Adiós a Fandiño, el valiente incorregible

El diestro Iván Fandiño posa en la plaza de toros de Vista Alegre (Bilbao), en una foto de archivo. / Ignacio Pérez

El funeral por el diestro vasco se celebra esta tarde en su localidad natal, Orduña. El médico que le atendió en la plaza francesa asegura que no se pudo hacer «nada» porque la cornada le destrozó el hígado y un riñón

J. GÓMEZ PEÑABILBAO

Ya era de noche el sábado cuando el escalofrío de la muerte de Iván Fandiño recorrió el mundo de la tauromaquia. El mismo lamento alcanzó Orduña, donde creció, y Guadalajara, donde se hizo torero y residía. Como homenaje espontáneo, un grupo de aficionados se citaron a las puertas del Coso de las Cruces, la plaza de Guadalajara. Rezaron por él y en las escaleras de acceso colocaron unas velas, una bandera vasca y otra de España. En silencio. Hicieron memoria. Todos recordaban cuando el valor del matador vizcaíno hacía temblar el silencio de las plazas. O aquella tarde de mayo de 2014 en el albero madrileño de Las Ventas que asistió al combate de dos bravos, toro y torero. Cara a cara en la hora de la muerte. Fandiño arrojó la muleta. Solo con su espada frente a dos cuernos y la mirada de verdugo de aquel astado. Entró a matar o morir. Voló por los aires y cuando aterrizó en la arena, el toro ya agonizaba con el filo clavado hasta el alma. Decía Juan Belmonte, maestro torero, que «se torea como se es».

Así era Iván Fandiño, de una valentía incorregible. Torero libre. Fiel a su amigo y apoderado, Néstor García, con quien se enfrentó a las grandes empresas. El sábado, con apenas 36 años, el mejor torero vasco de la historia murió tras recibir una cornada de 15 centímetros en la plaza de Aire sur l'Adour, en Francia. Su cadáver llegó ayer por la noche al tanatorio de Amurrio, donde fue velado por los suyos: sus padres, Paco y Charo; su esposa, la ecuatoriana Cayetana García Barona, madre de Mara, la hija del torero, que aún no ha cumplido dos años. El paseíllo fúnebre para despedir a Fandiño llega hoy a su villa, a Orduña, donde será incinerado. Allí, a las 18.30 horas, le espera el funeral en la Parroquia de Santa María. De Orduña, de su Virgen, le vino a Fandiño el primer apodo taurino: 'El Niño de la Antigua'.

En Orduña, en la vieja plaza, empezó todo. En casa nadie habla de toros. Iván, de hecho, iba para pelotari. Eso lo cambió el toro. Perdió peso para ajustarse a las prietas costuras del traje de luces y a las enormes medidas de su sueño: ser el mejor. Y lo consiguió. A partir de 2011 comenzó a salir por la puerta grande de las mejores plazas. Fandiño todo lo remediaba con su valor. Con esa espada triunfó y también fracasó: se atrevió a encerrarse en 2015 en Las Ventas con seis toros de las ganaderías más bravas. Los cuernos con los que casi nadie se atreve. A matar o morir. Apostó por él. Y esa vez perdió. No fue su faena. Acusó el golpe y ahora peleaba por remontar y volver a ocupar la cima del escalafón. En ese retorno estaba el sábado en el coso francés.

El tercer astado de la tarde, que correspondía al diestro Juan del Álamo, llevaba por nombre 'Provechito'. Fandiño salió a hacerle un quite. Bien. Pero perdió el equilibrio y el toro le embistió. «Llevadme al hospital, me estoy muriendo», dijo con el rostro crispado. En la plaza continuó la corrida, como si la cogida no fuera tan grave. Pero el torero de Orduña ya notaba que era el final. El doctor Poirier, jefe de los servicios médicos del hospital Layné de Mont-de-Marsan, donde trataron sin éxito de reanimarle, aseguró que era «imposible» salvar la vida de Fandiño. «Aunque no falleció en el acto, los daños que sufría en el hígado, el riñón y los pulmones eran irreversibles», declaró Poirier.

El médico francés le acompañó en la ambulancia desde la enfermería de la plaza hasta el hospital. No había «nada» que hacer. «El torero presentaba en el abdomen tres litros y medio de sangre negra, procedente de las glándulas hepáticas, señal de que el hígado había reventado a causa de la cornada, que también rompió la vena cava. Eso produjo un severo derrame interno», describió. Cuando Fandiño llegó a la enfermería apenas tenía pulso. «Era imposible tomarle la tensión arterial por lo baja que la tenía. Ni allí ni en el hospital había forma de salvarle», concluyó Poirier. Fandiño superó un primer fallo cardíaco, pero no el segundo, ya en el traslado al hospital.

El eco de su fallecimiento retumbó. Otros toreros salieron enseguida a recordarle. «El cobarde muere mil veces, el valiente solo una», le dedicó Alejandro Talavante. El peruano Andrés Roca también le dedicó un mensaje: «La puerta grande del cielo se abre para ti». Enrique Ponce ha dormido esta noche en Bilbao, en el Hotel Carlton, para asistir hoy, como buena parte de las figuras del toreo, al funeral de su amigo, a quien califica de «torerazo». «Siempre -añade- te recordaré en esas tardes compartiendo la gloria del toreo».

El dolor por la muerte de Fandiño se notó ayer en el tanatorio de Amurrio, donde se reunieron vecinos y amigos. Y en Orduña no se hablaba de otra cosa. Como en Fuentelencina, el pueblo de Guadalajara donde Fandiño vivía con su familia. «Ha dejado huella aquí», destacó el alcalde de esta localidad de La Alcarria, Santos López Tabernero. El adiós de Fandiño traspasó fronteras. Su muerte fue la noticia más leída en el periódico inglés 'The Guardian'. En Bilbao, la junta de Vista Alegre dijo que esta plaza «siempre le tendrá en su recuerdo». Su adiós, añade, «engrandece su figura». Así se despidieron todos de Fandiño.

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