David Hockney, contra la tiranía de los selfis

Aspecto de la sala 105 del museo Guggenheim de Bilbao, que acoge la muestra 'David Hockney. 82 retratos y 1 bodegón'./Ignacio Pérez
Aspecto de la sala 105 del museo Guggenheim de Bilbao, que acoge la muestra 'David Hockney. 82 retratos y 1 bodegón'. / Ignacio Pérez

El octogenario pintor británico regresa a sus orígenes con una intimista galería de retratos en el Guggenheim de Bilbao. De idéntico tamaño y fondo, pintó cada uno en tres días, con el modelo en la misma silla y bajo la misma luz californiana

MIGUEL LORENCIBILBAO

David Hockney es un Benjamin Button del arte. Como el personaje de Scott Fizgerald, a medida que envejece su pintura se torna más joven y luminosa. Lo demuestra regresando a sus orígenes en el museo Guggenheim de Bilbao, con el que el octogenario pintor vive un fértil idilio. El artista británico vuelve a la catedral de titanio de Gehry para celebrar su impetuoso y vital retorno al retrato. Un canto a la amistad y una rebelión pictórica contra la tiránica omnipresencia de los selfis resumida en '82 retratos y 1 bodegón'.

Tras el paseo por los paisajes de su Yorkshire natal que ofreció en las mismas salas en 2012, de vuelta a Los Ángeles, Hockney (Bradford, Reino Unido, 1937) se entregó al retrato de corte clásico con la misma y colorista pasión que hace medio siglo. El mismo genio capaz de pintar con un iPad reivindica ahora el retrato puro, intimista y de patrón único. Durante casi cuatro años ha sido fiel a un género eterno con la serie que comenzó retratando al apenado jefe de su estudio, Jean-Pierre Gonçalves de Lima, tras el suicidio de Dominic Elliot, asistente de Hockney que ingirió un cóctel de drogas, lejía y ácido sulfúrico.

Cuando creyó que no volvería a pintar, regresó a sus orígenes y resucitó la pintura en su versión más pura. La fiebre por el retrato le atrapó con la misma furia que al inicio de su carrera. Invitó a posar en su estudio a familiares, exnovios, amigos y conocidos. Gentes de su entorno, otros artistas, conservadores y galeristas, como John Baldessari, Larry Gagosian o Edith Devaney, comisaria de la muestra, conforman la galería de 82 retratos que el museo bilbaíno exhibe hasta febrero junto a un solitario bodegón.

Todos tienen la misma dimensión: 121,92 por 91,44 centímetros. Muestran al modelo sentado en la misma silla, de cuerpo entero y ante un fondo azulado. Todos se pintaron en el transcurso de tres días y bajo la misma luz californiana. Parejos en su factura, son dispares en su resultado. El virtuosismo de Hockney refleja el alma de cada retratado en unos lienzos «de una cálida inmediatez», según la comisaria. La uniformidad compositiva de cada retrato es lo que, paradójicamente, acentúa las diferencias entre los modelos y refleja su personalidad. «Todos somos diferentes, en el rostro y más en el interior», apunta Hockney desde su estudio en un vídeo.

Con ochenta años, lejos de conformarse o repetirse, demuestra Hockney un juvenil vigor pictórico al explotar el patrón clásico en unos retratos que evocan a Van Gogh o Velázquez. Si se apoyó hace décadas en la fotografía analógica y en sus paisajes en la última tecnología digital, en estos retratos regresa a la pintura acrílica para trazar una «instantánea íntima», del mundo artístico de Los Ángeles y de la gente que se ha cruzado en su camino en los últimos años.

En el verano de 2013 pintó el primero de los casi cien cuadros de una serie en la que se retrata a sí mismo a través de su entorno. Las pinturas se despliegan como una instalación en los mil metros cuadrados de la sala 105 del museo bilbaíno y desvelan el estado emocional de un Hockney que se muestra más libre y sosegado a medida que se avanza en un recorrido casi cronológico.

Todos los modelos son personas muy cercanas al pintor británico: amigos, familiares y conocidos con quienes mantiene una profunda conexión. «Los famosos están hechos para la fotografía. Yo no hago famosos; la fotografía sí. Mis famosos son mis amigos», afirma Hockney, que invitó a sus modelos y que no hace retratos por encargo.

Como un alegato contra la urgencia del selfi, cada retrato es resultado de una intensa observación en tres sesiones de siete horas. De un profundo y colorido análisis psicológico. «Miro, miro, y miro... Casi nadie ha tenido a alguien mirándole durante 20 horas», explica el artista desde su casa-estudio, que no ha abandonado para viajar a Europa. «No soy asocial, pero estoy muy sordo», dice risueño este fumador empedernido, que superó un ictus en 2012 y que prefirió cruzar Europa en coche en su pasado viaje a Bilbao para poder fumar.

Ante la omnipresencia de las autofotos y las miríadas de foto-retratos que inundan las redes sociales, Hockney reexamina y reivindica un género milenario y esencial en una instalación «intensa y envolvente», según la comisaria. Retrata a nobles, a banqueros como Jacob Rothschild, a sus hermanas o al arquitecto Fran O. Gehry, pero también a su lavacoches, a su peluquero o a su dentista.

La nota discordante, el bodegón, es fruto de la ausencia de uno de los modelos que no acudió a su cita con Hockney. Incapaz de dejar de pintar, recurrió a lo que tenía más a mano en su estudio, un puñado de frutas y hortalizas sobre una banqueta.

Simpatía ante la fragilidad humana

«La fascinación de Hockney por el retrato está indisolublemente unida a su profunda simpatía por el ser humano y todas las fragilidades que encarnamos, 'la comedia humana', como él la describe», explica Edith Devaney. Comisaria y amiga del pintor, eligió con él los retratos de una serie «que quizás continúe». Se vieron en la Royal Academy de Londres e irán luego a Venecia y Los Ángeles. El Met neyoquino abre la próxima semana una gran retrospectiva de Hockney, que como las de Pompidou en París y la Tate en Londres, celebran sus 80 años.

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