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LA VUELTA A LOS PUENTES

Al agua patos

15.11.13 - 00:48 -
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Ya sé que el verano ha pasado, y aunque no se han ido las calores, si a cualquiera de nuestros antepasados le dijéramos que casi a doce fechas del día de difuntos vamos sin esa prenda interior, con mangas o con tirantes que llamamos camiseta, y que era obligatoria su uso desde del día del Pilar por decreto maternal, no se lo creerían. Es como aquella letra de la zarzuela 'La verbena de la Paloma' que dice: «Hoy las ciencias adelantan/ que es una barbaridad», y que añade, «¡Es una brutalidad!/ ¡Es una bestialidad!» Y yo me pregunto: ¿tendrá la culpa de ello el cambio climático?

De brutalidades y bestialidades hay mucho de qué hablar. Pues, son tantas las que se podrían relacionar en un largo rosario de afrentas al ciudadano que ha sido agredido de manera reiterada, sufriendo el menoscabo de muchos de los logros sociales de que gozaban. Probablemente achacaríamos el pecado al adelanto de las ciencias, aunque no tuvieran realmente la culpa, y ésta fuera como todos sabemos de unos desaprensivos que lo único que han buscado ha sido su enriquecimiento personal disfrazándose de políticos. Hasta el punto, que nos han dejado abandonados a nuestra suerte, nos han obligado a lanzarnos a una piscina sin líquido elemento con el consiguiente riesgo de rompernos la crisma, habiéndonos vendido a modo de canto de sirena, esa canción de «al agua patos».

Pero si de palmípedos se trata, no vamos a hacer mención de los mismos salvo en esa frase, pues lo de lanzarse al agua tiene relación con humanos, más concretamente con aquellos habitantes de Orihuela y su huerta, en los siglos XVII y XVIII, que a la vista de las notas de archivo da la impresión que estaban todos los días metidos en las aguas del río Segura.

Son muchos los apuntes que tienen relación con los ahogados en el río que aparecen en los cargos y descargos en el capítulo de desheredados y ajusticiados de las cuentas de la Cofradía del Santísimo Sacramento de la Catedral. En aquellos se indica el estipendio de la misa por su alma y la inhumación del cadáver, así como las limosnas recogidas para sufragar todo esto. De los datos que poseemos vemos por razones obvias, que los meses estivales eran los más propensos a los ahogamientos. Indudablemente hacía calor y había que refrescar el cuerpo. De esta manera, en julio de 1607 se pagaron dos reales por portar a «un negre» que había desaparecido y que encontraron en el río. Así mismo algunos soldados acuartelados en Orihuela también perecieron en las aguas del Segura: el 25 de junio de 1712 se enterraba en el Loreto a un tal Francisco, natural de Alcorcón de Castilla, que era criado del capitán del Regimiento de Caballería de la Reina. Un año después, el 23 de agosto pereció otro soldado de dicho Regimiento ahogado en el río.

Este último año, se dieron dos casos más: uno el 7 de julio en el que pereció Antonio Casaús, y el Día del Pájaro, se ahogó Francisca Martínez, viuda de Miguel Montero.

Estos accidentes se siguen sucediendo en verano, y el 7 de julio de 1714 se inhumó en el Loreto el cadáver del mozo Antonio Sans de Bautista, que falleció por las mismas causas anteriores. Sin embargo no siempre encontramos casos de adultos, pues disponemos de dos casos de niñas, uno acaecido el 17 de agosto de 1714, en que murió ahogada una hija de Pedro Rodríguez, y dos años antes el 19 de noviembre, se enterró a Josefa Castellano, hija de Juan y de Josefa Pardines por idéntico motivo. En este último accidente, intuimos que no debió producirse por el baño, sino de manera fortuita al caerse a las aguas.

Pero el caso más singular que podemos ofrecer, es el que tiene como protagonista a la imagen de Nuestro Padre Jesús que recibía culto en la capilla de Loreto de la Catedral. El hecho nos es narrado por el canónigo Juan María Buck, prior de la Cofradía del Santísimo Sacramento, en 1841, el cual da cuenta de la tradición de que dicha imagen, junto con la de la Soledad fue traída a Orihuela por el Rey Jaime I. Mas siguiendo con el río, ese lobo que tantas veces se comió a la oveja, en uno de sus banquetes, el 10 y 11 octubre de 1797, como tantas otras veces volvió a cebarse con la ciudad y su huerta, hasta el punto de que el ímpetu de las aguas hizo presa sobre la capilla y casa de Loreto, destruyéndolas en gran parte, derruyendo la sacristía y el camarín, arrastrando las aguas a la imagen del Nazareno, la cual fue rescatada por unos hombres que estaban recogiendo maderas de entre las aguas con unos ganchos en el Molino de Soler o de Cox. Al percatarse de un bulto flotando pensaron que era un cadáver, sin embargo al extraerlo de las aguas vieron que era imagen de Nuestro Padre Jesús del Loreto, y al observar a «tan soberano Señor estropeado» quedaron compungidos. Según José Montesinos, la imagen apareció sin la mano izquierda y sin el pie izquierdo, sin la corona y sin los dogales de oro. Una vez rescatada fue llevada a la antesala del aula capitular a donde acudieron muchos fieles a reverenciarla. Sin embargo, el deán Pedro Albornoz y Cebrián ordenó que se ocultase hasta que fuera restaurada. El domingo 29 de octubre, una vez adecentada gracias a las limosnas recogidas por el presbítero Baltasar García fue expuesta a pública veneración, entonándose un 'Te Deum'. A partir de entonces comenzó a ser denominada por los oriolanos como ¡El Ahogao'.

Este caso, como otros muchos es un claro ejemplo de que no siempre al dar la orden de «al agua patos», involuntariamente se puede uno ver sumergido entre el líquido elemento e incluso sin pretenderlo fallecer ahogado.

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Capilla de Loreto, 17 julio 2013. Foto A .L. Galiano



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