'La foto de entonces'

'La foto de entonces'
M. Saura
HELENA PALCRIS (PSEUDÓNIMO)

Dónde estabas ese día. En la fotografía miras de lejos, desde las afueras de la historia, desde los arrabales de lo acontecido. Te asomas por encima de las apreturas del papel, como si ya no fueras tú la que se ve junto al árbol o como si se cumplieran semanas de tu marcha. En esa fotografía todo tiene el color de la mercromina que cauteriza el tiempo, como aquellas rozaduras que te causaban las chancletas sobre los tobillos. Te hablo de la herida antigua y de aquella edad tan fuera de plazo como la fecha caducada de los yogures. De aquellos meses en los que tenías el potasio por los suelos y te daban mareos nada más salir de la cama. A ratos te entretenías esculpiendo caras en una manzana, hasta que se tronchaba la nariz y no te quedaba otra que comenzar de nuevo. Otras veces modelabas monigotes de harina sin levadura. Esqueletos de sarmiento los llamabas. De los días en los que tú buscabas fragmentos de alabastro y yo el camino pedregoso hasta tus besos. De las tardes con regusto a mortadela durante la merienda cena, mucho antes de que los retortijones se adueñaran del estómago de los afectos, antes incluso de que la hambruna de la soledad se nos comiera por los garrones. La foto de entonces. El punto de apoyo de la sonrisa. De qué sonrisa. La de quién. La distancia poco hecha, apenas vuelta y vuelta, o la que fue buscada con descaro a partir del trampeo del encuadre. El escapismo al otro lado de la lente en el preciso momento en el que los amigos gritan patata. Tal vez es eso lo que gritan. Se aprecian las varices del gesto. El tacto del rojo. El papel sin brillo, sin el brillo aquel de los días, carente del fulgor que tenían las tapas de las libretas cuando escribía tu nombre y detrás de ese apunte anotaba todo lo que vivía sin luz en la trastienda de ese nombre. Puede que alguna vez el retrato contara con un matiz que ahora no conserva, que posiblemente se diluyó como el rastro satinado de baba que dejan los caracoles. Las pausas de óxido de la foto. En esa imagen todo es encarnado y lo que no es encarnado es de barro. Tú y los pedruscos. La mirada del otro. Lo que sucedió o lo que dejó de suceder. Vocean algo, lo que sea. No estás. No eres tú. Hay alguien que se te parece pero no resultas necesariamente tú. Es una silueta a contrapié en el ombligo de un fotograma a destiempo. Gritan. No puedo desde aquí saber qué gritaban en ese instante. Patata quizás, o cualquier otra cosa de poca enjundia. Lo que no recuerdo me lo invento, como de niño me inventaba la nieve sin haberla visto. Se distinguen los nudos claros del membrillero, las grecas azules de un suéter muy semejante al que usabas a diario y una cara que no es la tuya, no puede serlo. Resultas distinta, aunque esa cara también pronuncie el dialecto de tu delgadez. Intento reconocer tu piel entre las paredes de la fiesta, pero solo distingo a ese personaje en fuga mientras se desgañita como los demás. A la de una, a la de dos y a la de tres, patata. A lo mejor no gritaban y simplemente hablaban todos a la vez. Quizás no hacen más que contarse en voz alta sus cosas, las de un tiempo atiborrado de canciones italianas y cagadas de rata. No lo sé. No sé qué chillan. No puedo saberlo, aunque ahora escriba de ello y ande preparando una fe de erratas de lo acontecido. Dicen algo a grito pelado. Están los globos de helio anudados a la quietud de una silla. El trapo de rizo descolgando hilachos de penumbra sobre el mantel de hule. El calentar y listo de las latas. Los amigos. No sabría decirte dónde queda ese campo en el que alguien, quien sea, celebra su cumpleaños. Los disfraces bajo el calor atosigante del mediodía. Las sombras austeras del mediodía y los trasquilones del paisaje. Eso y los gritos atascados, los del tubérculo pronunciado a la de tres. Quizás saliste del plano a través de esas rendijas que convierten a la foto en un atlas de la edad. El pigmento terroso de la arcilla invade la imagen y la propiedad exfoliante de esa arcilla se acaba zampando a las células muertas de la memoria. No eres capaz de recordar la escena porque ya no eras la chica francesa en aquel verano del setenta y seis. Quién eras a las tantas de ese tiempo. Personificas a nadie entre los globos mustios de la cuchipanda. Resultas un grumo de impaciencia frente al equilibrio tieso de las cañas. A estas alturas deslomadas y huidizas ni siquiera es tu sombra. Supone si acaso una presencia fugitiva que busca la escapatoria, como lo hacen esos perros que husmean las basuras hasta que aparece quien los espanta. Lo que tú no sabes, tú qué vas a saber, es que el factor de protección de aquel bronceador untoso fue incapaz de protegernos de esa quema de las despedidas, de todas las despedidas, de ese pan de dolor que llegó después de leerme aquel epílogo que escribiste con tu meñique sobre el talco. Qué difícil lo hacías todo. Dónde te encontrabas cuando se cruzó por delante de la cámara la tripa gorda de un oso con una botella de vodka. Está la felpa mal cosida, los costurones chabacanos sobre los ojales del oso. El pelucón de mi hermano. Las solapas grandes de las camisas a cuadros. La fotografía ha dormido años en el vientre de un libro, al frescor de esos párrafos sobre los que caminan unos pequeños bichos plateados con aspecto de pez. Los transeúntes sigilosos de las novelas. En cierta ocasión agarraste uno y le diste cobijo en una caja de pastillas para la tos. Cada noche le echabas de comer trozos minúsculos de papel. Pellizcabas tu pañuelo y se los dejabas en una orilla del recipiente. Decías que le chiflaba la celulosa, sin embargo nunca tuviste en cuenta que en su cautiverio quizás sentía nostalgia por la tinta. Hay otros rostros que resultan familiares. Semblantes de conocidos o parientes. Qué fue de Farina. La de la falda plisada es tu prima. Viste aquella blusa de manga ranglan que le regalaste por San Blas. La otra debe ser la hija soltera del pescatero. Llevaba un aparato de ortodoncia por ese par de dientes separados, los que tenían la dimensión exacta de rosigar huesos. Observo las bocas inmensas con las que unos y otros miran al fotógrafo, como aquellas de los barbos que pescábamos en la presa. Siempre decías que bostezaban bajo el agua como un buzo cansado. Tenías ocurrencias como esa y desvaríos aún mayores. Dos, dos y medio, patata. Los matasuegras. Tu pelaje escurridizo. La cara que no dice nada, que se calla y solo hace que buscar por dónde se sale, como esos pájaros que atrapaba Falcó y que se pasaban el día escarbando el papel de periódico del suelo de la jaula o metiendo el pico entre los alambres deformados. En la foto se reconoce tu palidez sorbida por la sanguijuela de la anemia. La flojera de tu tensión descompensada en el once ocho de todos los convites. Tus piernas flacas. La flacura de tus revueltas. Todas y cada una de tus flaquezas. También la morfología enclenque de esa media melena negra y la de tu flequillo siempre desbaratado, pero eso no significa nada. Ya no eras tú. Una vez te lo dije. Te dije que se puede estar en un sitio y andar con la cabeza en otro. Se distingue el imperdible con el que sostenías aquellos pantalones de peto que te venían grandes, la merma de pecas en la orilla concisa de tu sonrisa e incluso una pupa momificada, aquella fiebre rasposa que lacraba la comisura dócil de tus labios. De qué estaban hechos esos labios. Dónde compraban esa inconsistencia semejante a la de las pieles de cebolla que ocupan los verduleros de las casas vacías. Los detalles están, pero aquel día tú debiste exiliarte de dos a cinco. Ya lo sé. Ya sé que estas ideas mías te parecen paparruchadas, pero puede que no esté del todo equivocado. Quizás te fuiste a esa esquina que le sobra siempre al silencio, la que está de más. Eras culo de mal asiento, siempre con prisas. Para qué la prisa. De qué se alimentaba tu ansia. A qué horas comía. Un día te metiste de golpe veintitantas moras en la boca. Tú siempre tenías que ser la primera y la que más. Te busco en el ángulo sobrante de la fotografía. Pregunto por ti durante ese santiamén de migrañas calizas y ausencias contagiosas. Veo las estrías de los vasos de plástico. Los botones grandes del oso. El abdomen blancuzco del oso. Los colorines húmedos de la Mirinda. A lo mejor no pudiste venir porque tenías que probarte la ropa del próximo otoño, o porque descontabas días como quien quita las hojas secas de los geranios. Hay un asiento vacío, el de quien se ha levantado antes de hora y no deja de dar vueltas por los recovecos del encuadre. Después solo queda esa holgura de las cifras de cera y aquel feliz cumpleaños redactado con una caligrafía desmanotada sobre el chocolate líquido. Los amigos. Las voces crecidas de los amigos y el silencio estancados de los objetos. Lo que las piedras callan bajo una sombra hecha solo de moscas. Esa quietud ruidosa del momento parado, como un pasmarote al que le han pasado por encima las posaderas del tiempo. También las velas entre las mayúsculas de palo para ser sopladas como el caldo de los inviernos y esa figura escorada hacia la izquierda con tal de no sumar.

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