición de la Casa Grande' «no es una novela histórica ni tiene pretensiones de ser biografía de nadie, ni siquiera de Miguel Zapata, el Tío Lobo. Los personajes centrales existieron y he buscado aproximar sus caracteres en la obra a lo que de ellos y su personalidad se sabe, pero las circunstancias en las que se ven envueltos son pura invención».

-En su novela tiene una importancia capital el personaje de María Adra...

-... es una novela en la que son muy importantes las mujeres. Es muy triste que se relaten situaciones, que tenían lugar hace más de 150 años, que hoy se siguen repitiendo. ¿Cómo es posible que, ante la actuación de 'La Manada' [condenados a nueve años de cárcel cada uno por abuso sexual], haya gente que defienda a estos tíos con el argumento de que la chica [la víctima] aceptó estar con uno de ellos, ¡por favor! Más de un siglo después de todo lo narrado en 'La maldición de la Casa Grande', muchos hombres siguen teniendo con respecto a las mujeres la misma actitud machista, y son muchas las mujeres que, igual que entonces, siguen siendo víctimas de la violencia de los hombres.

Brutalidad

Juan Ramón Lucas ha puesto mucho empeño en «reflejar lo más fielmente posible la atmósfera opresiva y violenta de la Sierra Minera en aquellos tiempos». «La brutalidad de los explotadores», añade, «la ferocidad de sus sicarios, la imposición de voluntades por encima de la ley, el ambiente de los cafés cantantes y la atmósfera insalubre que se respiraba son parte de la historia de este rincón de España que no está en los libros de texto, pero sucedió».

Una novela que su autor dedica, además de a Sandra Ibarra, «que hizo suya mi convivencia de años con Lobo y María, y fue siempre mi compañera y aliento en esta emocionante aventura vital», también «a los mineros de todo el mundo, y a todas aquellas personas que sufren injusticia y abusos de poder; especialmente, a las mujeres».

-¿Cómo es su relación con la Región de Murcia?

-Descubro Murcia cuando hago la mili en el 78. Hoy, para mí es, en primer lugar, un territorio en el que disfruto de amigos de hace muchos años. Y le sigo agradeciendo haber descubierto allí un arte que para mí, en estos momentos, es vital: el flamenco. Y su Mediterráneo maravilloso. Por cierto, lo ocurrido con el Mar Menor es una gran desgracia. Para mí, Murcia es como una inyección de energía, una tierra que me proporciona espacios para la amistad, el arte y el disfrute del mar.

-Hay quienes dicen estos días que España se hunde, que peligra, que se va al carajo; se descuidan y dicen que ha llegado... ¡el Apocalipsis!

-¡No, hombre, no! Termina un ciclo, que ha sido complicado, y quedan muchos retos por delante, pero nada de Apocalipsis. Hay mucho apocalíptico, es cierto, también en algunos medios de comunicación, pero a veces pienso que el Apocalipsis que algunos anuncian tiene más que ver con vender ejemplares, o con ganar oyentes, que con la realidad. Es cierto que hemos pasado una crisis económica durísima, y que ahora podemos estar muy alterados con el tema catalán, o muy afectados por la moción de censura [que ha llevado al socialista Pedro Sánchez a Moncloa] y todo lo que se quiera, pero toda esta situación no deja de ser un ciclo más. Lo que me parece necesario es intentar curar las heridas que ha podido dejar la crisis económica.

-Y con heridas incluidas, ¿qué saldo arroja nuestro país?

-Pues, a lo mejor soy un ingenuo, pero sigo pensando que España es un gran país que sigue teniendo enormes posibilidades.

-Y la otra cara de la moneda, ¿cuál es?

-Hay algunas cosas que siguen igual: somos codiciosos, la envidia sigue ahí presente, a veces miramos demasiado hacia otro lado...; y somos muy viscerales: a lo mejor vemos a alguien que está sufriendo, y le ayudamos, y cuando doblamos la esquina ya no nos acordamos ni de esa persona, ni de su sufrimiento. Somos muy de impulsos. Recuerdo que cuando se celebró aquí [en 1991] una cumbre israelí-palestina, siendo Felipe González presidente del Gobierno, se organizó en dos días y todo el mundo se admiró de nuestra capacidad de organización; seguimos improvisando bien. Este es un país en el que hay grandes defectos, el guerracivilismo está en nuestro ADN y somos incapaces de llevarnos bien con el que piensa de otra forma y siempre le denostamos; pero, al mismo tiempo, somos un pueblo rico, alegre y con capacidad para sobreponerse a cualquier situación. Creo que saldremos de ésta como hemos salido, y saldremos, de muchas otras.

Independentismo catalán

-¿Incluso del 'conflicto catalán'?

-Depende. En el otro lado, en el del independentismo catalán, hay demasiada intolerancia, sectarismo, supremacismo. A ver cómo actúa en este tiempo nuevo esta gente que ha apoyado el cambio en la presidencia del Gobierno, y que parece que no ha sido a cambio de nada trascendental, puesto que hay un nuevo ministro de Exteriores [José Borrell], al que probablemente le estén poniendo ya dianas los medios independentistas; a él y a Pedro Sánchez por haberle nombrado. Si fuesen realmente posibilistas, rebajarían un poquito el listón y facilitarían que se pudiese iniciar un diálogo que, quizás, con un consenso global, llevara a una reforma de la Constitución que pudiera satisfacer a unos y a otros sin que este país se desgajara, porque eso no se debe permitir. Podría ser la solución: diálogo de verdad. Vamos a bajar todos un poquito el listón y a ver si podemos empezar a ponernos de acuerdo. Confío en que eso pueda suceder ahora en el otro lado, y que entonces en éste se pudiera tener algún gesto de grandeza. La grandeza, que me parece que es tan importante, ha estado ausente de la política en este país en los últimos tiempos. Y sé que es difícil lo que planteo, porque soy ingenuo pero no tonto [risas].

-¿Usted qué procura?

-Procuro darle a la gente todo el cariño que puedo; darte tú a los otros es muy importante. E intentar hacer, durante el mayor tiempo posible, cosas que me hagan sentirme bien.

-¿Autocrítico?

-Intento no castigarme mucho a mí mismo, pero no dejo de aspirar a hacer las cosas, en todos los aspectos, cada vez mejor. Siempre aspiro a más, no soy conformista. Mientras escribía la novela, por ejemplo, no me abandonada esa sensación de que podría hacerlo mejor... No es que sea un eterno insatisfecho gruñón, pero tengo la ambición, yo creo que saludable, de aspirar a mejorar.

-¿Optimista?

-¡Fíjese si lo seré, que creo que a la gente le va a gustar la novela! [Risas] Me gusta encarar el futuro con optimismo, procuro crecer. Tengo mis miedos, mis ansiedades, mis inseguridades..., pero soy optimista y positivo cuando pienso en mañana.

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