«Estoy intentando aprender a quererme»

El actor Luis Merlo encabeza el reparto de 'El test'. / P. Urresti.
Luis Merlo. Actor

Repuesto del problema de salud que generó una riada de muestras de afecto hacia el intérprete, regresa al Romea para representar 'El test'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

A su madre, la gran Marisa Luisa Merlo -espíritu libre-, la llamaba... ¡Glenn Ford! Lo hacía cuando ella atravesaba una etapa de su vida en la que se peleaba mucho por la calle. Un día frenó: se acabaron los enfados, ¡punto y final al malhumor! Luis Merlo (Madrid, 1966), querídisimo y popular intérprete -Mauri en 'Aquí no hay quien viva' (Antena 3, 2003-2006); Bruno Quiroga en 'La que se avecina' (Telecinco, décima temporada)...- al que no parecen agotársele el carisma y el don para una comicidad demoledora, fue ingresado el pasado 12 de julio a causa de una grave insuficiencia respiratoria que obligó a sedarle y administrarle respiración asistida. La noticia corrió como la pólvora y dinamitó multitudes de sonrisas, convertidas en gestos sombríos de preocupación. Superado el susto, vencida la alarma, estimulado y reconfortado por tanto cariño que no esperaba, Luis Merlo sigue de gira con 'El test', la obra de Jordi Vallejo que este viernes, a las 21.00 horas, se podrá disfrutar en Murcia.

Dónde y cuándo
Teatro Romea de Murcia, viernes a las 21.00 horas.
Precios
20, 22 y 25 euros.

-Regresa usted al Romea, después del susto padre que nos dio en julio, y lo hará para interpretar 'El test'. ¿Qué se le pasa por la cabeza?

-Ahora mismo, muchos buenos recuerdos; también siento una enorme gratitud y una emoción que me lleva acompañando desde que he podido comprobar, día a día, el cariño que muchísima más gente de la que yo pensaba me tiene. El Luis Merlo que vuelve a Murcia no es el mismo de hace unos meses; me he llevado un susto mucho más grande del que yo he dado [sonríe] a la gente que me quiere. En el Romea se han estrenado algunos de los mejores montajes en los que trabajado, como 'Después de la lluvia' -el 25 de enero de 1996-, con mi hermana Amparo [Larrañaga], Maribel [Verdú], Natalia Dicenta...; y en 1998 'La última aventura', de Ana Diosdado. A Murcia yo voy siempre con mucha ilusión.

-¿Por qué cree que llena teatros?

-[Sonríe]. ¿Por mi irresistible belleza, quizás? [Risas]. No lo sé, en serio. Lo que sí puedo asegurarle es que yo no trabajo para que me aplaudan mis compañeros de profesión, ni para que me elogien los críticos o me den premios. No, yo trabajo únicamente pensando en ese público que tengo delante en cada función, y lo que deseo es que se enamoren del teatro como yo lo hice siendo todavía un niño, cuando ya tenía claro que quería dedicar mi vida a este oficio maravilloso. Mi única meta es esa: que el público ame el teatro y lo disfrute.

«El Luis Merlo que vuelve a Murcia no es el mismo de hace unos meses; me he llevado un susto muy grande»

-¿De qué título teatral no se olvida usted?

-De 'Los peces rojos', de Jean Anouilh. Mi madre tenía función el día en el que yo tomé la primera comunión, así es que la celebramos por la tarde en el teatro. Luego, en ese mismo teatro, estrené un montaje que fue fundamental en mi carrera: 'Calígula', de Albert Camus. Tenía 27 años, y lógicamente no podía entender esas conclusiones tan tremendas a las que llega el personaje. Yo ponía en él todo mi corazón y mi alma, pero intelectualmente no comprendía muchas de las cosas que decía. Ahora sí lo entiendo cuando habla, por ejemplo, de lo amargo que es hacerse hombre, de esa terrible angustia que a veces sentimos. Tengo 51 años, he hecho todo un gran viaje para pasar de ser joven a ser un señor. He tenido una vida bastante intensa porque, la verdad, no he querido pasar por esta vida de puntillas; he pasado por ella como un elefante por una cacharrería [risas].

Nostalgia

-¿Tiende a perder la esperanza?

-A veces sí. Soy una persona bastante nostálgica, y la nostalgia es un lujo que no siempre te puedes permitir. De joven, quería que el mundo se amoldase a mí, pero aprendí que el mundo tiene muchas cosas que hacer antes de cumplir mi deseo, está muy ocupado [risas]. No somos tan importantes, y aprender eso te descarga de mucha responsabilidad y, por otro lado, hace que cada regalo que te llega, profesional o vital, sea percibido justamente como eso: un regalo. De jóvenes creemos que nos lo merecemos todo, pero conforme vamos cumpliendo años nos apuntamos a eso de '¡Virgencita, que me quede como estoy!'.

«Soy muy consciente de esto que le voy a decir: hay gente con mucho más talento que yo que no tiene trabajo»

-¿Sigue siendo muy curioso?

-Sí, pero ya de otra forma. Antes lo era estando mucho más en la calle, ahora lo sigo siendo de un modo más cómodo, lo reconozco: en mi salón con la chimenea encendida. ¡No ahora, no, ahora no, la chimenea la enciendo en diciembre, no estoy loco!

-¿Qué es ahora más que antes?

-Fuerte. Tienes que sobrevivir. Como a todos, creo, me han hecho más fuerte los desencuentros, los finales no felices...; pero procuro no quejarme porque, entre otras cosas que hacen de mí un privilegiado, llevo haciendo este trabajo 32 años y tengo la suerte de poder seguir viviendo de él. Y lo que le decía antes, es muy agradable sentir el cariño de la gente. Cuando ingresé en el hospital, y la noticia saltó a los medios, se planteó que teníamos que hacer un comunicado. ¿Un comunicado? A ver, se trataba de un asunto muy personal, de mi vida más privada. Pero fueron tantísimas las muestras de cariño, tanta la gente que se interesó por mí, que hubo que informar y, sobre todo, que dar las gracias de verdad, porque yo las gracias que estoy dando es desde lo más profundo de mi corazón.

«No he querido pasar por esta vida de puntillas; he pasado como un elefante por una cacharrería [risas]»

-¿Y ahora cómo se toma la vida?

-[Risas] Ahora la vida me toma a mí. Y en ese dejarme tomar, voy a seguir intentando hacer cada día mejor mi trabajo, y procurar corresponder en la medida que pueda a todo ese cariño que he recibido. A veces estoy muy cansado, claro que sí; a veces lo que quiero, y necesito, es estar en mi casa, claro que sí. Pero, mire, soy muy consciente de esto que le voy a decir: hay gente con mucho más talento que yo que no tiene trabajo. Soy un privilegiado, el susto ya pasó y aquí sigo: haciendo reír al público, que me encanta porque necesitamos mucho la risa. ¿Por qué? Pues porque vivimos unos tiempos difíciles, porque los políticos que tenemos no nos protegen como deberían, y porque la crisis ha hecho de España un país más triste, aunque le voy a decir otra cosa: pienso que, al final, todo va a salir bien porque somos un país en el que los que vivimos en él nos queremos mucho más de lo que muchas veces pensamos y nos creemos. Mire, 'El test', una función con la que el público se divierte muchísimo, nos habla precisamente de lo que sucede cuando no se hablan las cosas, que se pudren; de lo que sucede con la amistad que no se resetea, o cuando los conflictos de una relación se meten debajo de la alfombra y no se encaran.

-¿Hace usted como José Sacristán, que se vigila y se echa broncas?

-No, no, yo no me echo ya broncas, no, no, no. Lo que intento ahora es procurar arroparme porque bastante he sido ya durante mucho tiempo de los que se regañan. Me decía mucho: '¡Mira qué bien están todos y lo mal que estás tú!' [Risas]. Estoy intentando aprender a quererme y me he apuntado a la dieta de la alegría, que consiste en que no pase un día sin una sonrisa cada mañana y un gracias al final del día. Y lo que no me falta es la determinación de seguir caminando.

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