Ygor Yebra: «Voy a asumir el reto de hacer teatro y a seguir intentando no hacer el ridículo haga lo que haga»

«Suelo conducir mi vida a una velocidad suficientemente atractiva», dice el bailarín vasco Igor Yebra.
«Suelo conducir mi vida a una velocidad suficientemente atractiva», dice el bailarín vasco Igor Yebra. / Hibai Agorria

El bailarín impartirá esta mañana una clase magistral en el Auditorio Víctor Villegas, con motivo de la celebración de la V Gala de bailarines murcianos

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

«No me concibo sin estar en movimiento, sin el deseo permanente de superarme. No me gusta el agua estancada, ni la vida sin retos», asegura el bailarín Ygor Yebra (Bilbao, 1974), quien habla con 'La Verdad', desde Bilbao, con motivo de la clase magistral que hoy - a las 09.30 horas-, dentro de las actividades programadas con motivo de la V Gala de bailarines murcianos y del IX Premio Tiempo de Danza, impartirá en el Auditorio Víctor Villegas. Parafraseando a Lope de Vega, le encanta decir: «Haced vos con mi corazón que se detenga, que yo haré con mi cuerpo que no dance».

-¿Usted cómo está?

-En un proceso de cambio, de adaptación, en una etapa en la que necesito, y deseo, descubrir cosas diferentes, buscar caminos de expresión distintos a los que llevo dedicado toda mi vida.

«Sé que tengo que adaptarme al momento actual de mis condiciones físicas. Necesito descubrir cosas diferentes»

«Mi cuerpo ha tendido a hacerme su esclavo; pero para eso está la mente, para liberarnos de esa esclavitud. Y yo la he puesto a trabajar en ello»

-¿Cosas diferentes como qué?

-Bueno, por ejemplo, muy pronto participaré, como actor, no como bailarín, en una obra de teatro que se anunciará en breve. Sé que algunos dirán que me he vuelto loco, pero es lo que necesito en este momento de mi vida: probarme, asumir otros retos. Voy a asumir el reto de hacer teatro y a seguir intentando lo que he intentado siempre, no hacer el ridículo haga lo que haga. Sé que tengo que adaptarme al momento actual de mi cuerpo y de mis condiciones físicas. No le tengo miedo a los retos difíciles, a lo que temo es a que llegue un día en el que desee rendirme, o dejar de vivir apasionadamente. Siempre lo digo: me rendiré cuando esté bajo tierra. Hay que seguir siempre soñando. Tampoco voy a dejar de ser un soñador.

Ygor Yebra -«soy un culo de mal asiento», reconoce-, afirma, entre reunión y reunión: «Trabajo como una bestia, pero me encanta hacerlo». «Por eso, a veces», añade, «lo que más me apetece en el mundo es tirarme un rato en el sofá a no hacer nada. ¡Sí, sí, solo sofá y déjate de leches! Me paso días y días sin parar». Yebra, que puso a Moscú boca abajo cuando encarnó a Iván el Terrible envuelto por la música de Prokófiev, y que se transformó en un escalofriante Antínoo danzante en 'Memorias de Adriano', fue bailarín estrella del Ballet de la Ópera Nacional de Burdeos entre 2002 y 2016. «Odio, detesto la mediocridad en cualquier campo», indica el bailarín y coreógrafo, a quien le atrapan «las cosas hechas con esmero y con pasión». Por eso, explica, «procuro rodearme de esas cosas. Las chapuzas no van conmigo. Si yo me comprometo a algo, es para hacerlo muy bien; si no, me voy».

Siempre pendiente de estar a la máxima altura, siempre retándose, asegura que «me da igual si me canso, porque ahí está el atractivo de la vida. Hay otras maneras de vivir, no digo que no, pero la forma en que a mí me parece interesante hacerlo es poniéndote siempre a prueba, arriesgando una y otra vez».

-¿De qué procura rodearse?

-De poca gente y de pocas cosas, pero que tengan algo especial y que me puedan aportar algo especial. Al final, de personas es de lo que menos me he rodeado, en primer lugar porque he estado casi siempre en movimiento -el otro día caí en la cuenta de que he bailado en los cinco continentes- y así es muy difícil hacer amistades; y, en segundo lugar, porque es cierto que cuanto más triunfas más gente se te acerca y, la verdad, es difícil llegar a conectar con todo el mundo y saber diferenciar quién está ahí por la persona y quién lo está por otros intereses, ¿no? Intento rodearme de pocas personas y que no me falten las cosas que me llenan: buenos libros y buenos paisajes son fundamentales para mí, me aportan tranquilidad.

-¿Qué ha podido comprobar?

-Que la vida te sorprende cada día. Crees que tienes algo controlado y, de pronto, se descontrola por completo. Me sorprende la vida para bien y para mal, y quiero que así sea para que no se instale el aburrimiento. Es como cuando te preguntan si prefieres el sol o la lluvia. Yo prefiero todo, me quedo con todo...; una buena tormenta es una de las cosas más bonitas que puedes ver. Además, somos tan borricos y tan tercos que, realmente, es de los malos momentos de los que terminamos aprendiendo; son los que nos hacen evolucionar, superarnos y seguir adelante, aunque los hay también que no evolucionan de ninguna manera.

Igor Yebra sigue «buscando la belleza, y me refiero a la belleza de la que hablaba Rodin: la que se encuentra en las cosas que tienen personalidad propia; una piedra puede tener más personalidad y más carácter que muchas personas. Cuando me preguntan por la belleza del cuerpo, respondo que a mí la interior me ha interesado siempre mucho más. Yo reconozco que tengo algunas cualidades físicas, y estoy muy agradecido por ello, pero eso no es mérito mío, eso se lo debo a mis padres y a la genética que me han dado. Yo lo que he procurado es enriquecer esas cualidades que me han sido dadas, y por supuesto intentar conservarlas todo lo que esté en mi mano. Pero el cuerpo sigue su curso...».

El artista, que huye «de lo mal hecho, de la mala gente, de la prepotencia y de los chulos», se siente «afortunado». Y aclara que «he buscado la fortuna, he trabajado por conseguirla y he tenido la suerte de que me elija. He podido dedicarme a aquello que amo y vivir de ello. Y he podido elegir, tomar mis decisiones y asumir mis errores».

Por supuesto, reconoce también tener «mi punto de vanidad, de egocentrismo y de exhibicionismo, pero intento que ese punto no me descoloque; lo utilizo para poder seguir subiéndome a un escenario y enfrentarme a toda la gente que me está mirando. Un bailarín está siempre rodeado de tres paredes blancas y de un espejo que refleja su propia imagen». Un espejo del que, asegura, «yo huyo. Sé que habrá gente que no me crea, pero es así: huyo del espejo, tengo muy claro que lo único que me ofrece es una imagen superficial de mí mismo».

En algunos momentos, explica, «sí que he llegado a sentirme esclavo de mi cuerpo. Para bailar se depende al cien por cien de tu cuerpo, así de rotundo. Y, lógicamente, mi cuerpo ha tendido a hacerme su esclavo; pero para eso está la mente, para liberarnos de esa esclavitud. Y yo la he puesto a trabajar en ello». «A veces no me soporto», precisa el artista, «pero lo más frecuente es que me divierta con lo que decido hacer. Paso muchísimo tiempo solo, así es que tendría un problema bien gordo si no me aguantase, sería un puro desastre. Suelo conducir mi vida a una velocidad suficientemente atractiva».

-¿Y el paso del tiempo?

-Es jodido, y no conozco una receta para que no te afecte, a no ser que seas un inconsciente. Para un bailarín, el tiempo pasa todavía mucho más veloz y es mucho más cruel todavía. Es como estar inmerso en una lucha contrarreloj. Yo he procurado exprimirlo al máximo. He pasado años sin vacaciones y me ha dado lo mismo porque prefiero reventar en medio de la carrera a tener que arrepentirme, un día, de haber dejado de hacer algo que me apetecía porque me tomé un respiro.

-¿Qué recomienda?

-Para todo en la vida, para el trabajo y para las relaciones personales: pasión, constancia y trabajo. Si falla una de esas tres cosas, el castillo se acabará derrumbando.

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