Jorge Fin: «¡Echaos al monte. Vale la pena!»

Jorge Fin, ayer en el Palacio Almudí junto a una de las obras de su exposición./E. Martínez Bueso
Jorge Fin, ayer en el Palacio Almudí junto a una de las obras de su exposición. / E. Martínez Bueso

El pintor inaugura hoy en el Palacio Almudí de Murcia una exposición homenaje a Henry David Thoreau. Inspirada en el libro 'Walden o la vida en los bosques', ha empleado 1.600 azulejos sobre los que ha creado un canto a la naturaleza

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«¡Echaos al monte. Vale la pena!», propone entusiasta Jorge Fin (Madrid, 1963), pintor afincado en la Región desde hace décadas, y que lleva tiempo habitando, y creando un mundo pictórico, a caballo entre la felicidad del fuego y la calma de la nieve solitaria, en la huerta de Molina de Segura, en la conocida como Casa del Canónigo, una extraña residencia como de película que parece surgida de los sueños mezclados de Lampedusa y de Guillermo del Toro. Fin, responsable de exposiciones que desatan la imaginación, como la que pudo verse en el madrileño espacio AVAM de Matadero, inaugura hoy en el Palacio Almudí de Murcia la titulada 'Walden. Manual para echarse al monte', un poético, sutil y minucioso trabajo pictórico con el que rinde homenaje al conocido, e influyente, libro de Henry David Thoreau.

La exposición, para la que el artista ha utilizado 1.600 azulejos, sobre los que ha pintado con rotulador de color azul y que están colocados milimétricamente con 3.200 velcros sobre las paredes de la sala alta del Almudí -«¡un trabajo de chinos!», exclama-, es un canto a una vida lo más en sintonía y en conexión con la naturaleza que sea posible. A la compañía del viento, la sabiduría que encierra el bosque, a despertarse en paz con el canto del gallo, a las huellas de pisadas que encierran sueños, al canto de los pájaros sin nombre.

Exposición
'Walden. Manual para echarse al monte'.
Artista
Jorge Fin.
Dónde
Palacio Almudí. Murcia.
Inauguración
Hoy, 19.30 horas.

Así explica Fin el origen de su nueva muestra: «El 4 de julio de 1846, Henry David Thoreau se hartó. Sus años de estudio en Harvard y el boyante negocio familiar como fabricantes de lápices le tenían predestinado en el camino del éxito. Pero...». Todo dio la vuelta como un reloj de arena: «Con un hacha prestada construyó una cabaña en el bosque junto a la laguna de Walden, cercana a su casa en Concord, Massachusetts, y pasó allí dos años, dos meses y dos días disfrutando en relativa soledad del descubrimiento de la vida y escribiendo el libro 'Walden o la vida en los bosques', lección básica para libertarios de toda calaña, como Mahatma Gandhi o Martin Luther King».

«No quiero convertirme en esclavo de nada. Más que por la persecución de lo deseable, mi vida se rige siempre por la huida ante lo indeseable»

«Muchos años después», prosigue el pintor, «fui yo el que me harté. Tras licenciarme en economía financiera en el Colegio Universitario de Estudios Financieros (CUNEF) de la Universidad Complutense de Madrid, y trabajar unos años en un banco inglés, estaba predestinado para...». Y, de nuevo, todo giró y llegó para él una nueva vida, radicalmente distinta a la que llevaba, como si acabase de dejar atrás un diluvio de proporciones bíblicas y hubiese encontrado un nuevo horizonte, y un hogar más confortable y apetecible, en la pintura. Hoy sigue siendo su gran pasión y el modo de ganarse la vida: «Se cumplen treinta años desde que dejé la empresa para inventarme diariamente como 'monarca de cuanto observo' y pintor de cuanto imagino».

Fin ha concebido y creado la exposición 'Walden. Manual para echarse al monte' como «un encuentro con quien quiera disfrutar de la libertad y el placer del dibujo de ideas, plasmadas con rotulador sobre azulejos, como un ocioso estudiante en el baño de la facultad».

Composiciones de una sencillez luminosa, como de ropa recién lavada y tendida al aire puro, como de siesta de verano sin ruido alguno que perturbe, como el reflejo de tus manos en un lago oculto. Junto a la mayoría de las obras expuestas, que no tienen título, pueden leerse fragmentos del libro de Henry David Thoreau que las inspiran. Ejemplo: «Tenía tres sillas en mi casa, una para la soledad, dos para la amistad, tres para la compañía». Otro más: «Descubrí que era vecino de los pájaros, no por haber atrapado uno, sino por haberme enjaulado a su lado».

Pero no todo es paz en esta muestra del artista madrileño, que se disfruta con la placidez con la que se pasea por un jardín botánico. También hay espacio para la guerra, la batalla, el sufrimiento, la extinción. A partir de estas palabras que encontramos en el capítulo XII del libro de Thoreau -«Nunca llegué a saber qué bando resultó victorioso, ni la causa de la guerra»-, el pintor ha creado una imponente batalla de hormigas que, sobre el suelo, sirven de inquietante preámbulo al contenido ya mucho más relajado de la muestra. Una batalla descarnada, entre hormigas azules y negras, en cuya concepción se involucró con sus 'sabios' consejos de adolescente el hijo pequeño del artista, de 13 años de edad, que se llama como su padre: «Esta obra no sería la misma sin la ayuda de mi hijo, que me dijo, entre otras cosas: 'Papá, no está equilibrado el número de hormigas negras y rojas en el combate, y eso no es justo'. Y tenía razón, así es que seguí trabajando en la pieza».

Desde Egipto

'Walden. Manual para echarse al monte', ha sido organizada por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Murcia, y en el catálogo de la muestra, cuyo diseño es obra de Sublima Estudio, escriben, precedidos por unas palabras del alcalde José Ballesta, Emilio Sola y una persona muy especial para Fin, su hermano Alberto de Juan, reconocido galerista de Max Estrella. De Juan se muestra fascinado con los logros de Fin utilizando el azulejo como soporte. «Ha vuelto al dibujo como protagonista total. Pero en esta ocasión -indica- sobre azulejo». «Esta técnica le genera nuevas dificultades al artista», añade, «pero también nuevas posibilidades creativas. El azulejo ya lo utiliza Imhotep en el 2600 a. C. en la pirámide de Saqqara. Desde Egipto se encuentra su rastro en Mesopotamia, Persia... hasta que el mundo árabe musulmán lo introduce en Europa. La Alhambra de Granada tiene hermosos ejemplos. Y es a partir del siglo XIII cuando se empiezan a cubrir de suelo a techo los palacios españoles y portugueses».

Emilio Sola, por su parte, considera admirable ese don de Fin para «resumir la naturaleza toda en una gota de rocío o en un hormiguero en movimiento, o en las huellas que la lluvia va dejando en la superficie de un lago. O su angustia ante el espectáculo de la devastación cotidiana se resuma en una humilde imagen, a la vez trágica, de un árbol mal talado en el centro de un bosque invernal, casi laberinto inanimado a la espera de nueva primavera». Y Fin, también satisfecho con el resultado de 'Para echarse al monte', sigue teniendo claro aquello a lo que se niega: «No quiero convertirme en esclavo de nada. Más que por la persecución de lo deseable, mi vida se rige siempre por la huida ante lo indeseable».

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