Jaime Lorente: «Sigo siendo el mismo chaval de siempre, no se me ha ido la cabeza»

Jaime Lorente./
Jaime Lorente.

El actor murciano triunfa con «La casa de papel», la serie de Netflix de éxito internacional, y está de gira con la obra teatral 'Esto no es la casa de Bernarda Alba'

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

El domingo fue el bautizo de su sobrino Matías, del que tiene una fotografía, con él recién nacido en brazos, junto a la que escribió cuando la subió a su cuenta de Instagram: «No puede caber más amor dentro de mí». Jaime Lorente (Murcia, 1991) está loco con sus cinco sobrinos, a los que echa de menos desde que, no hace tanto, se aventuró a vivir en Madrid en busca de fortuna como actor. Dicho y hecho: hoy forma parte del elenco de dos series de Netflix, 'La casa de papel' y 'Élite'», y está de gira por España con la obra 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', que acaba de representar en el Romea y en el Nuevo Teatro Circo de Cartagena. Hay un año clave en su carrera profesional, 2014. Llegado noviembre se metió en la piel de Alan Strang, ese adolescente desequilibrado que protagoniza un impactante acto de violencia contra los caballos a su cargo, dejándoles ciegos, en el montaje de 'Equus'», de Peter Shaffer, que dirigió Paco Macià y que se estrenó en el Teatro Circo Murcia (TCM). En dicho espectáculo, de un altísimo nivel plástico –el pintor Ángel Haro firmaba la escenografía, y Pedro Yagüe la iluminación–, había un acierto muy especial sobre el que resultaba imposible no reparar: la elección del joven Jaime Lorente para el personaje protagonista. Estaba de diez: en el miedo, la inocencia, la violencia, el éxtasis, la rebeldía, el dolor. Brillaba a gran altura en todas y cada una de las escenas, y conmovía poderosamente cuando se mostraba absolutamente perdido mental y emocionalmente, incluyendo su imagen de pájaro enjaulado a lo Matthew Modine en 'Birdy' (de Alan Parker).

Muy bien también cuando transmitía toda la libertad de 'El niño con caballo' de Picasso, y sobrecogedor en la perfecta escena final, en la que, como si estuviera poseído por el espíritu del broche de 'oro siberiano' que, en el Hermitage de San Petersburgo, muestra cómo una leona con atributos de cabra y lagarto rompe con las mandíbulas la cerviz de un caballo, descarga su conmovedora ira contra sus propios caballos.

Macià guarda un extraordinario recuerdo de su trabajo con Lorente: «Es un actor intuitivo, que expresa su gran energía interior y volcánica a través del teatro y de los personajes que encarna. Su pasión es capaz de aniquilarle y de devolverle a la vida cual Ave Fénix». «Cuando ensayábamos 'Equus', Alan, su personaje, parecía salir directamente de su interior. Tuve claro que no podría haber encontrado a un actor mejor para ese papel». Pero Lorente no es alguien que tienda a asumir las cosas sin cuestionárselas, tanto en su vida como en su trabajo, y es frecuente que se interrogue, se ponga en duda, cuestione el orden establecido y quiera ser partícipe, con voz propia, del momento que está viviendo. «Las crisis que tuvimos, entre director y actor, durante el proceso de ensayos, dieron unos resultados magníficos», explica Macià, quien no tiene problema en confesar, entre risas, que, «muchas veces, él se salía con la suya».

Buena suerte

Como muchos jóvenes actores formados en las escuelas de arte dramático de todo el país –él se formó en la Murcia–, se marchó a Madrid en busca de oportunidades tras este memorable trabajo. De entrada, el panorama se presentaba oscuro. Pero la buena suerte también hizo acto de presencia, sin tener que esperarla demasiado, y él supo aprovecharla conquistando la confianza, en su enorme potencial actoral, de José Luis Arellano, director de La Joven Compañía, que contó entusiasta con su participación en dos producciones en las que el intérprete murciano volvió a brillar, una de ellas 'Fuenteovejuna', de Lope de Vega.

'Fuenteovejuna', precisamente, es una de las obras preferidas de Juan Ángel Serrano Masegoso, exdirector de la Escuela Superior de Arte Dramático (ESAD) de Murcia, y admirador orgulloso del talento y la carrera que se está forjando uno de los alumnos en los que percibió un mayor potencial indudable. «Jaime es un excelente actor de una tierra prolífica en muy buenos actores», reconoce Masegoso. «Tiene fuerza, juventud y experiencia suficientes para triunfar», añade. «Estoy convencido de que estamos ante una realidad que cada día va a ser más tangible, porque no se complace en las metas alcanzadas y se pone un listón más alto cada día», precisa.

El viernes pasado volvió a pisar el escenario del Teatro Romea. Iba a dar vida a Adela en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', un montaje de Carlota Ferrer y José Manuel Mora. Un espectáculo, con momentos excelentes y algunas irregularidades, en el que Jaime Lorente vuelve a bordar su personaje; y lo hace junto a uno de los grandes actores del cine y el teatro españoles, Eusebio Poncela. La última vez que estuvo Lorente en este escenario murciano fue para interpretar un montaje de lujo, 'El público', otro Lorca que en aquella ocasión puso en pie Álex Rigola, el director catalán de proyección internacional. La iluminación de Carlos Marquerie y la escenografía de Max Glaenzel le sentaban muy bien a Lorente, quien durante los aplausos recibidos tras concluir la representación, bajó al patio de butacas, enfundado en un electrizante vestido verde de tirantes, para entregarle un ramo de flores a su madre, a la que muchos espectadores dieron después la enhorabuena «por el hijo que tiene usted». Y no es para menos, porque el intérprete murciano es capaz de conquistar cualquier escenario, y da igual que hablemos de una escena inundada por una amarga noche de brillante luna, o de otra que transcurra en un cementerio de costa, en un salón de bailes señoriales, en una boca de lobo o en un festín nocturno de 'music-hall'. También ha acertado Carlota Ferrer dándole el papel de Adela. «Jaime es un caballo ganador, es un pura sangre en la escena», afirma rotunda.

Está deseando el actor venirse a Murcia, junto a su familia –él es el cuatro de cinco hermanos– para tomarse un descanso. Su trabajo dando vida a Denver en la serie española 'La casa de papel', creada por Álex Pina y de la que en septiembre comenzará a rodar la tercera temporada, ha sido agotador. Producida por Atresmedia y Vancouver, la serie ha emprendido un estimulante camino de éxito internacional y ya se ha convertido en la ficción de habla no inglesa más vista en Netflix –esta plataforma 'streaming' cuenta con una rentable audiencia en 190 países– en toda su historia. Todo un fenómeno mundial gracias a lo extraordinariamente bien que ha funcionado el «boca-oreja» y, sin la menor duda, a su llegada a Netflix.

Pero no solo forma parte del reparto de esta serie, sino que, pasado el demasiado cálido verano que nos espera, también se incorporará al rodaje de la segunda temporada de 'Élite', segundo proyecto de ficción de Netflix en nuestro país.

Jaime Lorente, que presume de sus fotos con futbolistas como Antoine Griezmann –«¡es un verdadero genio!»– y Marcelo –«¡es un crack!»–, tiene muy claras algunas cosas: la primera: «Lo más importante de todo es la familia»; y lo segundo: «En esta vida, hay que ser humilde y agradecido».

Falta una hora para que comience la representación de 'Esto no es la casa de Bernarda Alba'. Fuma un cigarrillo en una puerta lateral del Romea. Está tranquilo, como si nada. «Sigo siendo el mismo chaval de siempre, con la misma pasión por la interpretación y todas las ganas del mundo de enfrentarme a nuevos proyectos», dice. «Pero sí que es verdad», añade, «que estoy viviendo a nivel mediático un momento de repercusión muy fuerte, con el que yo no contaba, y mi imagen se ha multiplicado en todo el mundo. De repente, salgo a la calle y la gente, de muy distintos países, me reconoce. Y eso, a mí, lo que me provoca es que aumente todavía más mi nivel de responsabilidad y de exigencia conmigo mismo, lo cual no sé dónde me conducirá porque ya los tenía muy altos. Tengo que aprender a convivir con ello, con ese afán tan perfeccionista, sin que llegue a convertirse en una obsesión».

¿Qué no le ha pasado?

–No se me ha ido la cabeza, no se me ha subido la popularidad a ningún sitio, no me creo ni mejor ni peor que antes, ni mejor ni peor que nadie. Vivo con los pies en la tierra, no dejo de esforzarme, me comprometo mucho con mi trabajo, y tengo la enorme suerte de ser feliz con lo que hago.

¿Qué necesita?

–Necesito el hogar, a mi familia. Soy súper familiar y lo que más me gusta es estar rodeado de mi gente. No tengo muchos amigos. Cuando salgo a tomarme una caña o por ahí, lo hago con mis tres o cuatro colegas de toda la vida, que son los que mejor me conocen. Lo cierto es que casi toda mi energía la destino al trabajo.

¿Qué quiere decir?

–Que en mi vida diaria, en mi día a día, soy más bien perro pachón, quizás demasiado tranquilo [risas]. Yo no cambio por nada una cena relajada, una buena película, una buena otra de teatro... Soy muy poco fiestero, muy poco.

Reconoce: «Me gusto y me quiero, pero ya le decía que eso no me hace sentirme superior a nadie. Tampoco pretendo dar una imagen concreta de mi mismo, ni ir soltando lecciones de nada. No soy ni el más listo, ni el más guapo, ni el mejor compañero del mundo, ni el mejor en nada. Pero intento no hacer daño a nadie, empezando por no provocármelo a mí mismo, y me gusta hacerle la vida agradable a los que me rodean».

¿Algún cambio pendiente?

–Soy muy miedoso. Lo que pasa también es que, y lo voy a decir un poco a lo bestia, tengo mucho miedo pero también muchos huevos, y el miedo nunca me ha paralizado, ni me ha vencido. Me atrevo finalmente a hacer las cosas, pero me da miedo, por ejemplo, no hacerlo todo lo bien en el trabajo que quienes han confiado en mí esperan que lo haga.

¿Qué no es?

–No soy exhibicionista, soy bastante vergonzoso, pero es totalmente verdad eso que decimos los actores que nos pasa: yo me subo a un escenario, o me pongo delante de una cámara, y me transformo por completo. Hago lo que sea y me veo con posibilidades de encarnar cualquier personaje sin ningún tipo de pudor, de miedo, ni de reparo.

¿De qué anda sobrado?

–De imaginación desbordante [risas]. Soy un empanado de la vida, tengo una capacidad alucinante para generar mundos fantásticos en mi cabeza. Muchas veces, estoy con los amigos tomando una cerveza, me quedo mirando un punto fijo y me voy, me voy, me voy. Recuerdo una conversación, que tuve con mi padre, a propósito de que yo, como estudiante, a partir de primero de la ESO caí en picado. Mi padre me decía: «Siempre has sido súper buen chaval, siempre has estado a disposición de tus hermanos y de tus amigos, te portas muy bien en casa...; pero en los estudios ibas muy mal, ¿qué se te pasaba por la cabeza?» Y es una cosa en la que he pensando mucho. Y, fíjese, lo que sucedía para que fuese un desastre estudiantil es que estaba en clase y me dedicaba a soñar continuamente; estaba en mi mundo, en mis sueños, recorriendo el mundo...

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