Una canasta de baloncesto sirve de test psicológico. Marta Domínguez era la niña avispada e inquieta que nunca abandonaba la cancha sin meter una última canasta. Si fallaba, recogía el rebote, cuadraba la figura, marcaba los timpos y 'alehop'. Así hasta que entraba. Solo después salía pitando para casa.
Esas cosas no cambian. Aunque ayer, en la final de 3.000 metros obstáculos, había tiradoras diez o quince años más jóvenes y más certeras que ella, la palentina no quería despedirse de los Juegos sin lanzar a canasta. Salió con su cinta rosa. Rubia champán. Y cogió la cuerda. Pegada al borde la pista. Nunca le ha gustado correr ni un metro más. Por dentro, en su interior, sabía que el camino a las medallas estaba ya fuera de su punto de mira. Pero tiró. La final de 3.000 obstáculos iba demasiado rápida para ella.
Zaripova, rusa larga, marcó el ritmo. Poderoso, de zancada. Se llevó a las kenianas y las etiopes. Marta claudicó lejos aún del final. Es dura de roer, pero el tiempo, el cronómetro, no conoce a nadie. Cruel: dio por cerrado su ciclo olímpico.
En Atlanta 1996, cuando debutó, era una niña. En Sidney 2000 cayó víticma de un virus. Una lesión la frenó en Atenas 2004. Y una caída a 200 metros del final en Pekín 2008. «Estoy gafada en los Juegos, pero creo en los finales felices. Esto no ha terminado», dijo entonces. A eso vino a Londres. A poner el final. Y terminó en el puesto doce, con 9.36.45, a una larga recta de las mejores, de la rusa Zaripova (9.06.72), que mandó, templó y remató a la tunecina Ghribi y la etiope Assefa. Marta recorrió sus últimos metros olímpicos, entró, se santiguó, miró al cielo, algo le agradeció y se quitó la cinta. El gesto del final. La cinta rosa que ha abanderado al atletismo español estaba empapada con el último sudor olímpico de su dueña. Queda su enorme huella. Subió rauda las escaleras hacia el vestuario y mientras Zaripova daba la vuelta de honor, ella le giraba la espalda al estadio. Adiós a la mejor atleta española.
Ahora que en estos Juegos a la selección la sostienen las mujeres, cobra más valor la figura de Marta Domínguez. Tiene 36 años. Viene de cuando las mujeres no hacían deporte en España. Ella y Arantxa Sánchez Vicario abrieron una puerta. La tenista lo hizo sobre la tierra molida de Roland Garros. Marta Domínguez, al abrigo de la chopera que va desde la Dársena de Palencia hasta Villamuriel de Cerrato. Una juventud metida en esos ocho kilómetros. Goteando sudor en verano; con las pestañas heladas en invierno. Marta corría siempre, en las buenas y en las malas. Casada con el atletismo. Sólo los domingos se da descanso y monta a caballo. Que por un día otro trote por ella.
Correr y saltar
En ese camino palentino que bordea el Canal de Castilla, Marta Domínguez cultivó sus señas: amor propio, orgullo, ambición. Sus piernas para correr y saltar. Y para lograr un oro y dos platas en mundiales. Su cinta rosa señala a la mejor atleta española de la historia. En los Juegos de Pekín de 2008 se buscó un nuevo obstáculo, los 3.000 metros, la prueba del salto sobre la ría. Era su manera de asaltar el muro que le faltaba: una medalla olímpica. Y la tuvo ahí, hasta que a falta de 200 metros tropezó, cayó al agua, desnortada, con la mirada nublada, y perdió el rumbo del podio. Tenía 32 años y quería ser madre. ¿El final? No. Siguió al ritmo de una idea fija: otro oportunidad olímpica. Londres.
Fue madre, pero antes le cayó encima, a finales de 2010, un golpe de marillo. La Guardia Civil apareció en su casa. Registro en busca de drodas. Detenida. Acusada de traficante. Su prestigio se vino a pique. Confiscado. Notó por primera vez miradas en la nuca. El zumbido de la duda. Quedó expuesta a la corrosión que provoca cada escándalo de dopaje. Le pincharon el teléfono. Le grabaron supuestas ventas de 'oro'. Los investigadores creyeron que ese 'oro' era trembolona, un dopante.
La juez dijo que la atleta era inocente. Fue exculpada, tuvo a Javier, su hijo, y se echó a correr camino de los Juegos de Londres. Entrenada de sobra para una prueba de vallas. Ayer pisó sus últimos 3000 metros olímpicos, llenos de obstáculos como los que ha tenido que sortear siempre; sobre todo estos dos últimos años.