En cientos de huertos crecen, durante las últimas semanas, plantaciones de maíz que brotan a un ritmo vertiginoso. Personas dedicadas a la tierra han coincidido en apostar por los granos amarillos de las mazorcas como si de una fiebre del oro se tratase. La investigación de variedades de este cereal para forraje traen de vuelta estampas olvidadas, la huerta verde en pleno verano, pero con un cultivo denostado desde hace más de veinte años. Las nuevas especies dan una rentabilidad que permite, junto a la disponibilidad de agua de la Cuenca del Segura, que los agricultores las trabajen durante estos meses.
La fiebre por las mazorcas está extendida desde La Murada a San Miguel de Salinas, y sobre todo en los riegos tradicionales ubicados junto al Segura. Este cereal, importado hace siglos desde América, es la excusa perfecta para sanear las tierras y rotar los cultivos. A pesar de que la variedad de este vegetal está destinada a la alimentación de animales, su producción sí que es rentable para las decenas de regantes que este año han apostado por esta plantación.
La creciente adhesión al maíz se debe a que la campaña del melón del verano pasado «fue muy mala, porque estuvo muy bajo de precio», comenta el agricultor de Callosa Francisco Alfosea. Lo mismo ocurre en zonas con más altitud como el campo de La Murada, donde este cereal era casi imposible de poder encontrar. Cabe destacar que durante los meses de mayor calor los bancales deben regarse cada quince días.
Así las cosas la Agrupación de Jóvenes Agricultores de Alicante (Asaja) estima que se han sembrado más de 1.500 hectáreas de maíz en la Vega Baja. Un dato significativo, porque en el 2011 en toda la provincia de Alicante se plantaron 60 hectáreas de maíz forrajero, mientras que de la variedad para ensaladas solo unas 250 hectáreas.
El presidente de Asaja, Eladio Aniorte, explica que «las variedades dan unos 1.500 kilos por tahúlla, una producción que antes era impensable, con llegar a los 1.000 kilos ya era un gran logro». Hace décadas las mazorcas dejaron de cultivarse porque los gastos equiparaban a los ingresos que reportaban las cosechas. No obstante, las últimas investigaciones genéticas han traído consigo nuevas variedades transgénicas que con el mismo riego duplican el número de mazorcas. Esta es sin duda la motivación que ha permitido a los agricultores lanzarse de cabeza al maíz de forraje, pues Asaja calcula que solo la comarca producirá en torno a 2.500 toneladas de este cereal.
El precio del kilo supera en poco los 20 céntimos de euro, aunque hay que tener en cuenta que toda la cosecha se destina a pienso. «Solemos llevar la cosechas a la fábricas de pienso, pero también las vendemos a compradores directos», comenta Alfosea, quien advierte de que «si tenemos lluvias en septiembre el cultivo puede peligrar, porque se estropea».
Otro factor que ayuda a la proliferación de campos llenos de este cereal es que en la zona tradicional de Castilla La Mancha los gastos han crecido al aumentar el precio de la luz. «Antes sembraban extensiones muy grandes con maíz, pero ahora cuesta más bombear el agua por la electricidad que se gasta, lo que al final resta en la rentabilidad del producto», reconoce este agricultor. Toda una paradoja puesto que los cereales siempre tenían mayor provecho en los grandes latifundios, si bien en la Vega ver una hectárea junta de mazorcas era difícil.
En cualquier caso, la apuesta por los cereales es creciente en los últimos años, «quienes regamos con agua del río podemos plantar el maíz, además viene bien a los huertos porque al rotar la tierra es como si la abonaras, no es igual que echarle estiércol pero algo se renueva», explica este agricultor callosino.
También existe la posibilidad de plantar maíz dulce para consumo humano, aunque «es mucho más difícil de vender, ya que apenas existe demanda en la zona», comenta el regante.