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El cónclave de elección
Papal

Lista completa de los 117 cardenales
electores
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EL JURAMENTO
DE SILENCIO
Los cardenales que participan en el proceso
de elección de un nuevo Papa pronuncian un juramento
que les obliga a guardar silencio sobre las deliberaciones
que se mantienen en el Vaticano durante el cónclave.
La Constitución Apostólica, ley máxima
del Estado Vaticano aprobada por Juan Pablo II, establece
el texto que debe ser leído de manera conjunta por
los príncipes de la Iglesia y que dice lo siguiente:
"Nosotros, Cardenales de la Santa Iglesia Romana, del
Orden de los Obispos, del de los Presbíteros y del
de los Diáconos prometemos, nos obligamos y juramos,
todos y cada uno, observar exacta y fielmente todas las normas
contenidas en la Constitución Apostólica 'Universi
Dominici Gregis' del Sumo Pontífice Juan Pablo II,
y mantener escrupulosamente el secreto sobre cualquier cosa
de que algún modo tenga que ver con la elección
del Romano Pontífice, o que por su naturaleza, durante
la vacante de la Sede Apostólica, requiera el mismo
secreto".
Después, cada cardenal debe decir, seguido de su nombre,
'Yo, cardenal ..., prometo, me obligo y juro'.
La ruptura de este solemne juramento puede llegar a suponer
la excomunión de quien no lo cumpla fielmente.
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Una arraigada superstición
en la curia dice que cuando suda la tumba del Papa Silvestre II,
enterrado en la basílica San Juan de Letrán, se aproxima
la muerte del Pontífice reinante. Con la defunción
del Pontífice comienza un ritual para elegir al gobernante
del orbe católico en una ceremonia con tanto misterio como
la vieja leyenda que rodea la sepultura de Silvestre II. El cónclave
de cardenales que elige al nuevo Papa es uno de los sistemas de
elección 'democráticos' más antiguo que existe
y seguramente uno de los más fascinantes. Los cardenales
de la Iglesia se cierran a cal y canto en la Capilla Sixtina y no
salen de allí hasta que se ponen de acuerdo.
Muerto el Papa, los cardenales celebran
funerales durante nueve días (los 'novendiales'). Luego,
entre 15 y 20 días después del fallecimiento del Pontífice
comienza el cónclave de purpurados. Los cardenales, que hasta
que elijan nuevo Papa no pueden tener contacto de ningún
tipo con el mundo exterior (ni teléfono, ni televisión,
ni prensa, ni recibir cartas, etc.) disponen de un máximo
de 20 días para designar al sucesor de Pedro. La reunión
comienza una vez que todos los purpurados han prestado juramento
de absoluta confidencialidad. Entonces, el maestro de ceremonias
pronuncia las famosas palabras: "Extra omnes! (¡Fuera
todos!)".
En la Capilla Sixtina existen rigurosos controles para que "no
sean instalados dolosamente medios audiovisuales de grabación
y transmisión al exterior". Durante las deliberaciones,
los cardenales pueden confesarse, para lo que disponen de religiosos
que dominan varias lenguas. Dos médicos también están
presentes en dependencias anexas para atender eventuales urgencias.
Mayoría de dos tercios
Como en muchos otros aspectos de la vida de la Iglesia, Juan Pablo
II también dejó su impronta. Para empezar edificó
en 1996 una especie de hotel anexo, el hospicio de Santa Marta,
en el que se alojan los cardenales durante el cónclave, pues
los anteriores hicieron historia por las penosas condiciones en
que vivieron sus eminencias.
Pero
los cambios introducidos por Juan Pablo II fueron más profundoscuando
ese mismo año reformó las normas e impuso que los
cardenales recurran a la mayoría absoluta si al cabo de doce
días los escrutinios son infructuosos.
Durante los tres primeros cónclaves (cada uno dura tres días
seguidos y luego hay uno de descanso) en los que hay votaciones
en sesiones de mañana y tarde, se exige que el nuevo Papa
sea elegido por una mayoría de dos tercios más uno,
con lo que ningún grupo puede imponer, en principio, su candidato.
Sin embargo, pasados esos días, en el último cónclave
será suficiente una mayoría de la mitad más
uno de los votos.
Con caligrafía distorsionada
El mecanismo de las votaciones es muy simple. Los cardenales escriben
el nombre de su elegido en una papeleta con una caligrafía
lo más distorsionada posible, con el fin de que sea difícil
identificar al elector. Cuando depositan el sufragio, deben recitar
el siguiente juramento: "Pongo por testigo a Cristo Señor,
el cual me juzgará, de que doy mi voto a quien, en presencia
de Dios, creo que debe ser elegido". Cuando se han depositado
todas las papeletas, los sufragios se remueven y se sacan las papeletas
una a una para colocarse en un recipiente vacío. Se suman
los votos y se van anotando en una lista.
Conforme se hace el escrutinio, las papeletas son perforadas con
una aguja donde se halla la palabra "elijo" y son insertadas
por un hilo para que sean conservadas con mayor seguridad. Al terminar
la lectura, se atan los extremos del hilo con un nudo y la ristra
de sufragios se coloca en un recipiente o al lado de la mesa.
Si la votación no es decisiva, las papeletas se queman en
una estufa con paja húmeda. Los fieles congregados en la
plaza de San Pedro contemplan cómo sale de la chimenea un
humo oscuro. Si sale elegido un candidato, las papeletas arden con
paja seca y originan la famosa 'fumata bianca'. Sin embargo, el
Vaticano ha decidido complementar esta señal con el tañido
de las campanas de la basílica, que tocarán en señal
de júbilo. En algunos cónclaves se han dado dificultades
para distinguir claramente la tonalidad del humo de la chimenea
de la Capila Sixtina, lo que provocaba desconcierto entre los fieles
que speraban en la Plaza San Pedro.
El elegido debe aceptar el resultado y decidir el nombre que tomará
como Papa. Después se vestirá como pontífice
y saldrá al balcón mientras se oye el anuncio final:
"Habemus Papam!".
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