Vaya unas fiestas más raras que hemos vivido este año. Tanto que no me resisto a sacar la libreta de su letargo veraniego para garabatear alguna hoja, en vista del cúmulo de extraños y anómalos acontecimientos que han rivalizado en protagonismo con los propios actos en honor a la Mare de Déu. Los pitidos con que un sector del público saludó a la alcaldesa nada más asomarse al balcón consistorial en el acto del pregón no auguraban nada bueno, ya en el arranque del programa. La llamada de Mercedes Alonso a vivir esos días en concordia, hermandad y buena vecindad no convencieron a algunos ciudadanos descontentos con el estado general de las cosas o con la gestión del equipo de gobierno o con las subidas de tasas e impuestos (haga cuentas, si no las ha hecho ya, de lo que le ha subido el recibo del IBI y pásmese), o con todo a la vez. Ciudadanos más o menos airados que han acompañado con sus pitadas a la primera autoridad local y a su equipo en varios actos festeros. La tensión acumulada explotó -metafóricamente- cuando menos se esperaba, en la noche grande de las fiestas patronales, a resultas de la desgraciada explosión -literalmente- de la palmera de la Virgen. Las redes sociales, esos maravillosos vehículos de relación y comunicación que nos ha traído la era digital, mostraron sus dos caras: por una parte, difundieron desde el primer momento fotos, vídeos y comentarios del sobresalto a todo el mundo; y por otra, evidenciaron su vertiente más perniciosa, chafardera y patiovecinal al inventarse víctimas mortales a partir de las informaciones al parecer recabadas directamente de Arradio Macuto, Arradio Mandichoque y otros medios de contrastada fiabilidad. Y la Red dictó sentencia cuando aún los heridos no habían llegado ni al hospital: por culpa de los recortes de la alcaldesa, la palmera explotó antes de tiempo (por lo visto, a causa de la rebaja presupuestaria el temporizador del disparo se lo encargaron al profesor Bacterio en lugar de comprarlo a Acme) y por ese motivo había muertos y tropecientos heridos. A partir de estas premisas, aplicando de manera algo libre el primer teorema filosófico de incompletitud de Gödel, se dedujo que la culpable era Alonso y sus recortes. Y sucedió, mire usted por donde, que la primera autoridad local se encontraba reunida con su gabinete de crisis lo más cerca posible del lugar del desaguisado: en el edificio de la mutua Maz. Así que el pueblo allí reunido, y algunos más llegados a la llamada del ciberespacio, se amotinó ante tal estado de cosas contra la autoridad competente, como el pueblo de Madrid en 1766 contra el marqués de Esquilache, ministro de confianza de Carlos III, a causa de la carestía del pan y otros artículos de primera necesidad. La cosa se puso seria. Tanto que la alcaldesa tuvo que abandonar el lugar protegida por la Policía, mientras escuchaba gritos de «¡Dimisión, dimisión!» o «¡Asesina!». No pasaba unos momentos tan angustiosos desde que se enteró de que había infiltrados de ETA entre los acampados del 15M en la Plaça de Baix.
Este intento de seudolinchamiento de una primera autoridad local, insólito hasta ahora en esta etapa de democracia, da una idea de cómo están los ánimos entre algunos sectores de la ciudadanía. El socialista Antonio Rodes pidió una investigación y un pleno extra (total, va a salir gratis) y Jesús Pareja lo mismo, pero al revés. Alonso agradeció el apoyo moral de los exalcaldes Manolo Rodríguez y Diego Maciá, que según destacó se portaron como tienen que portarse los exalcaldes (y no como otro, cuyo nombre empieza por 'Ale' y acaba por 'jandro', que ni la llamó ni se acercó a cantar 'Aromas Ilicitanos' a la mascletà), y expresó sus deseos de una pronta recuperación del pirotécnico Vicente Albarranch, a la postre el principal damnificado. Independientemente de los resultados de las investigaciones que se realicen para determinar las causas del accidente, el bisnieto del creador de la palmera de la Virgen y su familia tienen todo el cariño y el apoyo del pueblo ilicitano en estos difíciles momentos. Es una cruel bofetada del destino que, después de tanto tiempo lamentando que en su pueblo no se acordaban de él, cuando consigue la oportunidad de devolverles a sus paisanos el auténtico sabor de la palmera de la Virgen, ve cómo su sueño se fulmina en unos segundos, a costa incluso de su integridad física. No es de extrañar que bajara las angostas escaleras del campanario inconsciente de sus propias quemaduras y con el único pensamiento de que le había fallado a su pueblo. Hay quien comentaba estos días que antes de que acabe el año, Vicente tendrá la oportunidad de disparar su palmera de la Virgen -y no la del día 31 de este mes, como ha venido haciendo, sino la de l'Albà de verdad-. En cualquier caso, este accidente quedará rebajado el año próximo a la categoría de incidente y a partir de unos cuantos más se reducirá al nivel de insólita anécdota en la historia de l'Albà, que padres y abuelos relatarán a sus hijos y nietos. Para otros, será una demostración más de que la Mare de Déu -que pese al estropicio se iluminó para no faltar a su cita de todos los años con los ilicitanos-, protege a quienes laboran para ella en su 'casa', ya sea dentro, en las representaciones del Misteri, o en lo más alto del campanario en la Nit de l'Albà. (Por cierto, este año hemos vuelto a lo del 'Misterio de Elche' en la publicidad oficial: ¿para cuando también la 'Víspera' y la 'Fiesta'?) En fin, Vicente, amigo, mejórate pronto y empieza a preparar otra palmera.