Los fogones deberán esperar. Darryl Middleton se divertía en la cocina de su restaurante 'New Orleans', en Platja de Aro, cuando un agente le comunicó que aún tendría un año más para agrandar su leyenda como jugador de baloncesto. Dos décadas después de su debut en la ACB, el número 68 de aquel DRAFT del 98, el que coronó a Danny Manning, pone su vasto conocimiento al servicio de un Lucentum que aún no sabe si reír o si llorar por todo lo sucedido en el último verano.
De fortaleza incuestionable, trato exquisito y físico envidiable, el tres veces elegido mejor jugador de la ACB, mantiene intactas las ganas de seguir disfrutando del trabajo duro. Todos los demás son más jóvenes que él, pero ninguno sabe más que Middleton porque en su caso la experiencia no es un grado, sino un titulo de sangre real.
Darryl, que se ganaba las habichuelas metiendo canastas cuando a Navarro y Gasol les robaban el bocadillo en el colegio y Ricky Rubio aún no era ni un proyecto de ser humano, llega a Alicante paseando 46 excelentes años, convencido de que todavía puede aportar muchas cosas al baloncesto moderno, definitivamente centrado en la eclosión física.
Middleton no es únicamente un portento natural, también es un ejemplo de lucha, de entrega, de implicación social. Su última etapa en el Sant Josep de Girona lo corrobora. Allí, su dedicación al progreso de los más jóvenes le situó en esa zona exclusiva reservada a los tratados como iconos. Los recuerdos se agolpan en su cabeza. Lo ha ganado todo, pero es inconformista porque ha aprendido a sacarle el máximo partido a lo esencial: disfrutar con el sacrificio. Está tan convencido de sus posibilidades que pidió que le tuvieran a prueba dos semanas antes de firmarlo. No ha hecho falta, porque la planta del ala-pivot neoyorquino es tan fiable como su currículum.
«No parece que tenga la edad que tengo. Os demostraré lo que un jugador de 45 tacos puede hacer!». Lo escribió el año pasado en su blogg tras aceptar el contrato temporal que le puso encima de la mesa el Valencia Basket al perder de manera seguida a Claver y Augustine. Darryl tiene el récord absoluto de longevidad en la ACB, nadie con su edad ha disputado un sólo segundo en la mejor liga de Europa.
Después regresó a Girona a pesar de que la delicada situación económica del club surgido de las llamas del Akasvayu, ese al que ayudó a salir de la LEB Bronce, no le aseguraba estabilidad salarial alguna. Pese a los impagos, Middleton aportó el máximo, firmando valoraciones siempre avaladas por dos dígitos, anotando (12 puntos de media), reboteando mucho (más de 5 normalmente) y soportando serias cargas de minutos de calidad.
Es consciente de que la retirada cada vez está más cerca, pero después de 20 años en la élite profesional ponerle fecha a ese momento resulta una temeridad. Creció como 'cuatro' de la mano de Trifón Poch, explotó en Sevilla y se consagró en el Barça. Otros con menos se han dedicado a vivir de rentas, pero él no. Darryl continúa sonriendo consciente de que su suerte no radica en tener contratos que firmar a pesar del paso del tiempo, sino en poder mirarse al espejo cada día y continuar viendo el reflejo de aquel joven de Queens que iba al colegio botando el balón, que no se separaba de él ni a la hora del almuerzo. El Lucentum está de enhorabuena, Middleton tiene ganas de seguir peleando.