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La lengua, un puente a la integración

ELCHE

La lengua, un puente a la integración

Los inmigrantes aprenden español para formar parte de la sociedad en cursos del Ayuntamiento

20.08.12 - 01:19 -
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«Cuando llevaba tan solo dos semanas en España mi hija de dos años se puso con 40 grados de fiebre. No sabía nada de español, no tenía quien me explicara dónde ir. Vine a Elche Acoge llorando, pero nadie me entendía. Llamaron a una traductora voluntaria. Por teléfono le expliqué lo que pasaba. Ella vino rápidamente y juntas fuimos al hospital, donde atendieron muy bien a la nena», comenta Svitlana Golovashchenko, mediadora intercultural del centro que le prestó apoyo recién llegada a Elche. Miles de personas se encuentran en una situación parecida cuando llegan a España.
A veces después de pasar por muchas fronteras chocan con una más: el idioma. La impotencia de explicarse, de preguntar, de contar su historia y de pedir ayuda, hace que tengan problemas para entender la realidad y formar parte de ella. Golovashchenko recuerda que participó en una mediación donde un chico africano entró en conflicto con su vecino español porque no sabía que la basura se tiraba a partir de las nueve de la noche. «El chico no entendía español y no sabía qué intentaba decirle su vecino, así que el problema se solucionó con un intérprete», explica la mediadora, que aprendió español en los cursos de la fundación Elche Acoge y en la Escuela Oficial de Idiomas de Alicante durante cinco años.
El mayor número de inmigrantes después de los países europeos y América Latina, viene de África. Uno de cada cuatro nuevos ciudadanos extranjeros de Elche procedía entre los años 2001 y 2011 de este continente según datos del Instituto Nacional de Estadística. Sobre todo marroquíes, pero también argelinos, gambianos, senegaleses y malienses. Una mezcla tan heterogénea en cuanto a educación, cultura y religión plantea muchos retos a la sociedad ilicitana. Entre los residentes africanos hay algunos que son analfabetos en su propio idioma porque nunca han ido a la escuela.
«Cuando llegan aquí tenemos que trabajar mucho con ellos porque hay personas que nunca han cogido un lápiz», destaca Josué Cerdán, profesor de español como lengua extranjera, que imparte clases en el centro social polivalente de Carrús dentro de un programa organizado por el Ayuntamiento para facilitar la integración de los nuevos ciudadanos. Algunos alumnos no saben usar el alfabeto latino y otros, simplemente, no hablan castellano. El desconocimiento del lenguaje provoca falta de comunicación y puede inducir a choques interculturales, precisa Cerdán.
Una persona, una historia
Aljadi Silla, senegalés de 27 años, es uno de los estudiantes del profesor Cerdán. Es el único de su grupo que escribe su nombre y apellido empleando mayúsculas y minúsculas. Hace poco ha empezado las clases del segundo nivel. Vive en Elche desde hace casi seis años. Nunca ha ido a la escuela. Está estudiando español desde 2007, pero no siempre puede asistir a las clases. «Cuando hay faena, vuelvo a casa muy tarde», explica Aljadi. Ahora no trabaja y aprovecha este tiempo para mejorar su castellano y sacarse el carné de conducir. Confiesa que no siempre entiende todo sobre las normas de circulación y a menudo le pide al profesor Cerdán que le ayude.
Quiere aprender español, porque como explica «si vives en un país y no conoces su idioma ni su historia, mal asunto». Al principio a Aljadi le ayudaba a comunicarse su primo, pero ahora ya no necesita ayuda. En su primer trabajo de palmerero comprendió la importancia de preguntar para evitar malentendidos. «Mi jefe decía: 'chico, si no sabes una cosa, si no me entiendes, pregunta'», cuenta él. Aljadi no ha visto a su familia desde su llegada. A pesar de sus esfuerzos por encontrarse en su nueva realidad, la soledad se le hace muy grande. España no es el país de sus sueños. «Deseo volver a mi país», confiesa el alumno con tristeza en sus ojos.
Bouazza Mouradi es el compañero de clase de Aljadi. Llegó de Marruecos a España hace 14 años y está parado desde hace cuatro. Antes trabajaba en una ferretería. «Ahora los tiempos son difíciles para todos, para marroquíes y para españoles», destaca el alumno. El afán por aprender le llevó a apuntarse al curso.
«Hay que conocer el nombre de cada cosa, no se puede solo decir qué es un zapato, porque ese zapato tiene su nombre y yo quiero conocerlo, si estudias aprendes bien», continúa con una sonrisa imborrable. Recuerda que al principio en su trabajo se equivocaba mucho: «Alguien me decía, 'trae un saco' y yo levantaba una barra de hierro». Nunca ha ido a la escuela, sus tres hijos se convirtieron en sus profesores y gracias a su esfuerzo pudo empezar el curso desde el segundo nivel. «Ahora solo falta que mi mujer aprenda español», destaca el marroquí de 38 años.
El lenguaje de los gestos
Chacine Haidara, maliense, vino a Elche con 22 años. Está aprendiendo español desde 2008 y ahora acude a las clases de nivel superior. Chacine, como Aljadi y Bouazza, tampoco ha ido nunca a la escuela, pero encontró un nexo con el español en el francés que su tío le enseñaba. Chacine sabía leer y escribir. Con un castellano muy fluido cuenta que una de las primeras cosas que compró fue un diccionario francés-español para estudiar él solo. Desconoce si alguna vez le ocurrió no comprender a alguien, pero en ocasiones la gente no le entendía a él.
Desde 2007 trabaja en el campo como tractorista. Para no cometer errores en la comunicación aprendió a leer otro lenguaje: los gestos. «Mi jefe sabía que yo no entendía bien español, me lo indicaba todo con la mano y, gracias a Dios, nunca ocurrió ningún malentendido», cuenta el maliense. El castellano no sólo le ayuda a comunicarse en el trabajo, le permite ampliar su grupo de compañeros. «Tengo amigos de Malí, Senegal, Marruecos, Argelia, pero también de Rumania y Colombia», subraya muy contento Chacine. Su voz cambia cuando habla de su familia. «Yo me quiero quedar aquí, porque he mejorado mucho, pero mi familia está allí, por eso cuando puedo voy a visitarla», concluye Chacine.
Golovashchenko compara a una persona que no habla el idioma nativo del país donde reside con una persona sordomuda que cuando habla no se la entiende y cuando escucha tampoco comprende lo que se le dice. Aljadi, Bouazza y Chacine han iniciado un viaje en curso que les hace no sólo superar barreras físicas, sino también conocerse a sí mismos y ampliar sus conocimientos. Gracias a sus esfuerzos y a los de sus profesores, Elche no se convierte en una torre de Babel, sino en una sociedad multicultural, abierta y tolerante, donde antes que al pasaporte se mira a la persona.
Los estudiantes y los profesores tienden un puente hacia la comprensión y el mutuo respeto entre población autóctona e inmigrante, el cual enriquece a ambas partes. «Cuando los alumnos saben el idioma pueden compartir con nosotros su cultura y nosotros ofrecerles la nuestra», concluye el profesor.
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Un grupo de alumnos en una de las clases de español de los cursos organizados por el Ayuntamiento y Elche Acoge. :: I.S.



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